Sunday 16 de June, 2024

OPINIóN | 11-02-2024 12:50

Milei: un erizo rodeado por zorros

Puede que entre tales zorros de la política haya muchos que pertenecen a “la casta” que Milei sigue denunciando, pero ello no quiere decir que le convenga continuar tratándolos como parias.

Al célebre pensador liberal oxfordiano Isaiah Berlin le gustaba citar al poeta griego Arquíloco, del siglo VII antes de Cristo que, en uno de los escasos fragmentos que se han conservado, afirma: “Muchas cosas sabe el zorro, pero el erizo sabe una sola y grande”, para dividir así las personas eminentes en dos grupos. Uno, el de los erizos, está conformado por los que, como Javier Milei, subordinan absolutamente todo a una idea clave. En cambio, los zorros están más interesados en los detalles que en otra cosa y suelen adaptarse sin problemas a los códigos imperantes en los lugares en que se encuentran.

  He aquí una razón por la que, al sentirse abrumados por el desastre socioeconómico que, merced a la miopía que los caracteriza, ellos mismos habían contribuido a provocar, tantos integrantes de la clase política nacional han estado dispuestos a dejarlo en manos de un personaje que, hace apenas un par de años, tomaban por un excéntrico extravagante de ideas estrafalarias.  Con todo, aunque muchos son conscientes de que Milei tiene razón cuando insiste en que hay que jibarizar el gasto público y resignarse a meses, tal vez años, de austeridad espartana, con escasas excepciones no pueden sino procurar aprovechar las circunstancias en beneficio propio. Para frustración del núcleo duro del gobierno que quiere actuar con mayor rapidez porque, insiste, la hiperinflación está al acecho, los zorros de la política siguen demorando la toma de medidas que cree imprescindibles.

   Muchos políticos que cuestionan la impetuosidad de Milei, además de los reaccionarios nac&pop y sus amigos coyunturales del sindicalismo que quieren prolongar lo más posible un statu quo que es claramente insostenible, dicen sentirse ofendidos cuando voceros oficiales los acusan de defender sus propios negocios o, en palabras de Milei, de buscar coimas. Juran que lo que más les preocupa es el bienestar de la gente que el libertario quiere sacrificar en aras de un proyecto ideológico. A los que piensan así les cuesta tomar en serio la crisis gigantesca que fue generada por décadas de irresponsabilidad fiscal que culminaron con la gestión alocada de Sergio Massa en que, con la anuencia de Cristina Kirchner, trató la economía del país como una caja electoral.

   Si sólo se tratara de una competencia deportiva, los muchos que no quieren a Milei tendrían buenos motivos para festejar los reveses diarios que está sufriendo el gobierno que, por lo difícil que les es encontrar cuadros idóneos no contaminados por “la casta”, aún está intentando formar, pero sucede que hay mucho más en juego que el destino del personaje que mejor supo aprovechar el desprecio que tantos sienten por el grueso de la clase política nacional. Mal que les pese a aquellos que están celebrando lo arduo que le ha sido conseguir la aprobación legislativa de lo que aún queda de la famosa “ley ómnibus” y apostando a que lo jaquee una nueva liga de gobernadores, la crisis social, económica, cultural y moral que está haciendo trizas de la Argentina que conocemos no es un invento libertario. Es bien real.

  A menos que el gobierno, con la ayuda de los que entienden que sería colectivamente suicida intentar continuar como antes, logre dominarla, dentro de poco, muchos recordarán con nostalgia las penurias actuales como propias de un período de prosperidad relativa. ¿Exagera Milei cuando habla de las calamidades que se darían si no desactiva la herencia explosiva que le entregó el gobierno anterior? Aunque algunos parecen convencidos de que la crisis dista de ser tan grave como dice, por ahora cuando menos la mayoría acepta que, antes de comenzar a recuperarse, la economía tendrá que someterse a un ajuste muy doloroso.  Desde el punto de vista de los que toman muy en serio los duros mensajes del libertario, quienes prefieren minimizar los peligros a que alude son cínicos preocupados por sus propios intereses corporativistas.

  Fue en buena medida gracias a su condición de novato político que Milei pudo mudarse a la Casa Rosada, pero lo que es un mérito a ojos de sus simpatizantes está entorpeciendo su gestión. En política, la sinceridad desinhibida puede ser más peligrosa que la hipocresía, pero Milei, que es proclive a cometer un error no forzado tras otro, se enorgullece de su voluntad de decir siempre lo que cree y muchos que quisieran ayudarlo temen verse públicamente vituperados por decir algo que, por razones difícilmente comprensibles, brinda al presidente o sus socios principales un pretexto para excomulgarlos.     

 Así y todo, las debilidades manifiestas del gobierno que está ensamblando Milei no deberían distraernos de lo fundamental: “el modelo” que fue improvisado y retocado por una serie de gobiernos obsesionados por el corto plazo ha dejado de ser viable. Es por lo tanto urgente que sea reemplazado por otro radicalmente distinto, uno que, mal que les pese a muchos, necesitará tener más en común con el propuesto por el libertario que con los imaginados por los kirchneristas, los pesos pesados sindicales o los moderados de la UCR.  

Milei advierte que, sin reformas drásticas, la Argentina no tardará en verse devastada por una implosión económica de dimensiones descomunales que podría empobrecer al noventa por ciento o más de la población. Sus adversarios, entre ellos algunos que no temen al caos porque confían en su propia capacidad para hacer de la miseria ajena un bien político muy valioso, han optado por tratar lo que está ocurriendo como un juego de la gallina; desde su punto de vista, sería mucho mejor empujar al país y sus habitantes por el abismo hacia el cual está deslizándose de lo que sería permitir que un presidente que califican de “derechista” le ahorrara tamaña catástrofe.

 El gobierno libertario no logrará sobrevivir a las tormentas que pronto enfrentará sin el apoyo decidido de los muchos políticos profesionales que, luego de haberlo pensado, coinciden en que sería del interés del país hacer una hoguera de miles de reglas burocráticas perversas que sólo motivan problemas o, lo que es peor, facilitan “curros” que sirven para asegurar un buen pasar a sujetos inescrupulosos como aquellos que se las ingeniaron para hacer de ñoquis pobres una fuente de ingresos. Asimismo, parecerían que son cada vez menos los políticos que se niegan a reconocer que hoy en día no hay ninguna alternativa válida al capitalismo liberal, si bien a su entender – y a aquel de virtualmente todos sus homólogos del mundo desarrollado -, tendría que ser acompañado por una extensa red de seguridad social.

 Puede que entre tales zorros de la política haya muchos que pertenecen a “la casta” que Milei sigue denunciando, pero ello no quiere decir que le convenga continuar tratándolos como parias o deficientes mentales congénitamente incapaces de entender lo que está ocurriendo. Sin su respaldo, fracasará, lo que sería un desastre no sólo para él personalmente sino también para el país que en tal caso correría el riesgo de caer nuevamente en manos de bandas de populistas ineptos y fenomenalmente corruptos.

A la Argentina le ha tocado convertirse en el escenario de una revolución ambiciosa impulsada por un hombre quisquilloso y monotemático - un erizo, diría Berlin -, que encabeza un gobierno que es estructuralmente muy flojo y que, claro está, se ve obligado a respetar límites constitucionales que revolucionarios de otro tipo nunca han vacilado en transgredir. Encontrar motivos para oponérsele o mofarse de sus pretensiones es sumamente fácil, ya que pocos días transcurren sin que Milei pronuncie alguna barbaridad que, en boca de otro mandatario, desataría un alud de críticas feroces o, como ha sucedido con cierta frecuencia, tendría repercusiones internacionales indeseables. En este ámbito, es tan disruptivo como el norteamericano Donald Trump, aunque su propio ideario es muy distinto de aquel de quien en noviembre podría volver a ser presidente de la superpotencia aún reinante.

 El ascenso de Milei se debió menos a sus propios méritos que al reducido poder de convocatoria de sus rivales. Lo mismo puede decirse de la difusión del credo que hizo suyo. Luego de sufrir los estragos provocados por el voluntarismo colectivista de los kirchneristas y sentirse traicionada por los resultados nada buenos del gradualismo de Juntos por el Cambio, la mayoría llegó a la conclusión de que la única opción viable que todavía se quedaba de pie era la planteada con vehemencia insólita por el libertario. Por fortuna, se trataba de una versión, acaso un tanto extrema, de la misma fórmula que adoptaron hace tiempo todas las democracias actualmente prósperas, de suerte que, a diferencia de esquemas propuestos por otras agrupaciones que sueñan con remodelar el país, no es meramente una fantasía del tipo que suele atraer a quienes sueñan con un mundo radicalmente diferente.

    Demás está decir que Milei tiene bastante en común con tales utopistas. Espera que, una vez estabilizada la economía, pueda construir sobre la base así supuesta la riquísima potencia mundial libertaria que nos ha prometido. Sin embargo, si logra frenar por completo la inflación y eliminar una multitud de regulaciones obstructivas, sería poco probable que la sociedad le pidiera seguir avanzando hacia otras metas que se ha fijado. Después de todo, si el país se dotara de un peso fuerte respaldado por una economía que funcione como es debido, no tendría sentido insistir en la dolarización, una propuesta que no motiva ningún entusiasmo en el mundillo financiero norteamericano.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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