Mundo, Opinión / 16 de septiembre de 2017

Desde Colombia, el Papa Francisco reacomoda frente a Venezuela

Dejó un mensaje positivo en su primera visita a Medellín y se despegó de Maduro. “La Santa Sede habló fuerte y claro”, dijo.

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Las palabras papales que llegaron a Venezuela desde Colombia volvieron a dejar dudas. Pero su mensaje a los colombianos estuvo a la altura de la coyuntura histórica por la que atraviesa ese país.
El mensaje a Venezuela volvió a eludir cuestiones centrales, mientras que el mensaje a Colombia apuntó acertadamente a conjurar el peor peligro de esta coyuntura histórica: que la violencia política vuelva a matar un acuerdo de paz.

Todo lo que dijo Francisco en este viaje respecto a Venezuela, sonó a cumplido insípido; frases que por lograr equilibrios terminan siendo vacías. Estando en Colombia, el país que alberga la mayor parte de la diáspora venezolana, el pontífice no podía eludir referirse al país donde se generó esa ola de gente que huye de una situación dramática. Pero un gran número de venezolanos, seguramente, se habrá defraudado de que Francisco siga sin llamar a restablecer la democracia.

Antes de embarcarse de regreso a Roma, dijo que “desde esta ciudad (Cartagena), sede de los Derechos Humanos, hago un llamamiento para que se rechace todo tipo de violencia en la vida política y se busquen soluciones a los graves problemas” que afectan a los venezolanos. Por la mención a los Derechos Humanos, esta frase es la única que puede haber recibido bien esa mayoría que en el 2015 votó un parlamento al que el régimen no permitió legislar y terminó reemplazando por una suerte de asamblea de soviets maduristas, que se abocó a la persecución de disidentes y a la construcción de un régimen de partido único.

En conjunto, lo dicho por el Papa sobre Venezuela a su paso por Colombia habrá tranquilizado al régimen, ya que hubo volvió a mencionar la falta de legitimidad del proceso constituyente, que había formulado en Roma cuando ya era demasiado tarde para que Maduro desistiese de ponerla en marcha.

Sobre la tragedia venezolana, el pontífice fue evasivo incluso cuando, en el vuelo de regreso, los periodistas que lo acompañaban le reclamaron una respuesta menos vaporosa. Repitió maniobras de equilibrio y cambió de tema, hasta que el anuncio de turbulencias lo rescató de quienes insistirían contra la maniobra de responder vaguedades.

Ahora bien, si para Venezuela habló sin decir nada, para Colombia habló señalando el mayor desafío del momento: consolidar la pacificación.

Adios a las armas

Medellín fue el escenario de las reflexiones claves. El mensaje se concentró en conjurar el riesgo que corre un proceso apuntado a poner fin a la patología colombiana de la guerra.

El acuerdo alcanzado por el presidente Juan Manuel Santos con el comandante Timochenko tiene aspectos sumamente controvertidos, pero consiguió que el grueso de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) dejara las armas para convertirse en partido político y jugar con las reglas institucionales de la democracia. Y ese paso es importantísimo en un país en el que la guerra fue su forma transitar el siglo XX y la primera década y media del XXI.

El Papa acierta al calibrar con precisión lo que implica el desarme de las FARC y la posibilidad de que el ELN se encamine por la misma senda hacia la desmovilización de sus tropas. Las dos guerrillas marxistas que nacieron a mediados de los sesenta en la autoproclamada “República de Marquetalia”, terminaron buscando una salida negociada al viejo conflicto. El gran riesgo que intentó conjurar Francisco en Medellín, es que se repita lo ocurrido en la década del 80.Tras la dura presidencia de Julio Turbay y su severo Estatuto de Seguridad, la llegada al poder de Belisario Betancur produjo un giro copernicano en la posición del Estado.

Aprovechando la buena disposición al diálogo de Jacobo Arenas, fundador y líder de las FARC, el presidente impulsó una negociación que desembocó en un acuerdo trascendente: las FARC se desmovilizaría en etapas, para convertirse en partido político.

El comandante Marulanda continuó en la selva, expectante y dispuesto a desmovilizar lo que quedaba aún en armas, si el acuerdo se cumplía. Así nació Unión Patriótica, el partido que debía canalizar la nueva forma de existencia de las FARC. Pero sus dirigentes empezaron a ser asesinados por sicarios pagados por latifundistas, por la ultraderecha política y por agrupaciones paramilitares.
Miles de ex guerrilleros que gobernaban ciudades y pueblos y que ocupaban bancas en todas las escalas legislativas, además de dirigentes de Unión Patriótica que no ocuparon cargos, cayeron acribillados por los sicarios, cuyos patrones querían que los ex insurgentes volvieran a la selva para que la guerra no terminara.

El ganador no se lleva nada

Medellín, la ciudad que albergó en 1968 la histórica Conferencia Episcopal que, inspirada en las encíclicas de Juan XXIII y Pablo VI, “Pacem in Terris” y “Populorum Progressio”, expresó el espíritu del Concilio Vaticano II. La capital de Antioquia fue ahora la ciudad que eligió Francisco para advertirle a los colombianos que la historia no debe repetirse. Por eso su mensaje de Medellín hizo tanto hincapié en el esfuerzo por vencer la sed de venganza y en el esfuerzo por perdonar.

Está claro que las FARC se envilecieron en la selva, igual que el ELN. Pero antes de que eso ocurra, una ultraderecha criminal saboteó un proceso pacificador que pudo haber evitado decenas de miles de muertos, mutilados y desplazados.

El odio y la venganza no pueden complotarse para que los sectores que lucran con la guerra vuelvan a hacer fracasar un proceso de paz. De eso habló Francisco en Medellín, aclarando en Cartajena que perdonar no implica olvidar. No todo perdón es sincero. Timochenko pidió perdón ante el Papa por el camino de la violencia por el que transitó su guerrilla. Habría sido más creíble si al partido creado tras la desmovilización, no la hubiera bautizado Fuerza Alternativa para la Revolución del Común, extraño nombre cuyo objetivo es mantener la sigla FARC.

Quizá Francisco debió sugerir a Timochenko que saqué a palabra FARC del escenario político colombiano, porque es intoxicante y contraproducente. Pero más allá del desafortunado nombre del nuevo partido político, el aporte del Papa es positivo.

Francisco fue a Colombia a conjurar el peligro de que la historia se repita, ahogando este nuevo intento de pacificación en otro río de sangre.

 

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