Viernes 3 de diciembre, 2021

OPINIóN | 31-10-2021 00:53

Los kirchneristas y sus amigos

Los K toman a los mapuches por aliados naturales que merecen ser respaldados. Pero se niegan a protestar contra los abusos cometidos en Venezuela, Nicaragua y Cuba.

En Estados Unidos, Canadá, Australia y otras partes del mundo anglosajón, los resueltos a hacer creer que las sociedades en que viven son congénitamente malignas por basarse en lo que, según ellos, siempre fue una empresa criminal, apoyan con entusiasmo a los “pueblos originarios” de sus países respectivos porque en su opinión están luchando por liberarse del infame yugo imperialista. Acusan a los gobiernos, tanto los actuales como los de antes, de “genocidio cultural” y piden que se respeten los arreglos políticos tradicionales de los oprimidos y, desde luego, todos los lugares que los militantes califican de sagrados.

Algunos van más lejos; aunque los presuntamente convencidos de que la civilización occidental es responsable de todos los males del planeta suelen ser blancos de buena posición económica, exigen que las universidades incorporen el saber de chamanes tribales a las materias científicas que enseñan ya que a su juicio es racista dar prioridad a las ideas de varones blancos muertos como Newton, Einstein y Fleming. También embisten contra la matemática por tratarse, dicen, de una disciplina rígida que sirve para humillar a la “gente de color” de Estados Unidos y Europa que en las pruebas raramente supera a personas de origen europeo o asiático.

El ideario de tales progres mayormente norteamericanos atrae mucho a aquellos kirchneristas que, desde hace años, se dedican a la importación de las nuevas verdades, como las vinculadas con el feminismo y ciertos aspectos de la sexualidad, que están elaborando académicos en las universidades más prestigiosas de los países anglófonos. Fue de prever, pues, que muchos harían suya la causa de los autoproclamados mapuches liderados por un personaje de apellido inconfundiblemente galés, Facundo Jones, que aspira a fundar un Estado independiente en la Patagonia argentina y en Chile.

Hace un siglo y medio, muchos integrantes de la colonia galesa en Chubut, Y Wladfa, se opusieron con vehemencia a la Conquista del Desierto por el general Julio Argentino Roca porque habían disfrutado de una relación muy amistosa con los pueblos originarios locales. Aunque pronto murió el sueño de una comunidad galesa autónoma que sería capaz de asegurar que el idioma de los colonos no se viera desplazado por completo por el español que, en este ámbito, resultó serle tan peligroso como había sido el inglés en el terruño, no sorprende demasiado que el movimiento de liberación del que Jones es el representante más conocido tenga una sucursal importante en la ciudad portuaria inglesa de Bristol, que está a una veintena de kilómetros del País de Gales.

Los kirchneristas que simpatizan con lo que toman por la causa de los pueblos originarios del sur, como hacen sus equivalentes en Canadá y Australia con los inuit, etnias de raíz precolombina y los aborígenes, se enfrentan a un dilema, ya que no es del todo fácil combinar esta variante del nacionalismo antiimperialista al que adhieren con la defensa de la soberanía nacional. El irredentismo malvinero no les plantea problemas por tratarse de un imperialismo claramente ajeno, pero cuando es cuestión de aquel de generaciones anteriores de su propio país, las dificultades se multiplican. Si bien lo más razonable, y menos peligroso, sería aceptar que mucho ha cambiado a partir del siglo XIX y que sería peor que inútil intentar rebobinar la historia para empezar todo de nuevo con el propósito de corregir presuntos errores cometidos en el pasado, hay kirchneristas que no ocultan su deseo de apoyar a la tardía rebelión protagonizada por un puñado de violentos que se califican de mapuches. A juzgar por la actitud asumida por Alberto Fernández, cuentan con el respaldo del mismísimo Presidente de la República.

Para perplejidad de virtualmente todos, en especial de los patagónicos, Alberto informó a la gobernadora de Río Negro, Arabela Carreras, que “no es función del gobierno nacional brindar seguridad en la región”. Comparte su opinión el ministro de Seguridad nacional, Aníbal Fernández. Aunque es de suponer que los dos están dispuestos a ir a virtualmente cualquier extremo para reducir el riesgo de que haya choques entre los gendarmes y activistas que pudieran provocar muertes, como el del recordado Santiago Maldonado que se ahogó cuando trataba de cruzar un río sin saber nadar, parecen creer que para solucionar los problemas que han surgido el Estado argentino tendría que hacer algunas concesiones que, claro está, afectarían a la soberanía nacional sobre el sur del país. De más está decir que la voluntad gubernamental de alentar sospechas en tal sentido en vísperas de las elecciones parlamentarias ha dejado boquiabiertos a muchos patagónicos que no quieren verse perjudicados por el revisionismo histórico oficialista.

Para los kirchneristas más fanatizados, el que los mapuches -auténticos o postizos, les da igual- hayan cometido actos de terrorismo es lo de menos, ya que desde su punto de vista algunos atentados mortíferos, como los perpetrados por Montoneros en el transcurso de la “guerra sucia” de casi medio siglo atrás, son buenos y deberían ser celebrados y hasta recompensados con sumas de dinero, mientras que los atribuidos al Estado nunca pueden justificarse.

Atrapados en el laberinto ideológico que ellos mismos han construido, no saben cómo reconciliar su apoyo al terrorismo presuntamente positivo con su deber como gobernantes de velar por la seguridad de los habitantes del país.

Pues bien, todos los gobiernos conformados por personas que, antes de alcanzar el poder, se veían como rebeldes contra el statu quo y que, en muchos casos, estaban más que dispuestos a usar la violencia, se enfrentan al mismo problema. Muchos resultan ser aún más brutales que los regímenes que habían combatido porque, para ellos, todo cuanto hacen en la guerra contra sus enemigos es forzosamente legítimo.

Algunos kirchneristas toman a los mapuches por aliados naturales que merecen ser respaldados. Por razones parecidas, se niegan a protestar contra los abusos cometidos por los chavistas venezolanos, los esbirros del tiranuelo nicaragüense Daniel Ortega y, desde luego, la feroz dictadura cubana, porque a su entender siguen luchando contra fuerzas relacionadas con el imperialismo derechista. A pesar de todo lo mucho que ha ocurrido en las décadas últimas, se resisten a enterarse de que ya no representan lo que podría llamarse progresismo.

Lejos de ser revolucionarios, son reaccionarios ultraconservadores que se aferran a abstracciones que los fascinaban cuando eran jóvenes.

Apoyar diplomáticamente a quienes anteponen su propia ideología por encima de los derechos humanos de quienes tienen ideas distintas no es gratuito. A Nicolás Maduro, Daniel Ortega y Miguel Díaz-Canel les importa su imagen internacional y gastan mucho dinero en un intento de darle lustre. Así pues, cuando un gobierno que, a pesar de todo, ha conservado cierta autoridad moral insiste en que las dictaduras supuestamente “izquierdistas” de la región no están violando los derechos fundamentales de sus adversarios, los autoritarios se sienten más libres para continuar encarcelándolos, torturándolos y asesinándolos.

Al intentar defenderlos contra las críticas de los organismos internacionales que procuran asegurar que todos los gobiernos respeten ciertos principios básicos, los kirchneristas están en efecto colaborando con opresores salvajes y por lo tanto son, en parte, responsables de las atrocidades viles que cometen. ¿Les preocupa tal realidad a Cristina, Alberto, el canciller Santiago Cafiero y el embajador Carlos Raimundo? Parecería que no, que, por el contrario, se sienten orgullosos del papel que están desempeñando en lo que es una inmensa tragedia humana.

La política exterior de un gobierno -que, en el caso del formalmente encabezado por Alberto, parece incluir la relación con quienes se afirman militantes mapuches- nos dice mucho acerca de sus valores y sus prioridades. Es por lo tanto inquietante que los kirchneristas no se esfuercen por ocultar su deseo de ser más amigos de dictaduras o autocracias como Venezuela, Nicaragua, Cuba, Rusia y China que de Uruguay o las democracias europeas. En cuanto a su actitud frente a Estados Unidos, aún es un tanto ambigua. Los más lúcidos saben que los costos económicos de desairar al “imperio” podrían ser sumamente elevados, pero algunos aún esperan encontrar simpatizantes en el ala progresista demócrata, que hasta cierto punto cuentan con el aval del presidente Joe Biden, que los ayudarían en el tira y afloja con el Fondo Monetario Internacional.

Con todo, aunque los habrá que piensan que la Argentina ha sido la víctima inocente de un sistema económico mundial inhumano y por lo tanto merece ser subsidiada por el mundo rico, hasta ahora no han incidido en la política hacia el país de la administración demócrata, y no puede sino preocuparles a los kirchneristas el que Biden quisiera basar su estrategia para América latina en la defensa de los derechos humanos, la adhesión a la democracia y, por injusto que les parezca a los indignados por el “lawfare”, las vicisitudes de la lucha contra la corrupción que los gobiernos de la región dicen estar librando. Sorprendería, pues, que Biden hiciera mucho para ayudar a personajes que no se destacan por su interés en tales pormenores.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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