lunes, febrero 17, 2020

OPINIóN | 04-01-2020 10:41

Cuando se quiebra un discurso

El Papa Francisco no pudo manejar una vez más la irascibilidad que le provocó “un fiel irrespetuoso".

Desde el inicio marcó la diferencia por no diferenciarse de los demás, de los terrenales, los que tenían pasiones, ilusiones, y por qué no, obsesiones. Emocionó por su simpleza y cuestionó excesos y ostentaciones atribuidas históricamente a la Iglesia.

Francisco, el pontífice designado para establecer puentes entre la divinidad y los hombres (La etimología de Pontifex y Pontífice procede de dos vocablos: pons, traducido al español como “puente”, y facere, entendido como “hacer”), elige mostrarse más del lado de lo terrenal que de lo divino e idílico, sorprendiéndonos permanentemente.

Como cualquier mortal, su discurso se quiebra y borra con el codo lo que escribe con la mano. Pero eso le sucede a cualquier persona que por más buenas intenciones que pueda llegar a tener, el inconsciente le juega una mala pasada.

Raro sería imaginarse a un pontífice sentado frente a un psicoanalista, les diría que prácticamente improbable, pero Francisco no ha podido manejar una vez más la irascibilidad que le provoca "un fiel irrespetuoso".

Y, por un lado, es entendible, porque es humano, pero por otro no porque, con su discurso divino, no podrá impedir que esta impulsividad reaparezca y con un rasgo propio de un neurótico obsesivo, rechace con vehemencia que otro lo toque con devoción y pasión.

Rescato sus disculpas, pero no alcanzaran porque el ser humano es "el único animal que tropieza con la misma piedra".

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Paula Martino

Paula Martino

Psicoanalista.

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