OPINIóN | 17-01-2023 08:55

Los golpistas carnavalescos de Brasil

Por qué Lula exageró el peligro que significaron los seguidores de Bolsonaro. El espejo de Trump y los Estados Unidos.

No bien se difundieron imágenes de la multitud abigarrada que irrumpió en el Congreso, el palacio presidencial y el Supremo Tribunal Federal brasileños, los politizados de todas partes del mundo se pusieron a aprovechar el episodio incorporándolo a su propia narrativa. Quienes han tenido más éxito en la empresa así supuesta han sido los partidarios de variantes de la izquierda progresista. Como sucedió dos años antes, cuando centenares de personajes pintorescos, encabezados por un sujeto disfrazado de un chamán neolítico, se apoderaron brevemente del Capitolio en Washington donde deambularon por los cuartos y pasillos del edificio sin tener la menor idea de lo que se proponían hacer, tanto en Brasil como en otros países no tardó en consolidarse el consenso de que se trataba del resultado de una conspiración antidemocrática cuidadosamente planeada por un cabal “ultraderechista”.

¿Lo fue? Aunque no cabe duda de que muchos que participaron en los disturbios sí se imaginaban protagonistas de un golpe de Estado salvador que permitiría que Jair Bolsonaro regresara a la presidencia, ello no quiere decir que el domingo pasado Brasil corría peligro de caer en manos de una banda de -para citar al presidente Lula- “vándalos, nazis fanáticos, estalinistas fanáticos o, mejor, fascistas fanáticos”, epítetos que, quizá, reflejaban su resistencia a ubicar lo que ocurría en un contexto ideológico excesivamente esquemático. Así y todo, estimulado por la reacción internacional, tanto él como muchos otros terminaron haciéndolo, lo que, lejos de ayudar a consolidar la democracia brasileña, podría debilitarla. Al tratar a los revoltosos como enemigos del Estado, para no decir del pueblo, y ordenar detenciones masivas, las autoridades brasileñas están sembrando semillas de violencia civil por venir.

Para los kirchneristas que quieren hacer pensar que militan en el mismo movimiento internacional que Lula y que por lo tanto son paladines irreductibles de la democracia, la conducta de Bolsonaro y, sobre todo, de sus adherentes más rudimentarios, plantea una serie de problemas engorrosos. En Brasil, el ex presidente ha sido criticado con virulencia por negarse a entregarle a su sucesor los símbolos del poder, o sea, por emular a Cristina que de la misma manera, y por motivos muy similares, boicoteó la asunción de Mauricio Macri en diciembre del 2015. Para más señas, aunque sólo a alguien como el canciller Santiago Cafiero pudiera ocurrírsele imaginar que una horda de macristas furibundos sería capaz de intentar tomar la Casa Rosada por la fuerza para devolverla a su jefe, a pocos les hubiera extrañado que los kirchneristas procuraran hacerlo cuando estaban en la oposición.

Al fin y al cabo, en el 2017 militantes K y sus amigos de la izquierda combativa asaltaron el Congreso, bombardeándolo con, según las autoridades porteñas, 14 toneladas de piedras, cocteles molotov y un mortero casero. Por lo demás, puesto que los kirchneristas están librando una guerra sin cuartel contra la Corte Suprema y algunos tienen en mente organizar manifestaciones callejeras violentas con miras a intimidar a los jueces miembros, es hipócrita que condenen a los bolsonaristas por lo que ellos mismos se proponen hacer. La verdad es que, a pesar de sus esfuerzos por convencer al mundo de que en el fondo son progresistas que respetan las reglas institucionales, los kirchneristas tienen más en común con los “vándalos” brasileños de “la ultraderecha” que con los defensores sinceros del orden democrático.  

La sensación de que dicho orden corre peligro se ha intensificado mucho en los años últimos no sólo en América latina sino también en Estados Unidos y algunos países europeos. Está amenazado por un movimiento de pinzas impulsado por autoritarios procedentes de ambos extremos del espectro ideológico. Mientras que hay conservadores que se preocupan por lo que ven como “la marcha gramsciana por las instituciones” de la izquierda totalitaria, en el otro lado se encuentran quienes se califican de progresistas que están convencidos de que la derecha, liderada en Estados Unidos por Donald Trump y, en Brasil, por Bolsonaro, está procurando establecer dictaduras racistas y sexistas.

Puede que tanto los unos como los otros exageren en cuanto a la magnitud de la amenaza que creen enfrentar, pero acaso sea comprensible que en una época tan confusa como la actual haya muchas personas que sientan cierta nostalgia por tiempos en que, suponen, todo era mucho más sencillo y el mundo estaba nítidamente dividido entre derechistas e izquierdistas. No les gusta resignarse a que hoy en día la realidad se ha hecho más compleja y que en verdad escaseen los tentados por versiones de las ideologías mesiánicas que provocaron tantos horrores en el pasado no muy lejano.

Sea como fuere, en Estados Unidos, Joe Biden y otros dirigentes del Partido Demócrata pronto llegaron a la conclusión de que les convendría tratar lo que ocurrió el 6 de enero del 202l como una “insurrección” peligrosísima que pudo haber transformado la superpotencia en una tiranía, no como un happening esperpéntico en que la única víctima fatal resultó ser una mujer blanca baleada por un policía. Tal y como se perfilan las cosas, es más que probable que lo que acaba de suceder en Brasilia, donde según se informa no hubo ni muertes ni heridos graves, desempeñe un papel similar en el relato político latinoamericano y que los presuntos “progresistas” de la región esperen verse beneficiados por sus repercusiones, razón por la que están esforzándose por asegurar que sea universalmente aceptada su propia interpretación del asunto según la cual fue una intentona golpista sumamente grave que, por fortuna, no prosperó.

Como señaló Karl Marx: “La historia ocurre dos veces, la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una farsa miserable”. Convendría recordar que los golpes auténticos no eran obra de manifestantes exaltados sino de grupos de individuos bien armados, por lo común uniformados, que no vacilaban en masacrar a quienes se les oponían. En cambio, el denunciado con vehemencia por Lula y por un sinnúmero de políticos a lo ancho y lo largo del mundo fue un remedo teatral menos violento que muchas manifestaciones políticas multitudinarias del tipo al que nos hemos habituado. Que éste haya sido el caso puede considerarse muy positivo; significaría que, hoy en día, los golpistas se conforman con figurar en simulacros festivos de dramas truculentos que, varias décadas atrás, solían tener consecuencias terribles para muchísimas personas.

De más está decir que en Estados Unidos la voluntad de Biden y sus partidarios de continuar sacando el máximo provecho de la toma pasajera de partes del Capitolio por trumpistas enojados no ha servido para fortalecer las instituciones norteamericanas. Por el contrario, ha contribuido a ampliar tanto la brecha que separa a los republicanos de los demócratas que, en las cámaras legislativas, se han acostumbrado a asumir posturas intransigentes. Puesto que en la cámara baja los republicanos tienen una pequeña mayoría, se prevé que hasta nuevo aviso le será muy difícil a Biden gobernar con eficacia. De haber optado los demócratas por minimizar la importancia política de lo que sucedió hace dos años en Washington, tratándolo como un desmán lamentable pero tan grotesco que les costaba tomarlo en serio, pudieron haberse reconciliado con sus adversarios pero, claro está, decidieron que les sería mucho más ventajoso dar a entender que los simpatizantes de Trump -que, no lo olvidemos, se cuentan por decenas de millones- son extremistas, terroristas de ultraderecha, cuando no neonazis, con los cuales es imposible dialogar.

En Brasil y, desde luego, otros países de América latina, algo parecido parece estar en marcha, lo que no puede sino perjudicar a Lula que, desgraciadamente para él, se ve frente a una oposición que es aún más fuerte que la que estorba a Biden y que ya está en condiciones de hacerle la vida imposible investigando judicialmente las muchas fechorías que, según sus críticos, ha cometido en el transcurso de su prolongada carrera. Por mucho que se ensañe con los sujetos ataviados patrióticamente de verde y amarillo que se pavonearon en los edificios emblemáticos de la democracia brasileña, Lula tendrá que convivir con gobernadores y otros funcionarios elegidos que dominan los estados más desarrollados de su país y que, si bien no son ni “nazis” ni “bolsonaristas” fanatizados, son adversarios duros del Partido de los Trabajadores oficialista que en su opinión es intrínsecamente corrupto y de naturaleza autoritaria.

Consciente de esta realidad, Lula, que de comunista no tiene nada, parecía dispuesto a encabezar una administración centrista que procuraría curar las heridas dejadas por la gestión excéntrica e impulsiva de Bolsonaro, pero desde el domingo se ha visto presionado a adoptar una postura represiva frente a los que, a partir de las elecciones en que triunfó por un margen muy estrecho, juran creer que hubo fraude y que están suplicando a las Fuerzas Armadas encargarse del país. Hasta ahora, los militares no han manifestado interés en ir tan lejos, pero de multiplicarse los conflictos en los meses venideros, algunos podrían cambiar de actitud.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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