Libros / 16 de noviembre de 2017

Anticipo: Alan Faena, arquitecto del poder

Un fragmento del libro de Adriana Balaguer en el que cuenta la intimidad del regreso de Faena a la Argentina, asociado a Costantini.

Huésped de lujo de Alan en su hotel en Miami, Eduardo Costantini acepta la invitación del anfitrión para visitarlo en su casa familiar sobre el canal. Recuerda que «todo era muy Faena, barroco, kitsch». Tapizados de leopardo, cortinados de terciopelo rojo, lámparas de pie doradas. Pero al mismo tiempo «muy refinado y de buen gusto». En la sala de estar donde iban a compartir un refresco o tal vez un café, al repasar los títulos de los libros de la biblioteca, se choca con un micrófono de pie al estilo de los que usa el mexicano Luis Miguel para acentuar su perfil de intérprete romántico de otros tiempos.

—¿Cantás? —pregunta el visitante como para romper el hielo. —Sí, estoy haciendo canto, empecé hace como diez días. Me fascina.
—¿En serio?
—Sí, ¿querés que te cante algo?

Antes de poder asentir con la cabeza o balbucear un sí, de la nada Faena se para delante del micrófono y arranca con un minirrecital de música tropical. Boleros, salsa, Armando Manzanero, Javier Solís. Costantini jura que era mediodía y no habían tomado alcohol. Y que estuvo un buen rato escuchándolo antes de comenzar la reunión que terminaría con los dos hablando de negocios, dando el puntapié inicial al acuerdo que sellaría el regreso de Alan Faena a la Argentina tras concluir su primer proyecto en La Florida. «Esto te lo pinta a Alan, es un personaje», dice risueño, y después recuerda la foto junto a Natalia Oreiro con la que se topó en las redes y donde Alan aparece vestido con una versión sui géneris de Juan Domingo Perón.

Nunca antes habían tenido una relación social. Se habían conocido en los ’90 en Punta del Este y de pura casualidad. En ese momento, uno era un ejecutivo con experiencia en el mundo de las finanzas que amaba el windsurf, y el otro un jardinero que cultivaba rosas con los bolsillos llenos de dinero por la venta de Via Vai. Una mañana de verano con sol, Eduardo decidió salir de travesía con su tabla y su vela por la costa esteña rumbo a José Ignacio. Pero resultó que en el camino se quedó sin viento y tuvo que regresar a la orilla, dejar su equipo sobre la costa desértica, y salir a buscar ayuda.

Vestido con la ropa de neoprene, algo húmeda aún, se acercó a la ruta. Necesitaba que alguien lo arrimara a la civilización para llegar a su casa y poder buscar un auto con el que ir por su equipo. La zona estaba deshabitada. Igual empezó a hacer dedo. De repente a lo lejos vio acercarse una 4 × 4. Un metro antes, frenó y una cabecita se asomó por la ventanilla: «Vení que te llevo. Te conozco», le dijo un joven de sonrisa grande con la barba rala. Era Alan Faena, que le ofrecía dejarlo en la puerta.

Después de ese primer encuentro, Costantini volvió a verlo en las revistas del corazón, de lejos en alguna fiesta, en subastas de arte, en la inauguración del Pérez Art Museum en Miami. Pero nunca más hablaron. Eso no impidió que supieran el uno del otro. «Nos mirábamos sin encontrarnos», resume el señor Nordelta buscando explicar esa atención a la distancia que sostuvieron por décadas.
Por esas coincidencias del destino, habían recorrido un camino similar. El azar jugó a espejarlos. Los dos son oriundos de la zona norte del Gran Buenos Aires (Eduardo es de San Isidro), y los dos empezaron de abajo: uno vendiendo buzos y el otro bufandas, los dos a bordo de sus autos viejos y con el baúl cargado de sueños. Mientras esto sucedía, Eduardo intentaba descifrar los códigos para hacer dinero en la Bolsa de Valores y algunas horas extras en el frigorífico familiar.

A diferencia de Alan, Costantini estudió y terminó Economía en la UBA y tuvo su posgrado en la Universidad East Anglia, en Norwich, Inglaterra, título que pudo costear gracias a un préstamo que le dio su hermano Rodolfo. El mandato familiar era «ser alguien» y para llegar debía estudiar.

Con el paso del tiempo, ambos terminaron siendo desarrolladores inmobiliarios sin fronteras, amantes del arte. Y además, millonarios.
Costantini no posee un distrito con nombre propio, pero casi: en el suyo viven 35.000 personas y se llama Nordelta. «Por ahí es porque soy de Virgo, que es un signo de tierra, y la inteligencia filtra al egocentrismo», aclara. Y Alan no tiene el Malba y su colección de obras latinoamericanas de prestigio internacional, pero ya abrió dos centros de arte y atesora unos cuantos cuadros de buena firma.

—Alan, ¿cómo hiciste tu primer millón?
—Estás siempre jugando. La sensación cuando llegás al primero es que así como vino se puede ir. Jugás un poco más tranquilo, es cierto, pero seguís corriendo los mismos riesgos…

Sobre cómo hizo su fortuna, Costantini también tiene un camino marcado por el olfato y la visión de oportunidades. Primero fueron inversiones bursátiles y la adquisición de una propiedad en el microcentro para construir un edificio, donde después se hizo el Banco General de Negocios. Llegó a comprar ese terreno sumándole un bonus de la oficina. Y después, la oportunidad de vender en medio millón de dólares lo que había pagado 200.000 dólares.
En los ’80 la vida empezó a darle pistas de que su horizonte estaba más lejos. Fue cuando detectó que las acciones del Banco Francés estaban muy baratas y entonces compró por 2 millones de dólares el 20% del banco. Quince años más tarde, en 1995, antes de la crisis del Tequila, vendió su participación al BBVA. En ese momento el banco valía más de 1.000 millones de dólares. Entonces sí, con todo ese capital en su haber, Eduardo se enfocó en la inversión inmobiliaria a través de su empresa Consultatio.

Veinte años más tarde, en 2016, Alan y Eduardo volvieron a cruzarse. Los dos ya convertidos en empresarios poderosos. Alan estaba evaluando qué hacer con el último terreno, la última joya que le quedaba en el Dique 2 de Puerto Madero. Juana Manso 1400, entre Petrona Eyle y Martha Salotti, justo enfrente del edificio El Porteño. Y Eduardo buscaba, sin suerte, un lugar donde construir en la ciudad de Buenos Aires para aprovechar la reactivación del mercado inmobiliario.

El reencuentro se llama Oceana (Costantini ya levantó otros dos con ese nombre en Miami) y serán un par de edificios separados por una plaza verde especialmente pensada para que alguna pieza de arte importante la luzca. En total, más de 40.000 metros cuadrados.
Se parecerá a todos los otros edificios de Alan en Puerto Madero, acordaron que «la piel del edificio tiene por lo menos que evocar al ladrillo». Pero no serán de él sino de Costantini y Consultatio, que invertirá 120 millones de dólares. Juntos trabajarán en «la concepción creativa de la construcción» y en el devenir irán «dialogando el proyecto». Así lo explica el dueño, que confía en que la obra esté lista para finales de 2020. Y agrega: «Hacer una colaboración entre desarrolladores está bueno. El ser humano siempre compite o tiene ego… Sumar está bueno».

Costantini no solamente revela el carácter del acuerdo que tiene con Faena sino que, sin querer, da a conocer quién es el verdadero propietario del último lote vacío en el distrito Faena: «Blavatnik andaba queriendo vender ese terreno», dijo, poniendo en evidencia qué tipo de relación societaria tienen Faena y el millonario ruso (una ingeniería que guardan bajo cuatro llaves). El dato permitiría inferir que Len ya no ve en Buenos Aires el mismo atractivo que en el pasado para poner algunos de sus millones en un proyecto nuevo. Pero la asociación con Costantini refleja otra necesidad: al mismo tiempo que buscaba un socio para terminar su obra porteña, Alan también debía resolver una pata no menor: la construcción. La venta se concretó en 44 millones de dólares.

Cuando les preguntan por qué decidieron unirse, Faena repite aquello de que siempre le gustó rodearse de las mejores mentes, con las que ir empujando los límites del sistema. Y Costantini resalta el poder de Alan para imponer una marca, el nivel de creatividad y el esfuerzo que pone en cada rincón sobre el que trabaja.

Más allá de lo personal, también tienen coincidencias en torno a que era el momento indicado para volver a apostar por el país. Si bien Alan consiguió que sus emprendimientos continuaran vigentes en todos estos años, a costa de no ganar dinero, y Costantini siguió también con los suyos, el kirchnerismo les pareció un tiempo hostil y creen que ahora, con Mauricio Macri presidente, sí están dadas las condiciones políticas y económicas para volver a invertir y terminar el distrito Faena en Puerto Madero.

«Lo que mueve un proyecto —explica Costantini— es principalmente la calidad de la localización y del terreno. Cuando se da una oportunidad histórica es donde tenemos vocación inversora. Después la macroargentina, la política argentina, los argentinos, hacen que el país sea imprevisible. Nuestra estrategia es hacer cosas buenas, tratar de agregar valor, que la sociedad lo aprecie y tener los recursos necesarios para sustentarlo. Ahora, si después hay una crisis en el medio, no es nuestra culpa. Con Nordelta, tendría que hacer la cuenta, pero habrán pasado más de diez presidentes, tres gobernadores, un default…».

Quienes eligen creer en la concepción circular del tiempo para explicar la vida, dicen que el mito del eterno retorno ofrece la oportunidad de componer el camino y de pensar en hacer cosas de las que se pueda estar siempre orgullosos, y que en eso radica su valor.

De acuerdo con esta lógica, Alan Faena retorna al punto de partida para volver a empezar. Ya no está a la deriva como en Punta del Este, buscando una idea salvadora y levantando en la ruta empresarios a merced del viento. Creció, aprendió. Tiene su barrio en Puerto Madero, su distrito en Miami. Es una marca exitosa aquí y allá (hoy Costantini lo reconocería desde lejos en la ruta). Sin embargo, Alan regresa justo ahí, a la persona que conoció cuando estaba gestando lo que vendría, para terminar de atar los cabos sueltos. Para cerrar etapas. Vuelve hacia adelante para seguir creciendo, dispuesto, como un faraón con sus pirámides, a dejar su huella para la eternidad.

(Editado por Planeta)

 

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