viernes, febrero 21, 2020

OPINIóN | 17-01-2020 15:15

Trump contra los ayatolás

Las claves de la escalada bélica entre Estados Unidos e Irán.

Aunque saben que es peligroso subestimar el poder destructivo de las ideologías mesiánicas, quienes quieren vivir en paz siempre prefieren minimizar las amenazas que plantean. Hasta que no les quedaron más alternativas, los líderes de los países occidentales trataban a los comunistas, fascistas y nazis como excéntricos truculentos que, tarde o temprano, abandonarían sus proyectos ambiciosos al entender que lo que la gente realmente quería no era más conflictos sino la posibilidad de disfrutar de libertad y cierto bienestar material. Puede que en algunas partes del mundo el paso del tiempo les haya dado razón, pero no antes de que murieran centenares de millones de personas a manos de fanáticos resueltos a subordinar todo al credo con el cual se sentían identificados.

Un tal credo es el islamismo militante. Desde la huída del sha Reza Pahlevi en enero de 1979, Irán es una teocracia chiita gobernada por clérigos tan comprometidos con su fe que fantasean en público con librar guerras de exterminio contra el “Gran Satán”, Estados Unidos, y el “Pequeño Satán”, Israel.

¿Hablan en serio cuando dicen estar preparándose para las batallas apocalípticas que ven venir? Aunque a los políticos e intelectuales occidentales les cuesta tomar al pie de la letra las amenazas sanguinarias que los clérigos iraníes profieren semana tras semana, el que los ayatolás y las bandas de yihadistas que subvencionan sigan atacando a blancos enemigos, ya con misiles, ya con métodos “no convencionales”, es decir, terroristas, en distintos puntos del planeta, entre ellos la Argentina, hace pensar que les convendría a los demás adoptar una actitud menos conciliatoria. Por ser cuestión de creyentes en una ideología absolutista, procurar apaciguarlas con concesiones y palabras respetuosas, como si los brotes de tensión que esporádicamente se dan se debieran a malentendidos atribuibles a nada más que las diferencias culturales, es contraproducente.

Pues bien, Donald Trump es un hombre de negocios astuto que no sabe mucho de religiones o de la larga historia de los persas, pero sí es consciente de lo inútil que sería continuar tolerando la conducta agresiva de una potencia mediana cuyo régimen se niega a acatar las reglas que supuestamente imperan en el orden internacional del que, le guste o no, su propio país es el guardián principal.

Para Trump, el intento de ocupar la embajada estadounidense en Bagdad por militantes violó lo que su antecesor Barack Obama hubiera calificado de una “línea roja”. Reaccionó ordenando la eliminación inmediata del  presunto responsable, el general iraní Qassem Soleimani, un hombre que durante décadas había estado detrás de un sinnúmero de operativos mortíferos apenas clandestinos en países como Irak, Siria, el Líbano y Yemen que los ayatolás esperan incorporar a su esfera de influencia.  

Como no pudo ser de otra manera, la embestida de Trump provocó desconcierto no sólo en Irán, donde para muchos Soleimani  era un personaje casi mítico, como el Che Guevara en el resto del mundo, sino también en muchas capitales occidentales en que muy pocos quieren al imprevisible y nada ortodoxo mandatario norteamericano.  Lo acusaron de meterse en un avispero, de echar nafta sobre una zona que es terriblemente combustible, de correr el riesgo de desatar “la tercera guerra mundial”.

Sin embargo, cuando un par de días más tarde la Guardia Revolucionaria, la fuerza que Soleimani había encabezado, derribó “por error humano” un avión de pasajeros ucraniano, matando a 176 personas, de las que sesenta tenían pasaportes canadienses, y se multiplicaban las protestas callejeras en contra del régimen “mentiroso” en Teherán y otras ciudades, el foco de la atención mundial se alejó de Trump para concentrarse en los problemas internos de la República Islámica.   

Aunque virtualmente nadie cree que esté por reeditarse en Irán un proceso como aquel que, en un lapso muy breve, culminó con la desintegración de la Unión Soviética y el repliegue precipitado del comunismo en países en que había contado con millones de simpatizantes, hay indicios de que la revolución chiita ha chocado contra una pared. No cabe duda de que la muerte de Soleimani le enseñó al régimen que el aventurismo en el exterior al cual se había acostumbrado podría exponerle a contragolpes letales. Asimismo, nadie ignora que las sanciones económicas, que Trump ya había comenzado a aplicar luego de sacar a su país del acuerdo multilateral que supuestamente pondría fin a los esfuerzos de los ayatolás para pertrecharse de bombas nucleares, han tenido un impacto devastador al reducir drásticamente el nivel de vida de la mayoría abrumadora de los iraníes.

Para más señas, parecería que son cada vez más los que coinciden con aquellos manifestantes estudiantiles que, algunos días atrás, insultaban a quienes pisoteaban las banderas de Estados Unidos e Israel que se habían pintado ante las puertas de la universidad a la que asistían. Para ellos, los clérigos y los sicarios basiji que emplean para reprimir son los auténticos enemigos del pueblo.

Aunque Trump juró ante las cámaras televisivas que no se proponía derrocar al régimen teocrático, un par de días más tarde se solidarizó abiertamente con los jóvenes que protestaban en las calles contra el régimen.  “No maten a los manifestantes. El mundo los está viendo. Y más importante, Estados Unidos está viendo”, advirtió en un tuit. Para sorpresa de muchos, voceros iraníes oficiales respondieron enseguida; aseguraron que el gobierno había prohibido a la policía a usar fuerza excesiva, lo que brindó la impresión de que perdían terreno en las estructuras del poder los duros que hasta entonces no habían vacilado en masacrar a opositores. Parecería que se habían dado cuenta de que Trump, a diferencia de otros presidentes norteamericanos y los líderes europeos, es un sujeto tan peligroso que sería mejor no ofrecerle pretextos para lanzar más ataques.  

Sea como fuere, aun cuando estén en lo cierto quienes dicen que la mayoría de los iraníes está harta de vivir bajo una dictadura clerical, ello no quiere decir que tenga los días contados. Como nos recuerda lo que está sucediendo en Venezuela, por desastrosa que sea la situación que ha creado, un régimen bien armado, con partidarios que están dispuestos a ir a cualquier extremo para conservar sus privilegios y que incluyen en sus filas a incondicionales que han apostado todo al triunfo eventual de su culto particular, puede sobrevivir por mucho tiempo. Conforme a las pautas occidentales, la revolución islámica iraní ha fracasado de manera tan catastrófica como la bolivariana, pero ello no quiere decir que será fácil consignarlas al basural de la historia.

El islamismo, sea chiita como en Irán y buena parte de Irak o sunita, como en el resto del mundo musulmán, al igual que ideologías de origen occidental como el comunismo, los fascismos y el nazismo, se alimenta de la convicción difundida de que debería existir una alternativa radical al orden a su juicio espiritualmente estéril de los países más prósperos. Es por tal motivo que tales credos a menudo resultan atractivos a occidentales que se sienten disconformes con el mundo que les ha tocado y, huelga decirlo, a personas de sociedades de tradiciones muy diferentes que se resisten a someterse a algo que para ellos es insoportablemente ajeno.

Los norteamericanos son aún más propensos que los europeos a creer que lo que más quieren los habitantes del mundo musulmán es vivir como ellos, pero mal que les pese abundan quienes se aferran a lo propio a pesar de las evidentes desventajas materiales y la falta de libertad que les supone, de ahí la incapacidad de las fuerzas expedicionarias occidentales de derrotar a los talibanes en Afganistán o a sus equivalentes en otros países de la región. No ayuda la impaciencia que es tan típica del Occidente actual; con optimismo desbordante y miles de millones de dólares, esperan impulsar casi de la noche a la mañana transformaciones socioculturales de la clase que en otras épocas requerían generaciones.

Trump dice a los iraníes -y a los norcoreanos- que quiere ser su amigo y ayudarlos a “modernizarse” para que puedan compartir los beneficios de la civilización occidental. Es probable que, de tener la oportunidad, en Irán la mayoría aceptara la oferta, pero también lo es que pronto descubriera que, como sabemos, el camino de la tan anhelada “modernidad” es mucho más escarpado de lo que suele esperarse, lo que posibilitaría el regreso de autoritarios que continuarían culpando a Estados Unidos y sus aliados por todos los males.

No carecerían de oportunidades. Además de los muchos problemas causados por los esfuerzos de los ayatolás de hacer de Irán una potencia regional, una aspiración que alarma mucho a sus vecinos árabes, su país sufre un grave déficit demográfico. Lo mismo que en partes de Europa, el Japón, China y Corea del Sur, los iraníes han visto precipitarse la tasa de natalidad, que hoy en día es de aproximadamente 1,6 hijos por mujer, de suerte que será viejo bien antes de adquirir la riqueza que necesitaría para enfrentar los problemas resultantes. Acaso sea por tal motivo que los ayatolás sean tan agresivos; saben que el tiempo corre en su contra y que, a menos que actúen con rapidez, su país y su credo religioso no tendrá posibilidad alguna de alcanzar “la grandeza” que en su opinión merecen.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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