Opinión, Política / 15 de julio de 2016

Qué trae bajo el poncho

Por ahora, el liderazgo de Macri se define por aquello que no es. Las señales de impronta propia generan confusión y rectificaciones.

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Qué trae bajo el poncho

Es hora de que los argentinos nos asumamos ciudadanos ficticios. Solemos aferrarnos tanto a lo que pretendemos creer en determinados momentos que, cuando nos aburrimos o nos enojamos y no creemos más, preferimos convencernos de que nada de aquello existió en verdad. Así, los 10 años de Menem fueron ficción. Así, los 12 años y medio de los K fueron ficción. En síntesis: nos pasamos dos tercios de la democracia recuperada en 1983 envueltos en una nube de… malentendidos. Y el tercio restante no nos fue mejor.
Para la ficción (que si duró períodos tan largos habrá sido no sólo porque algo enamoraba, sino porque además algo funcionaba) elegimos liderazgos fuertes, personalistas, hegemónicos. Y para salir de ellos, parecemos predispuestos a optar por casi lo contrario. El problema es que eso, “lo contrario”, carece de identidad propia. Se extingue sin lo otro. El ser convoca. El no ser indefine. Vacía. Confunde. Desenfoca. Nos deja sin parámetros, sometidos apenas a cuestiones de Fe.
Mauricio Macri nos pide confianza, pero varios de sus lugartenientes no confían y dejan su plata afuera. Nos pide que valoremos la gestión, pero varios de sus lugartenientes confiesan por TV que van aprendiendo a gobernar paso a paso, sin prever costos en los bolsillos reales de las personas reales. Como si la sociedad debiera financiarles un master en administración del Estado.
Sin cadenas nacionales ni discursos beligerantes ni relatos fantásticos, sabemos quién no es Macri. ¿Pero quién es? ¿Qué clase de liderazgo trae bajo el poncho, prenda que al parecer le gusta desde que es Presidente?

Don Mauricio suele ufanarse de que conoce el poder desde adentro, porque se crió allí, cuando lo que en realidad conoce son las mañas de cierta clase dirigente que siempre estuvo allí. De todos modos, no se lo votó para que conozca el poder, sino para ejercerlo. Y gobernar un país, poco y nada tendría que ver (tal cual va comprobando en carne propia) con ocupar cargos directivos en empresas familiares, ni presidir Boca Juniors y ni siquiera comandar la Ciudad de Buenos Aires, distrito donde hasta Fernando de la Rúa y el Aníbal Ibarra pre Cromañón fueron Gardel.
Hoy por hoy, la popularidad de Macri se basa más en las apariciones de CFK y los bolsos voladores de sus muchachos que en pilares concretos y claros de su propia gestión. Ese limbo es ocupado por un “nuevo” debate que ya se demostró falso en los 90, es decir, si será más eficiente alguien que rechaza la política y se hizo rico fuera de ella y por lo tanto no necesitaría robar, que aquellos que “se la chorearon en pala”.
La dualidad es mentirosa. El Grupo Macri no hubiera existido sin la teta del Estado. Y los principales desbarrancos del país no provinieron de la política, sino de la falta de ella: nadie arruinó tanto en tan poco tiempo a la Argentina como los gobiernos militares.
Del supuesto odio de Cristina a determinados holdings (o sea, aquellos que no se le subordinaron), habríamos pasado al desprecio de Macri hacia la mayoría de los políticos. Pronto se irá haciendo evidente que en materia de relación con el periodismo no son tan distintos. Los K también fueron socios de Clarín y le hicieron regalos carísimos, así como muchos periodistas fueron tan chupamedias de Néstor como ahora lo son de Mauricio.

En las páginas anteriores se habla del cansancio y otras repercusiones del cargo en el físico presidencial. Llama la atención que, entre colaboradores de su más estrecha confianza, resulte sorprendente que Macri esté trabajando un montón. ¿Quiere decir que se enojaba cuando NOTICIAS lo trataba de “haragán” sobre todo porque le resultaba inconveniente a sus intereses electorales? Vale recordar que, por aquellos enojos (sus tediosos bostezos y siestas en el recinto de Diputados fueron memorables), MM rebautizó “Malicias” a esta revista.
Claro que no es aquello lo importante, sino el futuro de un país que pierde tiempo en el jueguito de las izquierdas y las derechas light para la gilada.

 

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