Mundo / 21 de junio de 2016

El relato chavista

Una experta en comunicación descifra el código de conducción que rige en Venezuela.

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Maduro. El presidente venezolano continúa con las políticas de Chávez.
Maduro. El presidente venezolano continúa con las políticas de Chávez.

El siglo XXI despertó a Latinoamérica con el augurio de revoluciones tantas veces malogradas. De la tanda de líderes que presagiaban transformaciones, Hugo Chávez fue el más poderoso. Supo entusiasmar a una mayoría entre las clases desatendidas en Venezuela tanto como a las elites intelectuales de la región, encantadas de escuchar a un dirigente recitar las utopías de liberación de la dependencia que ya suponían confinadas a la bibliografía.

Sin embargo, las prometidas transformaciones dejaron las mismas desigualdades aunque un poco más marcadas, nuevos abusos de poder y una enorme desilusión de muchos que creyeron en el sueño “nuestroamericano”. La sociedad venezolana está hoy un tanto más castigada y un poco más dividida que al comienzo del sueño de ese socialismo tan personalizado que se acabó tan abruptamente como la vida de su demiurgo. Que por no dejar ni dejó heredero.

“Con Chávez manda el pueblo” rezaba el lema de la revolución bolivariana. Sin Chávez, no se sabe quién manda. Su albacea, Nicolás Maduro, dice que el eje del mal y el capitalismo global, lo que es casi una confesión de parte de la inutilidad de tantos afanes socialistas. Hoy se ve al pueblo vencido y unido en las filas interminables que impone la burocracia estatal hasta para la compra más nimia. Que el personaje de época sean las bachaqueras, esas emprendedoras que mercan en negro las menudencias cotidianas, confirma que el socialismo del siglo XXI no combatió el mercado sino que apenas lo volvió clandestino.

Chávez redefinió el lema del Che Guevara “Si el futuro es de lucha, el presente es nuestro”, de manera subversiva. Más católico que el primer revolucionario, el último icono pop latinoamericano apeló a nuestra religiosidad ancestral y reinventó el eslogan para justificar el sufrimiento del pueblo en la promesa de un paraíso: “El presente es de lucha, el futuro nos pertenece”. Ese futuro es hoy un presente de escasez que el gobierno intenta desmentir a través de periodistas orgánicos mientras en las barriadas premia la militancia con media docena de huevos. A la mayoría de los venezolanos no les pertenece siquiera la cuota diaria de harina para arepas y papel higiénico.

Si Cristo, el primer socialista según rezaba Chávez en su misa diaria televisada, legó el cristianismo, el líder bolivariano dejó el chavismo como credo popular que exige creyentes en sus filas, persigue herejes en las colas del supermercado y exhibe sus mártires como política internacional. El Estado de bienestar es un concepto demasiado burgués para una doctrina mística que concede derechos como caridad estatal en lugar de institucionalizarlos para independizarlos del favor del gobernante o de los avatares del precio del petróleo. La revolución prometida, más que derechos adquiridos, deja algunos milagros concedidos por el santo canonizado por las izquierdas Disney. Pero muerto el profeta, sus vicarios no logran mantener viva la fe bolivariana, renegada a diario por las apostasías a las que empuja la crueldad cotidiana.

*Amado es autora de “Política Pop: de líderes populistas a telepresidentes”.

 

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