OPINIóN | 25-01-2024 11:06

Crimen de Cabezas: ¿Aprendimos algo?

El martirio del fotógrafo de NOTICIAS en el ejercicio de una profesión atravesada por los relatos de época.

José Luis Cabezas fue asesinado porque expuso una cara del poder que pretendía ser invisible: la del empresario Alfredo Yabrán. “Ni los servicios de inteligencia tienen una foto mía”, se jactaba quien era el dueño de un emporio millonario construido con prácticas mafiosas y que mantenía lazos controversiales con el Gobierno.

Hasta que José Luis apareció calcinado en una cava de Madariaga, un año después de haber expuesto a Yabrán en la tapa de NOTICIAS, nadie consideraba, en la Argentina de la democracia recuperada, que morir por ejercer la profesión periodística era una posibilidad.

En estos 27 años transcurridos desde su crimen, Cabezas se convirtió en símbolo de la libertad de expresión, su rostro se hizo  pancarta y se sumó a la interminable lista de colegas que todos los años son asesinados en el mundo para silenciar su trabajo.

Él quería ser un buen fotógrafo, no un héroe; pero el martirio le valió ese bronce y la paradoja de ser reivindicado, incluso, por muchos a quienes la mirada incisiva de la prensa siempre les resultó molesta. ¿Lo valorarían si hoy estuviera vivo, sacando de las sombras lo que se resiste a ser revelado?

Los gobernantes de la democracia consolidada no fueron siempre coherentes con el respeto a la profesión, que se merecen también los  opositores a una gestión. En los momentos más fuertes del kirchnerismo se empapeló la ciudad con afiches que acusaban a periodistas de tener las manos manchadas de sangre por el solo hecho de trabajar en el Grupo Clarín. Y se armaron “escupideros públicos” donde llevar a los chicos para que escupan fotos de aquellos etiquetados como enemigos públicos. Ahora, un Presidente que se erige en las antípodas de aquel, escala en la aversión al oficio, cuando no es ejercido por sus fans.

Para Milei, hay dos clases de periodistas entre quienes disienten con sus propuestas o le hacen preguntas incómodas: son los ensobrados o los que “no la ven”. En momentos más efusivos los llama ignorantes, estúpidos y brutos, a los que va a “desasnar”.

Ya en campaña había dado indicios de su relato anti prensa: echó a colegas que cubrían actos al grito de “esto es para la gente, no para ustedes”. Y en los pasillos de un canal de tevé le advirtió a un conductor: “Si soy Presidente, preparate para correr”.

Lo último de su cruzada fue tratar de mentirosas a tres periodistas en diez días:  Luisa Corradini, Silvia Mercado y María O’ Donnell, con la consecuente activación de un mecanismo de difamación en redes sociales. Un error mínimo; si sus perros están instalados o no en Olivos, o si se trasladó en auto o helicóptero (corregido incluso antes de que el Presidente tuviera tiempo de descalificar a la colega), alcanza para ser acusado de montar una  “operación”. Daría risa, si la seriedad del embate presidencial no lo tornara peligroso. 

Entidades dispares como FOPEA, ADEPA, la Academia de Periodismo y Reporteros sin Fronteras ya alertaron sobre el desprecio oficial por las normas internacionales sobre el derecho a la información. Una nueva era institucional recién comienza y hay tiempo para evitar que la violencia verbal se transforme en algo peor.

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Alejandra Daiha

Alejandra Daiha

Jefa de Redacción y columnista de Radio Perfil.

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