Hay datos que describen coyunturas. Y hay datos que clausuran épocas. El informe público de enero 2026 de Giacobbe & Asociados pertenece a esta segunda categoría: el 67% de los consultados considera que Cristina Fernández de Kirchner es una figura política del pasado, contra apenas 20,2% que la ubica en el presente y un residual 11,2% que la proyecta hacia el futuro. En términos políticos, es un acta de defunción simbólica.
La cifra no surge en el vacío. Es el resultado de un proceso acelerado que tuvo como punto de inflexión su condena judicial. Lejos de consolidar un liderazgo de resistencia, el fallo precipitó una descomposición silenciosa. Hubo un respaldo inicial, militante, encapsulado en el núcleo duro. Pero el episodio de los ataques a TN —con nombres vinculados al universo leal a Wado de Pedro, la renovación “centrista”— erosionó cualquier intento de construir una épica defensiva. El kirchnerismo dejó de ser un movimiento con capacidad de confrontación expansiva y pasó a ser un factor de incomodidad.
La propia encuesta exhibe una Cristina partida en dos: 42,8% de imagen positiva contra 47,1% negativa. Pero lo decisivo no es el saldo, sino la percepción temporal. Ser “del pasado” implica haber perdido centralidad emocional. En política, eso es más letal que una mala semana de encuestas.

Axel Kicillof entendió antes que nadie esa mutación. Sin romper formalmente con su mentora, la derrotó en la interna simbólica. Mientras el armado nacional de Cristina se desplomaba —con candidaturas débiles como la de Jorge Taiana y asociaciones tóxicas como la de Juan Grabois, convertido en una verdadera “mancha venenosa” electoral—, el gobernador bonaerense consolidaba poder territorial. La ex presidenta perdió donde más le dolía: en la capacidad de ordenar el peronismo. Su hijo, Máximo Kirchner, acaba de ceder la conducción del PJ al enemigo que denostó.
La historia se repite: no es la primera vez que Cristina funciona como límite. En 2019 ya había sido un obstáculo para la ampliación electoral y debió recurrir a Alberto Fernández para exhibir un gesto de moderación y construir un puente hacia el centro. Aquella jugada —arriesgada pero eficaz— hoy es irrepetible. No hay figura que pueda “centrarla” ni contexto que habilite ese corrimiento. La sociedad ya no discute su intensidad ideológica; discute su vigencia.

El intento de reconstrucción vía Senado tampoco entusiasma. La alianza con ex gobernadores convertidos en legisladores —Sergio Uñac, Alicia Kirchner, Juan Manzur, Jorge Capitanich— luce más como la vía de los derrotados que como una plataforma de relanzamiento. Son dirigentes que ya no gobiernan sus provincias y cuya capacidad de movilización real es limitada. La excepción parcial es Gerardo Zamora, que logró sostener poder territorial a través de su delfín, aunque su proximidad al escándalo AFA (lazos probados con Pablo Toviggino) agrega ruido a cualquier aspiración nacional.
En paralelo, los gobernadores peronistas no alineados coinciden en un diagnóstico: Cristina es pasado. Algunos juegan tácticamente cerca de Javier Milei: Osvaldo Jaldo (Tucumán), Raúl Jalil (Catamarca), Gustavo Sáenz (Salta) y, en ocasiones, Hugo Passalacqua (Misiones). Otros esperan. Kicillof intenta tejer una red con Sergio Ziliotto, Gustavo Melella, Gildo Insfrán y Ricardo Quintela, pero sabe que necesitará sumar volumen político si quiere ser competitivo en 2027. El desafío es doble: emanciparse sin fracturar y ampliar sin perder identidad.

Del otro lado del tablero, el oficialismo conserva centralidad. Javier Milei registra 42,8% de imagen positiva contra 47,1% negativa. No es hegemonía, pero sí piso firme en un contexto de reformas estructurales que generan más acuerdo que rechazo en algunos capítulos. El mismo informe muestra, por ejemplo, que 63,6% está de acuerdo con bajar la edad de imputabilidad a 13 años, un dato que confirma un clima social inclinado hacia agendas de orden y endurecimiento penal. Es un terreno donde el kirchnerismo histórico queda a contramano.
Patricia Bullrich aparece con 44% de imagen positiva, consolidándose como la dirigente con mejor proyección dentro del oficialismo ampliado, mientras que Victoria Villarruel exhibe niveles de rechazo elevados. Mauricio Macri conserva un núcleo, pero sin capacidad expansiva. En ese escenario emergen terceras vías. Gobernadores jóvenes como Nacho Torres (eventual candidato PRO) podrían fragmentar el voto de derecha y centro derecha en 2027. Esa hipótesis abriría una ventana para el peronismo, pero hoy es una posibilidad aritmética más que política. Para que esa hendija se transforme en oportunidad real, el PJ debería resolver antes su conflicto identitario.

El 67% que ubica a Cristina en el pasado no es solo un juicio sobre una persona. Es una señal sobre el ciclo político cerrado. La Argentina parece haber ingresado en una fase donde la polarización clásica pierde eficacia como organizadora del voto. Milei no necesita que Cristina compita; le alcanza con que siga siendo el símbolo de lo que muchos sienten que quedó atrás.















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