Jueves 26 de mayo, 2022

OPINIóN | 27-10-2021 16:46

El peronismo lucha por sobrevivir

Los dirigentes de la CGT, que se alejan de Cristina Kirchner, aseguran que el kirchnerismo es tóxico y que convendría hacer algo para que no siga contaminando al resto del movimiento.

¿Es verdad que “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”, como dictaminaba hace dos siglos el mordaz saboyano Joseph de Maistre, o que, según la variante un poco más benigna del francés André Malraux, “la gente tiene los gobernantes que se le parecen”? Si tienen razón los dos, lo que vimos el domingo pasado, cuando una facción del oficialismo, representada por Amado Boudou, Hebe de Bonafini, Roberto Baradel, Axel Kiciloff, Victoria Tolosa Paz, Daniel Gollán y compañía, celebraba el sacrosanto Día de la Lealtad peronista mientras militantes K se divertían profanando el memorial de los muertos por Covid-19, fue un fiel reflejo de un país que está marchando jubilosamente hacia la autodestrucción.

A veces parecería que, para estos personajes, sería mejor que la Argentina protagonizara un suicidio espectacular de lo que sería que hiciera un intento auténtico por recuperarse de sus muchos males, ya que en tal caso tendrían que abandonar su adhesión entusiasta a las formas de pensar que la llevaran a su triste condición actual.

Sería de suponer que, a menos de un mes de elecciones clave que podrían perder por un margen escandaloso, los kirchneristas estarían tratando de portarse bien con el propósito de congraciarse con los indecisos y conservar el apoyo de los muchos habitantes del conurbano que están hartos de escuchar promesas que nunca se cumplen, pero no les está resultando nada fácil a los más fanatizados ocultar el rencor furibundo que tomó posesión de ellos luego de enterarse de la paliza que el oficialismo recibía en las PASO.

Lo que más quieren es vengarse de quienes los repudiaron transformando el país en un aquelarre. Como no pudo ser de otra manera, los peronistas más sensatos no se sienten atraídos por la noción de que lo que más necesita la Argentina es una gran conflagración purificadora.

Lo mismo que sus adversarios de Juntos por el Cambio que tuvieron que esforzarse para mantenerse unidos después de la derrota de 2019, los peronistas, cuyas internas suelen ser mucho más brutales que las que ya son rutinarias entre los radicales y sus socios de PRO, saben muy bien que dividirse podría costarles caro. Al igual que las distintas facciones de Juntos, las que conforman la coalición armada por Cristina Kirchner siempre han querido aumentar su propio poder en desmedro de aquel de las demás. En vista de la situación que enfrentan, no sorprendería demasiado que algunos peronistas destacados optaran por trasladarse al campo opositor cuyos cuidadores, aleccionados por lo que les sucedió apenas dos años atrás, estarían más que dispuestos a abrirle las tranqueras.

En las semanas que siguieron a las PASO, personajes vinculados con las corrientes tradicionales del peronismo ocuparon algunos lugares estratégicos en el aparato gubernamental como la jefatura del gabinete, donde el matancero tucumano Juan Manzur se perfila como el hombre fuerte del oficialismo y, en la Provincia de Buenos Aires, donde Axel ha tenido que resignarse a soportar la proximidad del prepotente lomense Martín Insaurralde que actúa como un interventor. Puede que, una vez celebradas las elecciones, Cristina, que es una enemiga jurada del pejotismo y todo cuanto a su entender implica, trate de devolverlos a sus distritos, pero encontraría resistencia porque ha mermado mucho su capacidad de cosechar votos.

Por su parte, los dirigentes de la CGT, que siguen creyéndose los únicos guardianes de las esencias peronistas, están alejándose de Cristina y quienes la idolatran; han llegado a la conclusión de que el kirchnerismo es tóxico y que por lo tanto les convendría rodearlo cuanto antes de un cordón sanitario para que no siga contaminando al resto del movimiento.

Cuando del manejo de la según parece moribunda economía nacional se trata, muchos peronistas, entre ellos los sindicalistas, con la excepción de integrantes del clan Moyano y otros de reputación truculenta, claramente tienen más en común con los líderes de Juntos que con aquellos kirchneristas que fantasean con lo maravillosamente épico que sería romper con el Fondo Monetario Internacional, negarse a pagar las deudas contraídas por el gobierno de Mauricio Macri, castigar a los empresarios amarretes apropiándose de lo que todavía queda del sector privado y de tal modo independizarse del resto del planeta.

Los peronistas que no comulgan con Cristina saben muy bien que los presuntos beneficios políticos de una aventura de dicho tipo serían tan escasos como pasajeros y que las consecuencias para el país serían catastróficas. Dan por descontado que incluso una versión relativamente moderada de la política así supuesta, como la que está ensayando el nuevo secretario de Comercio Interior Roberto Feletti, sería contraproducente. Aquí, los intentos de frenar la inflación controlando los precios con amenazas a los empresarios y el despliegue de militantes en los supermercados sólo han servido para que un período de estabilidad estadística se haya visto seguido por un estallido tremendo, como el “rodrigazo” que marcó el comienzo de la prolongada agonía de la clase media nacional.

Desde mediados del siglo pasado, la Argentina ha sido el país inflacionario por antonomasia. Sigue siéndolo porque casi todos los dirigentes políticos coinciden en que dotarla de una moneda tan fuerte como el dólar o el euro requeriría medidas muy dolorosas y que por lo tanto sería mejor no intentarlo. Cuando Carlos Menem estaba en la Casa Rosada, pudieron haber aprovechado la tregua que fue posibilitada por la convertibilidad para hacer las reformas necesarias, pero todos, incluyendo a Menem, preferían mantener los dedos cruzados y rezar para que no sucediera nada feo mientras estuvieran en el poder.

Aun predomina la misma actitud; si bien es de prever que, dentro de poco, se desmorone el modelo intrínsecamente inflacionario que se improvisó hace tantas décadas que para muchos es el único digno de considerarse “normal”, ni siquiera los dirigentes opositores más avezados, personas como Ricardo López Murphy, Martín Tetaz y Hernán Lacunza, quieren decir con precisión lo que harían si les tocara encargarse de la economía.

El temor que tantos sienten cuando se les pide definirse puede entenderse. Es mucho menos peligroso, y políticamente más rentable, concentrarse en vapulear a los responsables del desastre y demoler las ideas en que se inspiraban, sin arriesgarse proponiendo medidas que a buen seguro serían denunciadas por inhumanas por los muchos que en el corto plazo por lo menos se verían perjudicados. Aunque a esta altura los líderes opositores son conscientes de que dejar la economía dos años más en manos de los kirchneristas entraña un sinfín de riesgos muy graves, son reacios a asumir posturas que serían denunciadas como “destituyentes”, para no decir “golpistas”, como la de reemplazar a Sergio Massa por uno de los suyos en la línea de sucesión presidencial si logran conseguir el apoyo de una mayoría en la Cámara baja.

No es la primera vez que los horrorizados por la incapacidad económica de un gobierno populista se hayan sentido tentados por la idea de que sería mejor permitirle poner fin a su obra. En los años setenta del siglo pasado, la estrella “liberal” de aquel entonces, Álvaro Alsogaray, se oponía al golpe militar no porque fuera contrario a los regímenes militares sino porque creía que un cataclismo socioeconómico le enseñaría al electorado lo terriblemente inoperantes que eran los peronistas. Para los hombres del ala derechista del movimiento, el golpe de 1976 fue motivo de alivio porque les ahorró la necesidad de llevar a cabo los ajustes feroces que las circunstancias reclamaban.

Así pues, hay un consenso en el sentido de que a Alberto, Cristina, Sergio, Axel y los demás les corresponde continuar gobernando hasta diciembre de 2023 aunque sólo fuera porque, por primera vez, los peronistas tendrían que hacer frente a un cataclismo socioeconómico que ellos mismos provocaron. A pesar de sus esfuerzos por culpar a otros -Macri, el FMI, el capitalismo- por la pauperización generalizada, la propaganda en tal sentido no funciona con la eficacia de antes.

Flotando por encima de todo eso está Alberto. Desde la noche de las PASO, el presidente de jure deambula en el limbo en busca de un rol. No es que haya elegido cumplir un papel apenas simbólico en el capítulo actual del culebrón político nacional, es que Cristina y sus simpatizantes lo incluyen entre los responsables principales del desastre descomunal que amenaza con hacer de la Argentina otro Estado fallido. No se equivocan por completo, pero sucede que a la jefa nunca se le hubiera ocurrido confiarle la presidencia de la República si lo creían dueño de la autoridad personal que precisaría para gobernar un país caudillista. No tienen derecho a sentirse decepcionados por su desempeño porque lo que quería Cristina era contar con la colaboración de un experto legal que, como un Fausto de nuestros días, estaría dispuesto a entregarle sus presuntas convicciones a cambio de algunos años en la Casa Rosada. Así y todo, es por lo menos posible que la ductilidad excepcional de Alberto le permita ayudar a que el país salga intacto del pozo profundo al que se ha visto empujado, ya que no estaría en condiciones de estorbar un eventual intento de formar un gobierno que sea menos inepto que el que formalmente encabeza.

Galería de imágenes

En esta Nota

James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

Comentarios