Martes 17 de mayo, 2022

OPINIóN | 14-04-2020 17:38

La ética durante la pandemia

El coronavirus devela las miserias del ser humano y también sus grandezas. La discriminación por el enemigo invisible.

Este enemigo “invisible” que nos acecha llamado “coronavirus,” que irrumpe conmoviendo el mundo en el que vivíamos pone, sin embargo,  en evidencia aquello que estaba más velado en ese mundo, sus miserias subterráneas y también sus grandezas. Recuerdo que Pascal decía que la humanidad se mueve entre dos extremos, lo más bajo y lo más alto. Si bien esta pandemia global es inédita lo que saca a la luz  es lo que ya estaba. Así, frente a lo no localizable del virus y su creciente expansión, en algunos, se agudizan  mecanismos discriminatorios como los de ubicar el mal en los otros, de los que hay que defenderse como posibles portadores. Controlar el movimiento de los vecinos e incluso denunciarlos, mirar al otro con desconfianza, tener actitudes xenófobas con los asiáticos o con los extraños  son algunas de las actitudes que hablan de ese intento por localizar lo que se escapa inevitablemente. Pero claro que no es solo el virus la amenaza que barre con nuestro umbral inmunológico, sino lo que desencadena en cada uno, y sobre todo en aquellos que creían vivir en un mundo con caminos prefigurados, nunca anoticiados de lo real de la existencia, esos universos tan cómodamente instalados en burbujas y en quimeras que de pronto se agujerean frente al trauma. Llamo real a  aquello que desacomoda nuestra cotidianeidad, que nos hace advertir de nuestra finitud, que pone un límite a nuestras ilusiones, que irrumpe como horror desencadenando pánico. Cabe aquí  recordar que “pánico” procede del  griego Pánikos y proviene de la situación de miedo que le agradaba provocar al semidiós Pan, quien gustaba aparecerse en las encrucijadas de caminos de los viajeros. Se  parecía a un fauno con cuernos y extremidades inferiores de cabra  y así su imagen inspiró a la iconografía cristiana del demonio. Por ello, en la Edad Media el cristianismo hereda la tradición pagana y suele levantar cruces de piedra con una pequeña capilla para la Virgen en las encrucijadas. Nos interesa hurgar en tal origen, el lado demoníaco del pánico y su aparición en el momento en el que se detiene un camino supuestamente prefigurado. Esta tradición nos muestra la emergencia del pánico ante los enigmas que suscitan los dilemas, pero también señala lo demoníaco que se pone en juego. Por ello, en la usanza cristiana se edifican santuarios en los sitios donde pueden abrirse los atajos. La vida –pensemos en “La divina comedia” de Dante-  ha sido representada como viaje y el hombre como peregrino, el pánico entonces florece en el sitial de sus encrucijadas. El pánico así hablaría de un estado en el que el sujeto está inerme frente al peligro exterior e interior. No se trata solamente de ese universo foráneo inquietante y siniestro, sino de lo que éste desata en cada uno.

 Pero, como antes dije, la pandemia es nueva, pone en evidencia lo que ya existía: los mecanismos de algunos sujetos en ubicar el mal en los otros,  la paranoia  preexistente, el ocaso de la ética en las relaciones humanas.  Frente a esta calamidad planetaria, la segregación reinante en el universo globalizado se muestra más que nunca: niños y jóvenes que no pueden recibir clases en el mundo virtual por carecer de medios, más la imposibilidad de vivir en el confinamiento. En definitiva ya no es solo el virus el que hace desaparecer a tanta gente sino estos mecanismos que apuntan a la eliminación de los otros seres humanos: los vecinos posibles portadores, los asiáticos, los pobres, los que no acceden al mundo virtual y los que sí acceden, los de más de 70 años que deben ser sacrificados  Pero también en este mundo tan oscuro florece como en los lirios del campo, la grandeza de la que habla Pascal, allí donde el amor no ha podido ser arrasado y su prueba es constatar  en nuestro país una solidaridad creciente, esa por la que en medio de la catástrofe sentimos un orgullo colectivo. Mi amigo Gustavo Dessal me recuerda que  Dan Patrick, vicegobernador de Texas, anuncia que los mayores de 70 años deben sacrificarse para salvar el mercado y el sueño americano. Aquí, en la Argentina, afortunadamente no estamos en ese sueño.

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Silvia Ons

Silvia Ons

Psicoanalista.

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