Opinión / 22 de febrero de 2013

La gran interna bolivariana

Rafael Correa, el presidente reelecto de Ecuador, mantiene viva la influencia chavista en la región.

Si bien Hugo Chávez se aferra a la vida con tenacidad admirable, pocos creen que le sea dado recuperar las fuerzas necesarias para seguir liderando el populismo de retórica izquierdista y praxis llamativamente conservadora, cuando no feudal, que desde hace más de un siglo disfruta de buena salud en muchas partes de América latina. Por lo demás, en Cuba, los ya octogenarios hermanos Castro, Fidel y Raúl, símbolos de la rebelión contra la presencia asfixiante del “imperio” norteamericano, podrían abandonarnos en cualquier momento. Así las cosas, es sin duda lógico que el tema de la sucesión haya comenzado a preocupar tanto a los emotivamente comprometidos con esta variante política como a aquellos que la consideran una manifestación gritona del rencor que sienten muchos que viven en una región que, a pesar de sus grandes riquezas naturales y su herencia mayormente occidental, se ha quedado atrasada y que, fuera de Chile y, en cierta medida, de Perú, Brasil y Uruguay, debe su progreso económico reciente al “viento de cola” que sopla desde China.

Por lo pronto, hay dos candidatos con posibilidades de asumir el papel protagónico que ha desempeñado Chávez. Uno es el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, que acaba de anotarse un triunfo electoral plebiscitario. Su rival es nuestra Cristina, que en octubre del 2011 logró imponerse por un margen igualmente satisfactorio a diversos representantes de una oposición que estaba tan fragmentada como está en Ecuador. Aunque Correa, un orador fogoso al que le encanta basurear a sus enemigos, en especial a los escribidores periodísticos, es dueño de las cualidades personales que le permitirían tomar el lugar de Chávez en el universo mental de los populistas y, a diferencia de la mayoría de sus congéneres, ha conseguido manejar la economía con un grado sorprendente de prolijidad, Ecuador es un país pequeño, de apenas 14 millones de habitantes. También es pobre, de suerte que su mandatario no podrá regalar subsidios gigantescos a sus correligionarios en otras latitudes, como ha hecho con generosidad conmovedora el comandante venezolano.

¿Y Cristina? Tal vez haya sido una coincidencia que, justo cuando Chávez pareció estar al borde de la muerte, la Presidenta optó por acercarse a los ayatolás iraníes, de tal modo saltando por encima del obstáculo principal que le impedía entregarse plenamente a la causa bolivariana. Aunque es poco probable que el caudillo venezolano se sienta afín a la “revolución islámica” de los clérigos iracundos y del hombre que suele llamar su “hermano”, el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad que nunca deja pasar una oportunidad para expresar su deseo de aniquilar a Israel, entendió muy bien que al aliarse con ellos haría perder los estribos a los norteamericanos, garantizándose así el apoyo fervoroso de la izquierda antiyanqui mundial.

¿Será por este motivo que Cristina, consciente de que los líderes de los países desarrollados le han dado la espalda, haya querido superar el conflicto con Irán minimizando el significado de los atentados sanguinarios a la embajada de Israel y a la sede de la AMIA? Es factible: en el infierno no hay tal furia como la de una mujer desdeñada. A inicios de su gestión, Cristina quería que la Argentina se asemejara más a Alemania (a la de Angela Merkel, no a ciertas versiones anteriores), y después soñó con ser una buena amiga de Barack Obama, pero ni ellos ni otros líderes occidentales se permitieron engatusar. Antes bien, se sienten tan molestos por su conducta que están pensando en cómo echarla del club elitista del G-20.

 

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