Lunes 6 de febrero, 2023

POLíTICA | 12-07-2013 12:31

El odio: un mal de época

Un ensayo urgente sobre el mal de esta era. Liderazgo intolerante versus desequilibrio opositor. Política y corrupción: fusión maldita de la posdictadura.

Pocas cosas más interesantes que una discusión política, fuerte, decidida y filosa. No es una catástrofe que personas de buena fe, que piensan de modo diferente, contrasten sus posiciones sin resignarlas, salvo que sean enteramente convencidos por los argumentos del otro.

La política es conflicto de ideas, no un juego donde cantamos al unísono la canción que todos sabemos. La mala experiencia de malos enfrentamientos convenció al sentido común de que son mejores las discusiones atenuadas; y, en lugar de buscar el origen y perfil de las diferencias, limitarse a establecer los puntos de acuerdo. Eso puede ser necesario cuando se negocia el articulado de una ley (cosa que no sucede mucho en nuestro Congreso, donde el Gobierno obliga a votar a libro cerrado), pero no siempre es un ejercicio intelectual atractivo. Los mejores textos políticos escritos en la Argentina tienen a la polémica como fin o como acompañamiento asordinado. Los mejores aprendizajes de la adolescencia no se dan escuchando un coro unánime, sino presenciando un diálogo donde se desplieguen contraposiciones realmente vivas.

Pero algunos advierten hoy que, en la esfera privada y en microesferas públicas, la discusión ha cambiado de género: se abandonó el diálogo para recurrir a las formas de la invectiva y la lengua del odio, como si, en medio del ring, dos boxeadores decidieran que están permitidos los golpes bajos, los cabezazos, las patadas y escupir al contrario. Si esto es así, vale la pena explorar una explicación.

PERSONALISMO. En primer lugar, un dato sobre el que, no por casualidad, coinciden opositores y oficialistas: el fuerte personalismo del estilo presidencial en el ejercicio del poder. CFK utiliza la primera persona más que cualquier otro presidente de los últimos 40 años. El pronombre personal “yo” prolifera como un sonsonete irritante o tranquilizador.

Sus ministros y subordinados enfatizan con monocorde constancia que ella es la que decide todo: medidas de gobierno y listas de concejales en municipios de 20.000 habitantes. Tal poder de decisión no ha sido delegado por CFK en nadie. Esto tiene innegables ventajas cuando acierta o cuando se considera que sus actos son adecuados a la situación. Y una parva de inconvenientes cuando se le atribuyen exageraciones, fracasos y mentiras. La Presidenta es la jefa del país, la jefa de sus seguidores, la jefa de sus aliados (que para serlo deben aceptar todo sin discutir). No conduce. Ordena.

El personalismo magnifica sus rasgos. Los convierte en defectos insoportables o en virtudes de las que depende todo. La diferencia entre la Presidenta y sus ministros, entre ella y los gobernadores, es tan grande que solo permite atribuir a la propia CFK los fracasos de unos y otros. Ejemplo: pocos simpatizan con Moreno, pero son pocos también los que creen que actúa sin el aval de la jefa. En el actual juego de poder, no hay valencias libres.

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El odio: un mal de época

por Beatriz Sarlo

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