Tuesday 25 de June, 2024

OPINIóN | 22-01-2024 11:11

Los tambores de guerra están sonando fuerte

¿Hay posibilidades de una nueva guerra mundial? La dicotomía demoracias versus autocracias. El rol de Putin y Xi Jinping.

¿Estamos en vísperas de una nueva guerra mundial en que confluyan conflictos que hasta hace poco parecían desconectados, como en efecto ocurrió en 1914 y 1939? El temor a que, una vez más, un largo período relativamente pacífico esté llegando a su fin se ha hecho palpable. Las guerras que ya se están librando en Ucrania y Gaza, más las amenazas procedentes de jerarcas chinos que por razones es de suponer psicológicas encuentran insoportable la independencia de facto de Taiwán, nos advierten que en el mundo las placas tectónicas están moviéndose con rapidez creciente y que pronto llegará la hora en que las sociedades democráticas tendrán que movilizarse para frenar a “las autocracias” que no las quieren.

Puede que se mantenga por un rato más el orden internacional dominado por Estados Unidos que siguió al colapso de la Unión Soviética, ya que, para sorpresa de muchos, la economía norteamericana no ha perdido ni su vigor productivo ni la creatividad tecnológica extraordinaria que siempre ha sido una de sus características más llamativas, pero hay muchos que creen que tiene los días contados; como es lógico, quienes se sienten perjudicados por dicho orden están procurando sacar provecho de lo que ven como una oportunidad irrepetible para alcanzar sus fines. Entre los más impacientes están los presidentes de las dos autocracias principales, China y Rusia. Xi Jinping y Vladimir Putin; saben que sus países respectivos enfrentan crisis demográficas gravísimas que ya les están ocasionando problemas mayúsculos. Tienen forzosamente que apurarse.

Lo mismo puede decirse de la sumamente agresiva teocracia iraní, que no vacila en matar a los reacios a someterse a las opresivas leyes islámicas, y también del régimen turco. Aunque Turquía es un integrante pleno de la OTAN, su presidente, el islamista Recep Erdogan, se niega a colaborar con sus presuntos aliados porque subordina todo a sus propias ambiciones regionales y se ve como el líder de un renacimiento otomano. Turquía no es una autocracia plena, pero para Estados Unidos está resultando ser un socio muy poco confiable.

Asimismo, en el Oriente Medio, Asía Central y África hay docenas de actores menores, como Hamas, Hezbollah, los talibanes, el Estado Islámico, los hutíes yemenitas, Al-Qaeda y Boko Haram, que se sienten envalentonados por la sensación difundida de que el Occidente antes todopoderoso está batiéndose en retirada en todos los frentes.

Al igual que tantos otros, Putin, el “zar” ruso, nunca ha disimulado su convicción de que quienes gobiernan los países occidentales carecen de la firmeza anímica que necesitarían para defenderse contra enemigos realmente resueltos. Hace un siglo, aquellos alemanes y japoneses que pensaban lo mismo se equivocaban, pero ello no quiere decir que también lo hayan hecho sus equivalentes actuales.

Putin está esperando con impaciencia el regreso a la Casa Blanca de Donald Trump que, de estar en lo cierto las encuestas de opinión más recientes y el triunfo aplastante que se anotó días atrás en el “caucus” del estado de Iowa, podría derrotar por un margen amplio a Joe Biden en las elecciones presidenciales de noviembre. Ya están ayudando al dictador ruso los legisladores republicanos que, presionados por Trump, frenan los costosísimos paquetes de ayuda militar y financiera que Biden quisiera enviar a Ucrania. También lo están haciendo aquellos mandatarios europeos que,  acostumbrados como están a depender por completo de Estados Unidos cuando de asuntos militares se trata, no cuentan con los medios precisos para suministrar al gobierno de Volodimir Zelensky material bélico en cantidades suficientes.

Aunque no le sea dado a Putin conquistar por completo a Ucrania, si Trump lo permite podría conservar las partes ya ocupadas que incluyen a la península de Crimea, para entonces ponerse a amenazar a otros países europeos; hace poco, las autoridades militares suecas alarmaron a sus compatriotas aconsejándoles prepararse mentalmente para enfrentar una guerra en su territorio soberano. 

Mientras tanto, el mandamás chino, Xi Jinping, sigue insinuando que en cualquier momento podría ordenar a las fuerzas armadas de su país asegurar la reincorporación a la madre patria de la isla de Taiwán. Un intento en tal sentido no estaría exento de riesgos para Xi; lo mismo que los ucranianos, los taiwaneses podrían frenar un asalto inicial y recibir ayuda de Estados Unidos, Australia, los europeos y el Japón.

Los taiwaneses, que acaban de elegir como presidente a Lai Ching-te que no quiere saber nada de “la reunificación” obligatoria con su vecino gigantesco, están conformes con la realidad ambigua que existe desde hace décadas en que han conservado su independencia, sin que -para no molestar al hipersensible régimen de Pekín- el resto del mundo la reconozca oficialmente.

Xi comparte con Putin la voluntad de culminar su carrera política adueñándose de lo que toma por una provincia rebelde. A ninguno de los dos le preocupan las leyes internacionales a las que suelen aludir los occidentales o el hecho de que últimamente hayan crecido mucho las diferencias culturales, tanto sociales como lingüísticas, que separan al país que gobiernan del que sueñan con colonizar. Desde el punto de vista de Xi y de Putin, la interpretación propia de la historia del territorio que tienen en la mira es la única admisible.

Así, pues, la mera sospecha de que representantes del gobierno de Javier Milei habrían charlado amablemente con sus homólogos taiwaneses bastó como para provocar una crisis diplomática que la canciller Diana Mondino intentó solucionar jurando que la Argentina reivindica el dogma pekinés de “una sola China”, lo que es una manera de decir que, cuando los intereses comerciales están en juego, puede ser tan hipócrita como casi todos los demás países, comenzando con  Estados Unidos que, a pesar de su presunta adhesión al principio sagrado de la unidad inquebrantable del Reino del Medio tal y como la define el Partido Comunista en Pekín, no ha vacilado en enviar armas sofisticadas a los taiwaneses y da a saber que los ayudaría a defenderse contra un eventual ataque chino.

¿Estarían los norteamericanos en condiciones de hacerlo? Muchos lo dudan, lo que de por sí es motivo de preocupación; de propagarse la sensación de que Estados Unidos y los países europeos son tan débiles que ni siquiera son capaces de brindar protección a aliados tan valiosos como Taiwán, el mundo no tardará en hacerse aún más violento de lo que ya es.

He aquí que hay una razón por la que es de tanta importancia un roce de apariencia anecdótica, el ocasionado por los esfuerzos de Estados Unidos, el Reino Unido y, sin participar activamente, otros países de obligar a los hutíes de Yemen a desistir de atacar con drones y misiles a buques de carga que navegan en el Mar Rojo. A menos que los norteamericanos y británicos logren intimidar a lo que es una milicia tribal, fanáticamente anti-judía, respaldada por Irán, sería más que probable que otros enemigos de lo que aún es el statu quo se pusieran a emularlos, ya que hoy en día los drones son baratos y no es nada difícil encontrar misiles potentes en el gran bazar armamentista internacional. Por tanto, cualquier grupo terrorista bien ubicado podría paralizar el comercio mundial, lo que tendría consecuencias nada gratas para miles de millones de personas que verían aumentar todavía más el costo de vida.  

Los hutíes juran que lo único que quieren hacer es ayudar a los habitantes de Gaza atacando a buques vinculados con Israel. La solidaridad así supuesta no se debe a sentimientos humanitarios, ya que ellos mismos y su padrino iraní han sido responsables de matanzas decididamente mayores que las causadas por la aviación israelí, sino a la fiebre yihadista que afecta de un modo u otro a todos los países del extenso mundo musulmán y a los enclaves islámicos que se han formado en Europa, Estados Unidos, Canadá y Australia. Se trata de una realidad que, hasta ahora, los gobiernos occidentales han preferido ignorar al insistir en que es absurdo vincular “la religión de la paz” con la violencia horrenda que tan a menudo se perpetra en su nombre. Huelga decir que tal actitud molesta sobremanera a los muchos  que, para indignación de “las elites” políticas, académicas y mediáticas, propenden cada vez más a apoyar a movimientos tildados de “ultraderechistas”.

Por lamentable que parezca, en última instancia la libertad de una comunidad depende de su propia capacidad militar o de la de los dispuestos a ayudarla. La comunidad conformada por “el Occidente” en su conjunto no es una excepción a esta triste regla milenaria. Lo comprenden los israelíes que, frente a sus amigos dubitativos occidentales, tienen que brindar la impresión de estar resueltos a ir a virtualmente cualquier extremo para minimizar el sufrimiento de civiles atrapados en una zona de guerra, pero que, ante sus vecinos musulmanes, se saben obligados a recordarles que poseen un poderío militar terrorífico e invencible porque, si no los convencen, quienes los odian por razones nacionalistas y religiosas no titubearían un momento en tratar de exterminarlos. En cambio, los norteamericanos, acostumbrados como están a librar sus guerras en países ajenos, y los europeos, que desde mediados del siglo pasado han sido protegidos por el escudo norteamericano, se resisten a entender algo que para sus ancestros era indiscutible.  

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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