Jueves 29 de septiembre, 2022

POLíTICA | 12-09-2022 09:15

Trastienda del debate de Rodríguez Larreta: ser o no ser halcón

La interna propia y ajena lo obliga a endurecerse. Sin diálogo con Massa y con equipo para el 2023. El operativo seducción a Macri y el enojo con Bullrich.

Horacio Rodríguez Larreta interrumpe una reunión. Es el miércoles 31 de agosto y los últimos rayos de sol entran por los ventanales de la sede del Gobierno porteño. Al mandamás de ese lugar le acaba de llegar un video de casi dos minutos a su celular y el encuentro de trabajo con su equipo se frena. Larreta se acerca el teléfono -adornado con una funda de Racing- al rostro y lo estudia como si fuera un alumno antes de entrar a rendir un exámen: las imágenes siguen el minuto a minuto del operativo en el cruce de las calles Juncal y Uruguay, y el jefe de Gobierno quiere asegurarse de que todo marcha según sus planes.

Es que, como saben todos en la jefatura porteña y también en el círculo rojo, lo que sucede en esas cuadras de Recoleta es mucho más que un despliegue de las fuerzas de seguridad o un problema de tránsito, de la misma manera en que las vallas eran mucho más que vallas: en esos metros de asfalto se está jugando no sólo el futuro candidato presidencial de la oposición sino el plumaje del mismo. Halcón o paloma es el ser o no ser que persigue a Larreta.

Fumata gris

Los que sostienen que la tesis de un jefe de Gobierno endurecido es una ficción de poco vuelo son los que no lo vieron en la última cumbre de Juntos. Fue el martes 30, en el restaurant “Happening”, el mismo que, días días atrás, había sido la sede del encuentro caliente por los dichos del tsunami Carrió. Y esta vez, la reunión fue aún peor.

El picante almuerzo fue el correlato inesperado de la decisión de Diego Luciani. La condena que pidió el fiscal de la causa Vialidad generó un efecto mariposa que enrareció el clima político y le devolvió la centralidad a Cristina Kirchner. La vicepresidenta, hábil en lo suyo, usó ese empuje y los líos en la puerta de su domicilio para enviar molotovs a la interna amarilla, en donde ya había un clima apropiado para el incendio. Desde sus redes -“las vallas del señor Larreta”, tituló una de sus cartas, en una consigna que luego dirigentes K y la militancia hicieron suya- y desde un estrado improvisado en Juncal y Uruguay, eligió como gran enemigo al jefe de Gobierno durante el fin de semana. Patricia Bullrich se sumó a ese fuego y lanzó una lluvia de napalm con sus declaraciones, tildando de “débil” la posición de la Ciudad y ausentándose adrede de la conferencia de prensa que armó la Ciudad para responderle a CFK.

Días después, cuando la figura de Larreta ya había tomado fuerza en la discusión mediática, la vice apuntó sus cañoñes contra Bullrich. Ese doble juego, que no tuvo nada de salomónico, y la tensión política post Luciani fueron los caballos de Troya que se colaron en la comida en la Costanera.

“Me tenés que apoyar acá, no es un tema político sino de gestión, no podés salir a criticarme por todos lados. Esto no es para el posicionamiento o para sacar ventaja”, le lanzó Larreta, visiblemente enojado, a Bullrich. No está claro si el uso de esa palabra fue adrede o no, pero sí que corrió como pólvora entre todos los que miran de reojo a la ex ministra de Seguridad: ahora Larreta y los suyos le dicen “Ventajita”, un homenaje ácido al mote que le puso Macri a Massa. “Es que yo soy coherente con lo que planteé siempre, Horacio”, devolvió la presidenta del partido amarillo. El fundador del PRO también estaba sentado en la mesa, pero -en una actitud que levantó temperatura entre el larretismo duro- prefirió tomar distancia: “Patricia tiene derecho a opinar y Horacio también”, dijo Macri, gambeteando el barro con astucia calabresa.

Pero el gran enojo se guardó para el final. En la reunión se había acordado de palabra que la única que hablaría luego sería María Eugenia Vidal, pero cuando Bullrich se enfrentó a los micrófonos no pudo resistir la tentación. “Cuando el gobierno toma decisiones debe mantener la posición”, lanzó luego del almuerzo, replicando casi palabra por palabra las críticas que había hecho antes de la cumbre, y señalándolo por haber terminado negociando con CFK después de poner las vallas. El larretismo explotó de bronca. “No tiene códigos y nunca los tuvo”, sintetizan en el larretismo. Larreta, en la intimidad, es menos explosivo pero igual de contudente: “Patricia no ayuda a la unidad”. Arde la Ciudad.

Grietas

Hay otro factor que detona la interna, menos visible que los ultramediatizados alegatos de Luciani o las rabietas de CFK. Es el único que nadie puede controlar: el tiempo, que acerca cada minuto que pasa a las definiciones de las candidaturas del 2023 y, sobre todo, del estilo que estas tendrán.

Es que los últimos sucesos tocaron justamente esa fibra nerviosa: la forma e impronta que tendrá el futuro gobierno si es que Juntos triunfa. Las vallas son apenas la punta del iceberg del debate sobre halcones y palomas, una pulseada en la que compiten distintas maneras de entender a la sociedad, la economía y la política y que, a diez meses del cierre de listas, está lejos de tener un ganador.

Larreta se muestra y mostró siempre como un moderado y, en estos días de tensión, repite que sólo se endurecerá si enfrente hay violencia o desbordes. Cerca suyo repiten esa tesis y la decodifican también con una lectura sobre su estilo: “Es que a Horacio no le sienta cómodo estar todo el día en el ring tirando piñas”. La lógica que señalan en su círculo es que sólo se “halconizará” si la situación lo amerita -como sucedió en la batalla de Recoleta o el año pasado con la quita de la coparticipación-, pero que, en el transcurso de una vida normal, su posición sería la de buscar consensos, y sostener su histórica bandera de “gobernar con el 70 por ciento”.

Es una tesis que presenta varios obstáculos. Primero está el hecho de que la Argentina está lejos de ser un país normal y que tensiones como las de Juncal y Uruguay perfectamente podrían convertirse en una rutina de todos los días. Lo segundo es que Larreta, más allá de las declaraciones, viene exhibiendo una dureza in crescendo. Se mostró contra el lenguaje inclusivo, contra los planes sociales y, como hizo en su momento Bullrich con Chocobar, se fotografió con los policías heridos en la represión del fin de semana, por citar algunos casos. Gabriel Vommaro, autor de “Mundo PRO” -el libro que en el histórico búnker del partido en la calle Balcarce le dan para que lean a los jóvenes que recién llegan al partido-, sostiene que el jefe del Gobierno porteño es víctima del espíritu agrietado de los tiempos. “Consciente del desajuste entre la idea que lo trajo hasta aquí y la realidad que lo abruma, Larreta busca dar golpes en la mesa para que lo escuchen y para que, eventualmente, lo elijan. Pero cada vez que da un paso en ese sentido, Bullrich le dobla la apuesta”, sintetiza el sociólogo.

Por eso Larreta camina en esa delgada línea roja, entre lo que dice ser y lo que la coyuntura pretende que sea. En ese berenjenal también envía guiños a los duros: cuenta que cortó cualquier diálogo con su histórico amigo Massa (“se quieren mucho, pero con Sergio ya se sabe cómo es, cualquier cosa que hablen el otro la va a filtrar”, dicen cerca del jefe de Gobierno), hace saber que su plan económico incluiría un fuerte ajuste del déficit fiscal, y además avanza en un creciente operativo seducción al macrismo intenso. Primero sumó como armador nacional al diputado Omar de Marchi, uno de los ultras de la oposición, cercano al ex presidente. Ahora formalizó el pase de Waldo Wolff, otro diputado de los halcones -que se alejó de Bullrich, desatando en ella un enojo asesino-, al equipo que buscará que su sucesor en la Ciudad sea Jorge Macri. No sólo eso: el equipo de campaña del primo está comandado por Fernando de Andreis, la sombra del ex mandatario, y secundado por Hernán Iglesias Illia, ghostwriter de Macri, y Julián Gallo, el hombre que manejaba sus redes sociales cuando este era presidente.

“Es muy difícil lo que quiere hacer Horacio. Todos estos, si jugara Mauricio, se van a ir con él en un segundo. Y si no va Mauricio pero la coyuntura pide halcones, por más que se muestre duro, el voto va a ir para Patricia”, dice uno de los popes del espacio. En la sede porteña de Uspallata son conscientes de la tensión. “Cristina lo subió al ring a Horacio, y eso es bueno, pero de acá al Mundial él tiene que probarles a nuestros votantes por qué es el mejor candidato del espacio. Van a ser los meses más difíciles de su carrera”, aventura un miembro de su escudería sobre qué pelaje usará Larreta de acá al 2023. Ahora el jefe del Gobierno porteño aventura una nueva idea fuerza, como dijo en una entrevista con Alejandro Fantino: “Un águila que sobrevuela desde arriba”.

Duros de roer

Los más radicalizados de la interna tienen a su favor los tiempos que corren. No sólo por la radicalización del kirchnerismo, que arrastra consigo a todo el Frente de Todos, sino también lo que sucede por afuera con fenómenos como el de Javier Milei. “La entrada de las derechas radicales al juego democrático fue presionando a las derechas más moderadas a radicalizarse para evitar la migración de los votos, como sucedió con el Partido Popular de España, que giró a la derecha para evitar fugas hacia Vox, y lo que pasó en Austria, donde los conservadores terminaron mimetizándose con la extrema derecha y cogobernando con ella”, sostiene el historiador Pablo Stefanoni en su libro “¿La rebeldía se volvió de derecha?”.

Pero no hace falta que ir a los libertarios para ver este problema. Son muchos los que sostienen -varios de ellos con acceso a las encuestas reservadas del PRO- que en una interna entre Larreta contra Macri o Larreta contra Bullrich ganarían los halcones, a pesar de que son estos los que menos chances de ganar tienen en una elección general. Es una tesis que tiene, entre otros, el propio ex presidente. “¿De quién se piensan que es el 41 por ciento?”, es una pregunta retórica que repite en la intimidad, haciendo gala de la confianza creciente que se tiene a sí mismo. Los dardos que tira Bullrich duelen, en el larretismo, por esta lógica: el votante de Juntos, quizás apretado también por la interminable crisis económica o simplemente por el hartazgo social, está cada vez más cerca de las posiciones duras.

En todo este berenjenal está trabajando el equipo 2023 de Larreta. El hombre ya estrenó búnker de campaña (ver recuadro), con un staff permanente de colaboradores, y por ahí suelen pasar los popes del armado nacional. Además de De Marchi está Felipe Miguel, jefe de Gabinete porteño, Augusto Rodríguez Larreta, el hermano operador todoterreno, Maximiliano Corach, subsecretario porteño e hijo del histórico ex ministro menemista, Francisco Quintana, vicepresidente del Consejo de la Magistratura, y Fernando Straface, entre otros. Roberto Zapata, del equipo de Jaime Durán Barba, suele acercar sus encuestas, mientras que el área económica está capitaneada por Hernán Lacunza y sobre la política exterior cada vez pesan más los consejos de Martín Redrado. Larreta tiene a su equipo. Ahora le falta sobrevivir a la guerra de plumas.

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Juan Luis González

Juan Luis González

Periodista de política.

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