Martes 14 de julio, 2020

OPINIóN | 27-05-2020 14:02

¿Por qué irrita Susana?

En tiempo de penuria general, la liviandad se factura caro. Las explicaciones de la diva que cayeron muy mal.

Este tiempo tan duro para todos, es inclemente con los famosos y los políticos. El mundo entero está sufriendo males inéditos. El hambre, la enfermedad, la penuria económica, el encierro, el duelo por la pérdida de los seres queridos, la distancia de la familia. Y en este contexto tan difícil, cualquier gesto o palabra que estén fuera de lugar pueden generar un tsunami de rechazos y descalificaciones.

La pandemia reveló el escenario de profunda desigualdad en que se asienta nuestra sociedad. Y es imposible esperar que la desigualdad no produzca bronca y rebeldía.

Marcelo Tinelli y Susana Giménez (por poner sólo dos ejemplos de gente privilegiada) tienen todo el derecho de tomar un avión privado. Porque la ley se los permite, porque pueden pagarlo y porque el dinero con que lo pagan es legítimo y surge de su trabajo. Otra cosa es que ese gesto sea fácilmente digerible en la sociedad a la que pertenecen, en el horizonte de la penuria general que vivimos.

Si, además, a la conducta desafortunada de los famosos se le agrega una explicación banal y simplificadora, el boomerang de los medios y las redes, les devuelve el gesto multiplicado por mil.

Ayer, Susana Giménez, en distintos medios, fue tan “Susana” como siempre. Le echó la culpa a La Cámpora de la cuarentena extrema, habló de los robos de hoy frente a la seguridad del pasado (en la dictadura), recordó las propiedades que tiene en Uruguay y sin querer reflotó la controversia sobre los argentinos adinerados que pueden tener residencia en el país vecino. Habló del virus multiplicándose en la villas (y todos temblamos pensando a dónde podía ir a parar ese pensamiento), de los pobres animales a los que extrañaba, de las obras de caridad que hace en silencio y de sus “suficientes” 65 días de encierro.

Repetimos: Susana tiene todo el derecho de pensar y vivir como quiera. Pero “contar dinero delante de los pobres”, como dice el dicho popular, no es de buen gusto. Y el ánimo general de hoy, más que la desigualdad, no tolera la liviandad, la escasez de reflexión y el “bocho fresco”, como decían las abuelas.

Existe la Ley con mayúsculas que aplican los agentes públicos, y la ley del sentido común que nadie sanciona pero todos suscriben. Esa suele ser implacable con las pavadas.

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Adriana Lorusso

Adriana Lorusso

Editora de Cultura y columnista de Radio Perfil.

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