Opinión / 3 de enero de 2017

El adiós al Diego Gualda amigo: Algo sobre algo

Todos se sintieron amigos de Diego. Si no lo conociste y creés que es hablar bien del muerto, acá hay unas líneas para que lo entiendas.

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Que sea divertido, si no nos ponemos un parripollo, decía. Y laburaba muchísimo para que fuera divertido, con una disciplina difícil de cuadrar con su imagen de comediante. Diego Gualda empezó a trabajar full time en una redacción en febrero de 2011, cuando nos conocimos, en Diario Libre. Ya tenía 36 y siempre había querido dedicarse a escribir. Su libro Hablalo con mi abogado, basado en su blog, ya llevaba más de un año publicado, pero recién con el contrato de Libre había podido, justamente, liberarse: renunciar a su empleo histórico en el puerto. Y le quedó esa marca: aunque lo disimulaba para parecer un veterano, para Diego vivir del periodismo siempre fue una conquista. Así tuviera que cerrar quince notas en tres horas, lo disfrutaba. Yo doy vuelta los patis y los saco, decía con orgullo camuflado en el chiste, peor es trabajar.

Y con esa liviandad, mientras dirigía a la vez varias secciones de diarios/revistas/portales, sacaba libros. De ficción, de no ficción, en editoriales grandes o chicas, con o sin su firma. Diego quería ser periodista, pero también quería ser escritor, ergo escribía.

Pero además quería ser comediante. Standupero. Y productor de comedia (siguiendo a su padre, que había muerto joven). Y tocar el repertorio de los Beatles en ukelele. Y todo lo hacía, a propulsión de deseo, como si fuera fácil. Un deseo incandescente, que lo hacía arremangarse y remarla y remarla cual novato una y otra vez, y empujar personalmente y a pulmón cada función de standup, cada noche de show con ukelele, cada nota.

Jamás nunca se le cayó ningún anillo. Escribía hasta cuentos eróticos con seudónimo femenino en revistas para ejecutivos, cosa que por supuesto le causaba una gracia loca. Si le iba mejor, excelente; igual no abandonaba los distintos kioscos en los que laburaba. Si le iba peor, no tenía ningún prurito en tomar todo encargo que le ofrecieran -desde colaboraciones hasta clases, media training o campañas de prensa- hasta lograr una línea de flotación más cómoda -algo que tampoco le llovía, sino que generaba a fuerza de simpatía y timing-. Peor es trabajar.

Las necrológicas dicen “polifacético”. Sí, es una palabra que usamos para describir al periodista novelista comediante que toca el ukelele y practica karate y a todo le pone pasión. Las necrológicas espontáneas de Twitter dicen “generoso”. Es lo que puede confirmar cualquiera que se lo haya cruzado. Generoso en el laburo y en el trato. No sé cómo explicarlo: hay gente que vive con la onda racionada, como si por sonreírte a vos se quedaran con menos sonrisas para repartir en el día. Diego era lo opuesto: vivía en la abundancia. En su agenda apretadísima siempre tenía tiempo para hacer un chiste, un juego de palabras, decir una galantería, enseñar un truco para hacerte la vida más fácil. Le sobraba.

Me acuerdo, al azar, de algunas notas. La de la primera tapa de Libre, Osama Fin Laden, era de él. Entre los dos llevábamos la sección de internacionales; nos reímos de Kadafi, de la boda real británica y del romance de la Duquesa de Alba, y fue el primero al que escuché decir que el “absceso pélvico” de Chávez era cáncer. Después cayó el avión en Pilcaniyeu y Diego, que no solo sabía de barcos, sacó del bolsillo un experto en cajas negras. Y cuando murió su adorado Steve Jobs, escribió la primera nota del periodismo argentino con un emoticón, que era por supuesto este :’-(

Mientras tanto escribía sus libros, hacía funciones de stand up, producía discos.

Cuando Libre se vino a pique como avión sin combustible hizo las movidas necesarias para lograr que me reubicaran en la misma publicación que él, primero de manera provisoria, más tarde definitiva. Después se fue tras otros rumbos. En un almuerzo me dio la patada en el culo -y la inyección de confianza- necesaria para que dejara mi zona de confort e hiciera una movida arriesgada. En un desayuno hace apenas quince días volvió a decirme lo del parripollo. Al mismo tiempo me pasaba datos que podía usar, me hacía chistes, me alentaba.

De tantas charlas, me acuerdo de una de 2013. Yo rondaba la idea de hacer un sitio web sobre economía colaborativa. Venía de una punción que por suerte había dado bien, pero igual estaba asustada y sensible. Me senté a su escritorio y le dije esto tiene que salir, tengo que hacerlo, porque pasan estas cosas, mañana nunca se sabe. Él me dijo que sí, que iba a salir, y me regaló el nombre de el plan C para mi sitio.

Diego vivía así, apurado, todo lo que quería hacer tenía que hacerlo ahora, como si hubiera salido tarde y tuviera que recuperar tiempo perdido. No future, pero todo bien. Hace un par de semanas retiré para él un cheque -por la épica entrevista al Pollo Sobrero- y le mandé mensaje: “Tengo lo tuyo, alcanza para cuatro cervezas”. “¿Cuatro cervezas? ¿Tanto me pagaron?”

Hace poco le pedí un consejo y me dijo “sé encantadora”. Un mantra.

Yo me creía muy amiga de Diego. Al menos para mí él era un gran amigo, círculo íntimo. Demasiado lejos de Buenos Aires como para poder ir a velarlo, leo algo de la inmensa ola de dolor que levantó su muerte (“Los ignotos despiden a Diego Gualda en las redes”) y me doy cuenta de que somos muchísimos los que nos consideramos sus amigos (íntimos). Qué tipo.

:’-(

 

4 comentarios de “El adiós al Diego Gualda amigo: Algo sobre algo”

    1. Tocayo: Menos importancia a las formas y mas interes por el fondo. Una bella nota de una amiga al amigo que se tuvo que ir.

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