Martes 7 de abril, 2020

OPINIóN | 16-03-2020 15:21

Nacionalismo, el remedio de los gobiernos al coronavirus

Más respuestas locales y exaltación nacionalista. Todo virus es extranjero.

“Este es el esfuerzo más agresivo para enfrentar un virus extranjero” dispara el Tuitero en Jefe de los Estados Unidos, Donald Trump. Sin perjuicio de la veracidad efímera de la sentencia, todo virus saca rápido su DNI local, hay un aspecto de su discurso que tiene coherencia con un guión político, sostenido desde los tiempos de la campaña electoral que lo consagró en 2016. Por aire, por tierra o por mar, resulta imperioso asegurar las fronteras para el goce y beneficio de los propios americanos. “América primero”. Es tiempo de levantar muros físicos, revisar tratados de libre comercio y renegar de acuerdos climáticos internacionales, firmados a expensas de los intereses de una América profunda nostálgica de los tiempos de esplendor, así como furiosa por el retroceso social y económico generado por políticas ajenas al interés de una clase trabajadora que construyó una América Grande a poner de pie nuevamente.

En particular, Trump hizo la diferencia decisiva, apuntando su estrategia electoral al corazón de un votante de raza blanca, sin estudios universitarios, que no solo vio decaer su participación demográfica y bienestar material desde principios de los años 80 sino que, en un mismo plano, se sintió culturalmente amenazado y discriminado, por la extensión de derechos civiles y por políticas de protección social, orientadas hacia minorías que, en algunos casos, fueron coincidentes con el intenso proceso migratorio vivido por Estados Unidos a partir de aquella década. Coincidencia. De ninguna manera causalidad. En realidad, los puestos de trabajo ocupados por hombres y mujeres blancas en monumentales plantas industriales de donde salió el acero para barcos de guerra, para el Golden Gate o para el Empire State, desaparecieron. Nadie sustituyó a nadie. Esa América Grande simplemente se evaporó, dejó de existir.

Tal combinación de nostalgia y furia, se convirtió de cierta forma en el combustible político que alimentó el triunfo de Trump y, sin cuya alusión, resultaría imposible explicar el contenido, al igual que el formato, de su comunicación política estructurada en mensajes cortos, simples y explosivos. Si Twitter no hubiese existido antes de Trump, seguramente lo habría inspirado. Es un traje perfecto a su medida. Pero no la versión actual de 280 caracteres, sino la original de 140 que hasta suelen sobrarle. Ni hablar de esos largos hilos de mensajes, tan a la medida de académicos, intelectuales y periodistas. “37 mil americanos murieron de gripe común, hay un promedio de entre 27 mil y 70 mil por año, nada se cierra, la vida y la economía continúan, en este momento, hay 546 casos confirmados de coronavirus, con 22 muertes”.

En esa línea argumental, donde no existen problemas de orden mundial, sino que todos los obstáculos, por definición, son de una dimensión y resolución nacional, los mercados locales caen como consecuencia de que “Arabia Saudita y Rusia están peleando alrededor del precio y el volumen de producción de petróleo, sumado a las noticias falsas sobre el coronavirus”. Como es visible, ninguna mención a instancias superiores de diálogo, cooperación o negociación internacional que, en esta concepción particular del mundo, son un perjuicio para el interés nacional, una vía muerta. Todo virus es extranjero. Nada muy diferente a lo que se ve cruzando el charco del norte. En ese aspecto, el primer ministro británico Boris Johnson, está liderando actualmente el proceso de salida del Reino Unido de la experiencia de integración más exitosa que jamás haya conocido la humanidad, la Unión Europea.

“¿Cómo puede ser posible semejante barbaridad?”, se preguntan quizás muchos modernos y chics londinenses que rechazaron el Brexit en las urnas, en contraste a una población tradicional de los suburbios, más familiarizada y seducida por la idea de hacer al Reino Unido grande de nuevo e, inclusive, bajo el liderazgo de un primer ministro que podría ser perfectamente el hermano menor de Trump. ¿Y si levantamos la vista para el resto del mundo? Putin en Rusia, Salvini en Italia, Bolsonaro en Brasil, un Macron que interpela cada vez con mayor fuerza a la tribuna nacionalista de Le Pen en Francia. Alberto Fernández en Argentina porqué no. En este contexto, resulta difícil imaginar una devolución positiva al tuit de María Esperanza Casullo, en ocasión del crack financiero mundial generado por el Coronavirus. “Espero que alguien ya esté planificando la conferencia de Bretton Woods de todo esto”. Difícil. Al coronavirus, más respuestas locales y exaltación nacionalista. Todo virus es extranjero.

 

 

@DanielMontoya_

por Daniel Montoya, analista político y consultor estratégico.

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