“He dominado el arte de los negocios y convertido el nombre Trump en una marca de la más alta calidad. Como maestro, quiero transmitir mis conocimientos a otra persona. Estoy buscando al aprendiz.”
No pasó hace tanto tiempo, pero parece muy lejos: en 2004 así se presentaba el magnate estadounidense ante su país.
Ese era el arranque de su programa “The Apprentice”, un reality donde los participantes —en su mayoría latinos y afroamericanos— competían para lograr un importante contrato con su empresa. Ese show, que tuvo quince temporadas, le abrió la puerta a un público que lo desconocía, incluso a nivel mundial, y fue convirtiendo su rostro en uno más de la fauna televisiva. Pero en 2010, Trump le agregó a su fama mediática un nuevo condimento, en lo que sería el inicio formal de su carrera política: en pleno gobierno de Obama fue el principal impulsor de la teoría conspirativa que señalaba que el entonces presidente no había nacido en su nación, una fake news pionera que se volvió un boom en Estados Unidos.
“Soy un poco escéptico sobre el nacimiento de Obama; allí donde dice haber nacido nadie se acuerda de él”, repetía el magnate y conductor televisivo. En 2016, Trump admitió que sabía que su predecesor era tan estadounidense como él, pero eso ya no importaba: para ese momento ya ocupaba el Salón Oval de la Casa Blanca, camino que pavimentó mezclando el show con provocaciones o, directamente, mentiras.

Una década después del comienzo de su primera presidencia, la situación solo se profundizó. El secuestro del dictador Nicolás Maduro se transmitió en tiempo real por televisión y redes sociales, en una estudiada coreografía que hacía parecer toda la escena como parte de la última megaproducción de Hollywood. A eso se sumó luego una campaña virtual en la que se presentaba al mandatario como una especie de dueño del continente entero, incluyendo —sobre todo— a Groenlandia.
El spin-off local de Trump no se queda atrás. Javier Milei, otra figura nacida en un set de TV, mezcla su presidencia con recitales masivos, romances fogosos y una cultura memética permanente en redes sociales. En todo el planeta es el momento de la política comic show, un juego que, a la vez, es mucho más que eso.
Construcción
“Soy Javier Milei. No seré famoso como economista, pero sí como rockstar.” Esas fueron las primeras palabras del libertario en la televisión, el 28 de abril de 2015, a las 23.32, en el histórico programa de Mariano Grondona. Aunque pasaron muchas cosas desde ese momento hasta su llegada a la Casa Rosada, es imposible separar el fenómeno político del fenómeno mediático.

Milei construyó su llegada al poder desde los paneles de televisión. Allí mezcló gritos violentos, peleas salvajes y un aporte original: la capacidad de discutir autores económicos en prime time desde una matriz libertaria extrema. Su figura se nutrió además de otros condimentos: obras de teatro durante los veranos, noviazgos mediáticos —en 2018 salió con Daniela Mori, exintegrante de la banda de cumbia Las Primas—, revelaciones perturbadoras sobre su sexualidad tántrica, covers de temas de rock y clásicos, apariciones disfrazado como superhéroe y, por supuesto, su marca registrada: su extraña cabellera. Salvando las distancias, siguió al pie de la letra la regla de oro de Donald Trump: “Never be boring” (nunca seas aburrido).
La construcción política de Milei siguió esa misma lógica. En 2014, el Movimiento 5 Estrellas —el espacio italiano que La Libertad Avanza copió literalmente como modelo y que no casualmente tenía a Beppe Grillo, un actor, como cara visible— elaboró un manual de conducta para sus representantes electos: “En televisión es inútil desgranar un argumento, explicar tratados o proponer soluciones realistas. Las personas son presas de sus emociones. Somos una vía de escape de la rabia y el miedo.” Ese es el lugar que Milei vino a ocupar en la política local. Como presidente, está claro, lo llevó a otro nivel.

Mientras por un lado agita la violencia con invitaciones permanentes a “odiar más” y compara a sus rivales con monos o cucarachas, por el otro ofrece circo: el recital en el Movistar Arena, su show en el festival de Jesús María, una aparición en un canal de streaming oficialista junto a su perro clonado, un beso fogoso con su entonces pareja en un teatro costero, cuadros en la Quinta de Olivos donde se compara con Wolverine y con un león, una bizarra cuenta en inglés presentada mediante un cómic donde aparece volando sobre Buenos Aires como superhéroe. A esta lista se suma su escasa preocupación por la higiene y el recambio de vestuario —con el mameluco de YPF como emblema, incluso en Davos— y su llanto desconsolado en el Muro de los Lamentos, una postal inédita para un presidente argentino.
Con matices, todos estos episodios —los extravagantes y los violentos— comparten algo en común: arrastran la atención popular, dominan redes sociales y colonizan la agenda mediática y política, mientras corren los límites de lo decible en la sociedad argentina. “La primera estrategia de esta derecha es polarizar a la sociedad”, explica el historiador Steven Forti en Extrema derecha 2.0. “No se trata de excentricidades, sino de una estrategia bien pensada.”

Ese manual parece haber sido adoptado por la administración libertaria desde su llegada al poder. Cuando no fue el cierre del INADI o de Télam, fue un ataque a la comunidad homosexual, al periodismo o a alguna artista musical. Y cuando no había escándalo político, lo había estético: cuatro camperas en pleno verano, intentos de ocultar la papada o defensas públicas de películas de Guillermo Francella. De una u otra forma, siempre provocaba bronca, perplejidad o fascinación, emociones ideales para algoritmos que premian lo ruidoso.
Lo explica Giuliano da Empoli en Los ingenieros del caos, libro de cabecera del asesor presidencial Santiago Caputo:
“El megáfono de Trump era la indignación de los medios.” Con Trump y Milei ocurre lo mismo: se los puede amar o detestar, pero no ignorar. Casi como un programa de televisión. O como diría Gianroberto Casaleggio: “La vieja partidocracia es Blockbuster; nosotros somos Netflix.”

¿Juego? Richard Nixon lo llamaba “la teoría del loco”. Fingir irracionalidad para volverse imprevisible y, por eso mismo, temible. Trump lo dijo sin rodeos: “Xi Jinping sabe que estoy totalmente loco.” La pregunta es inevitable: ¿estamos ante líderes desbordados o ante personajes cuidadosamente construidos?
Incluso si fuera una impostura —algo dudoso en el caso de Milei—, el efecto es real. “La banalidad de la locura”, la llama el politólogo Brian Klaas: una saturación de exabruptos que termina anestesiando a la sociedad. Y aun así, estos liderazgos marcan el pulso de la agenda global. No solo qué se discute, sino cómo.

Lo inquietante es que este modelo no genera rechazo masivo. Encaja con el momento histórico. Como escribe Rodrigo Nunes en Bolsonarismo y extrema derecha global: “Estas fantasías ofrecen una respuesta razonable a la locura que estamos construyendo.”
El show, todo indica, no va a detenerse. Al contrario.
El show recién empieza.
















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