POLíTICA | 11-09-2022 00:09

Atentado a Cristina Kirchner: de la intolerancia a la violencia

El ataque a la vicepresidenta desnuda el peligro de una sociedad sumida en el odio. Quejas de los K contra Alberto Fernández y desconcierto opositor.

¿De qué estaba cargada el arma que intentó asesinar a Cristina Kirchner? La crónica estricta, lo que se desprende del todavía prematuro parte de seguridad, dice que era una pistola calibre .32, de marca Bersa, y que tenía en su interior cinco balas. Pero, como sucede a veces con los hechos de la realidad que parecen sacados de una película -y el magnicidio fallido entra cómodo en esta lista-, el detalle empírico se queda corto para explicar lo que sucedió. Se puede ensayar también otra explicación, tan contundente como el plomo que milagrosamente jamás salió del arma que mata a la vicepresidenta y termina con la precaria tranquilidad de un país entero: que ese atentado estuvo empujado por algo más que la locura anónima de un sociópata con tatuajes de simbología nazi en su cuerpo. Que no es un hecho aislado y que, también, es un milagro que no hubiera ocurrido algo así antes. Que lo que tiene la Argentina en la recámara es un odio profundo que amenaza con pudrirla y que, a diferencia de la pistola que atentó contra CFK, no tiene problemas en salir.

Miedos. Hay otra pregunta que podría encadenarse con la primera. ¿Cuándo se empezó a gestar el atentado contra la vicepresidenta? Los militantes de la grieta seguramente ensayarían en este momento una respuesta que repiten desde hace años. Es la que dice que en este país siempre hubo una rivalidad extrema entre dos bandos antagónicamente distintos: unitarios y federales, rosistas y sarmentinos, radicales y conservadores, peronistas y gorilas, montoneros y militares, y así siguen las firmas. Pero parece una respuesta fácil y que, a casi cuarenta años del regreso de la democracia, no esclarece demasiado.

Es que, ¿cómo sirve esa explicación de manual para entender, por ejemplo, las trompadas que se desataron luego del atentado en un bar en Caballito? En el restaurante Don Zoilo se trenzaron a las piñas, luego de la medianoche, dos comensales: uno defendía a CFK y comparaba el intento de magnicidio con el golpe a Juan Domingo Perón en 1955, mientras que el otro defendía a Mauricio Macri y acusaba a la vicepresidenta de corrupta. El video se viralizó luego en las redes y es un ejemplo perfecto de la grieta que envenena al país: no habían pasado ni unas horas del plan fallido de asesinato y la violencia ya había inundado las calles y dividido a la sociedad.

Se podría ensayar la idea de que el atentado contra Cristina Kirchner, y la violencia generada antes y después tiene como insumo principal al odio que atraviesa a todo el país. Es una fruta podrida que viene muy cultivada por ambos bandos de la política local, por los que por un lado piden despertarse mañana “en un país sin kirchneristas” y que acusan a CFK de todos los males habidos y por haber, y por los que cantan que Macri es la dictadura y que este y sus secuaces tienen un maléfico plan diseñado junto a la Justicia y los medios para barrerlos de la faz de la tierra. Es en ese cruce discursivo y real donde germina la violencia. Así es como aparecen bolsas mortuarias con los rostros de líderes peronistas en la puerta de la Casa Rosada, como un diputado en el norte sufre un disparo en un acto, como manifestantes se trenzan en una batalla campal ante la aparición de unas vallas, como políticos de ambos lados sufren escraches constantes en la vía pública.

Es un odio que, además, viene con un detalle particular: cada bando acusa exactamente de lo mismo al otro. El mal es el otro, la violencia es el otro, el ajuste es el otro, la irracionalidad es el otro. El odio, en cambio, sigue huérfano. Nadie se quiere hacer cargo de él. Pero está en todos lados, y casi se lleva puesto a todo un país.

Dicho esto, lo que preocupa ahora es la escalada de la violencia generalizada. ¿Cómo se bajan los decibeles luego del atentado contra CFK? Es un hecho casi sin precedentes. El último intento de magnicidio había sido a Raúl Alfonsín, 31 años atrás, cuando intentaron asesinar al entonces Presidente en un acto en San Nicolás. Como si fuera una ironía macabra, el radical también se había salvado de milagro porque la pistola no gatilló. Quizás esta vez, la segunda que el mal funcionamiento de un arma salva al país, la Argentina aproveche el milagro y la oportunidad.

Internas. Todos estos fantasmas recorren, en estas horas dramáticas, las entrañas del Gobierno nacional. El clima ahí oscilaba desde el enojo profundo al miedo de quien está lejos de tener una respuesta para entender qué es lo que falló. En el oficialismo, las internas por la seguridad y el manejo de la calle -con un capítulo aparte en lo que respecta a la vicepresidenta- venía siendo tema de debate. Varios miembros de la cúpula de la Casa Rosada recordaron que no sólo Cristina había salvado de milagro su vida en el transcurso de este gobierno: en marzo del año pasado una lluvia de piedras cayó sobre la camioneta que transportaba al Presidente a la salida de un acto en Chubut. El evento había sido improvisado, y Alberto Fernández había ido a pesar de que muchos en su entorno le recomendaban no aparecer en esa provincia que presentaba un alto grado de conflictividad social. Las piedras estallaron los vidrios y hubo varias que pasaron a centímetros de la cabeza del Presidente y de su esposa. Esta anécdota volvió a la cabeza de varios popes del Frente de Todos luego del atentado contra la vicepresidenta. “Es que esto es lo que les pasa a los gobiernos tibios e improvisados”, apunta un enojado miembro de la cúpula oficialista.

Cerca de CFK era un miedo que venía en aumento. En marzo de este año un grupo de manifestantes había destruido su despacho en el Senado, a fuerza de piedras. La tensión en el círculo cristinista había escalado al punto de que varios acusaron a Aníbal Fernández, ministro de Seguridad y cristinista histórico, de no haber actuado como debería para cuidar a la integridad de la líder, y hasta llegaron a sugerir que hubo mala voluntad de parte del funcionario. La tensión entre las partes había bajado luego del incidente, pero revela el grado de nerviosismo que recorría a ese mundo. El que puede dar testimonio de esto es el propio Máximo Kirchner. El líder camporista había sufrido un cruce con la policía, que estuvo a punto de pasar a mayores, cuando fue a visitar a su madre en Recoleta, en el último fin de semana de agosto. El diputado había intentado atravesar el cerco policial para llegar al departamento y en el medio se armó una gresca con la policía. El detalle está en que el hombre, cuando finalmente llegó a ver a su madre -previo a que ella diera un improvisado discurso desde la esquina de su casa, en donde cargó contra Larreta pero finalmente mandó a sus militantes “a descansar”-, le ocultó lo que había sucedido. CFK se enteró recién al día siguiente, cuando alguien le hizo llegar el video a su celular. Es una muestra de que la tensión sobre la seguridad de ese entorno es un tema más que delicado. “Es que estamos con mucho miedo”, dice a NOTICIAS un alto cargo del Gabinete que tiene terminales K, y con la voz ronca.

Al cierre de esta edición el clima aún era extremo en todo el arco político, y los ánimos segúan sin calmarse. El odio y sus consecuencias tienen de rehén a la Argentina.

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Juan Luis González

Juan Luis González

Periodista de política.

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