Sociedad / 21 de junio de 2018

Moscú, una ciudad con histórica autoestima

Retrato de una sociedad que aprendió a equilibrar lo diverso y no renegar del pasado.

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En cualquier momento vamos a llegar al primer quinto del Siglo XXI. Ha corrido mucha agua bajo los puentes. Demasiada sangre, también. Se supone que ya estamos grandes. Tal vez haya llegado la hora de considerar seriamente por qué las grandes épocas de la Historia y los principales hitos de la Humanidad habrán sido motorizados por líderes más o menos absolutistas, en algún punto magnánimos, en algún otro ejemplares y, por cierto, bastante chiflados por lo general.

En auto, en subte, a pie, Moscú compone una síntesis apabullante, desproporcionada, bellísima de las contradicciones que, incluso, nos definen como animales sociales capaces de construir, de transformar y de hacer volar todo por el aire. Es una interminable sucesión de eternidades. Grandilocuente hasta el abuso. Estricta. Ordenada. Fotogénica. Limpia. Segura. Metáfora solidificada, pero en constante movimiento, de pretensiones imperiales que a lo largo del tiempo fueron sofisticando la textura de sus mantos ideológicos para relanzar con nuevas pompas un autoimpuesto destino de grandeza.
Patriarcas ortodoxos contra la supremacía de Roma y hasta la virginidad de la mismísima María sobreviven mil años en las cúpulas doradas de las catedrales.

Zares de talla extra large (Pedro I “El Grande”, Catalina II “La Grande”) destellan en el espíritu occidental, europeizado de la urbe que rodea en anillos al antiguo Kremlin (ciudad amurallada).
Estatuas de Marx, de Engels, de Lenin conviven sin un rasguño desde plazas céntricas con aquella elegancia, las moles graníticas del estilo gótico stalinista y los rascacielos espejados de la nueva city.

Mientras en la superficie lo diverso se observa en equilibrio, por abajo se unifica en una envidiable red de subterráneos a la que siguen llamando “palacio del pueblo”. Más de 300 kilómetros de vías y 19 estaciones-museos hacen del metro de Moscú un verdadero mundo subterráneo donde la utopía de la igualdad parece preservarse, junto a las evocaciones bélicas de un sistema de transporte público que, además de dar un servicio eficiente a multitudes, fue pensado como refugio antiaéreo.

¿Y si el éxito del relato de Vladimir Putin dependiera de haber permitido coexistir al pasado en todas sus variantes en lugar de negarlo y destruirlo? Recio, nacionalista, egocéntrico y homofóbico, Putin les devolvió a los rusos algo de su autoestima histórica. “No soy tan insensible como para no reconocer los logros de la Unión Soviética, ni tan necio como para regresar ahí”, ha dicho. Algunos interpretan tal valoración sin vuelta atrás como un reverdecer de la supremacía perdida. Otros, lisa y llanamente como falacia.

Filosofía callejera. Recorro con absorta pequeñez latinoamericana la “aldea más grande de la Tierra” (García Márquez dixit). Lo hago en buena compañía. Mijail Khaminskiy, un joven moscovita de 31 años, no sólo es licenciado en Filosofía y en Economia: también tiene un master en Lingüística de la Universidad de Valencia, España. Habla castellano a la perfección. Tiene sentido del humor, además. Pasamos por Plaza Lubianka y, señalando un gran edificio rojo y rosado, comenta de la nada: “Antes se decía que esa era la torre más alta de Europa”.

¿De qué época es?, le pregunto.
Khaminskiy: De la época socialista.

Noticias: Perdón, pero en el Siglo XX había cientos de edificios más altos que ese. Tiene siete plantas nada más.
Khaminskiy: Aún así, dicen que de ahí se veía hasta Siberia y más allá de Berlín: era la sede central de la KGB.

Noticias: ¡Muy bueno! ¡La KGB! ¡El servicio secreto comunista! De ahí surgió Putin. ¿Habrá sido una estrategia de inteligencia evitar que se destruya la iconografía arquitectónica soviética y dejar que todo conviva en armonía?
Khaminskiy: Yo prefiero pensar que tenemos historia.

Noticias: ¿Y se estudia sin censura esa parte de la historia reciente en la universidad?
Khaminskiy: Por supuesto. Y no sólo se estudia la historia, sino que se estudia “en” la historia. La sede central de la Universidad de Moscú está en una de “Las siete hermanas”. Joseph Stalin, en 1947, ordenó celebrar los 800 años de Moscú con ocho rascacielos. Allá está uno, fíjate. Y allá otro. Llegó a hacer siete, pero murió y el plan se detuvo. Ahora, dos son viviendas; otras dos, hoteles internacionales; otras dos, ministerios; y una es la Universidad. Son parte inseparable de la identidad de la ciudad.

Noticias: ¿Ese edificio de enfrente qué es?
Khaminskiy: La Duma.

Noticias: ¡Ah! La Cámara de Diputados… Allá arriba de todo está la bandera de la Federación Rusa, pero inmediatamente debajo quedaron las molduras con la hoz y el martillo.
Khaminskiy: Ya te dije, tenemos historia… Allá en el Kremlin tenés otro ejemplo: sobre aquella cúpula está el crucifijo ortodoxo, en otra se ve el águila de dos cabezas de la monarquía y sobre aquella más delgada, está la estrella comunista de cinco puntas, que simbolizan la idea de la unión de los cinco continentes bajo el socialismo.

No siempre las cosas se tomaron con tanta filosofía. Unas cuadras antes de llegar al Río Moscova ya se divisan las torres de la majestuosa Catedral Cristo Salvador. Es el templo ortodoxo más alto del planeta. La construcción fue propuesta para homenajear a los héroes rusos que repelieron la invasión de Napoleón en 1812. Fue inaugurada recién en 1883. En 1931, en pleno auge contrarrevolucionario, Stalin ordenó dinamitarla para construir un Palacio de los Soviets. El mito indica que uno de los proyectos consistía en la construcción de un Lenin gigante con una mano extendida donde funcionaría un helipuerto; la sala de deliberaciones del politburó del Partido Comunista se instalaría en la cabeza del líder muerto en 1924. Se llegaron a cavar los cimientos, pero la edificación no prosperó. Nikita Khruchov, heredero de Stalin, hizo aprovechar las excavaciones para desarrollar un natatorio popular climatizado a cielo abierto en plena zona histórica. Lo clausuraron a los pocos años de inaugurado: los vapores de agua dañaban las obras del Museo de Bellas Artes que queda cruzando la calle. Putin inauguró allí, a poco de asumir por primera vez la presidencia, una réplica exacta de la Catedral dinamitada por Stalin.

Noticias: ¿Fue el único episodio de estas características de la Era Putin?
Khaminskiy: Menos drástico fue el retiro de la estatua de Lenin que estaba frente a la Biblioteca Nacional. Se la cambió por otra de Fiodr Dostoievski, más acorde con un lugar así. Es de las más grandes del mundo, se fundó a mediados del Siglo XIX. Pero no se ha negado la historia. Lenin está embalsamado en el Mausoleo, que durante el Mundial estará cerrado al público. Hace poco se hizo una encuesta para saber si la gente quería que permaneciera allí o que se lo enterrara. El 75% sugirió que se quede dónde está. Rusia está orgullosa de haber derrotado a Napoleón y a Hitler en la Gran Guerra Patria, cuando gobernaba Stalin. Perdimos 27 millones de vidas. Y también provoca orgullo que el primer idioma que llegó al espacio exterior haya sido el ruso, en la exploración de Yuri Gagarin. Aquí cerca está el Museo Memorial de Cosmonáutica, es un lugar muy interesante para que conozcas.

Noticias: ¿Se sigue valorando la ciencia? Los soviéticos hacían alarde de ese punto.
Khaminskiy: Sí, pero no con tanta potencia. El sistema educativo se deterioró mucho con el final de la URSS. Aquel sistema educativo era perfecto.

Noticias: ¿Y hay trabajo?
Khaminskiy: No es nuestro principal problema. Estamos en un 5% de desempleo. El problema es el atraso de las zonas rurales, fuera de las grandes ciudades. Rusia es la gasolinera de Europa.

Noticias: ¿Es confiable la cifra del 5% de desocupación?
Khaminskiy: Si fuese mayor, habría más conflictividad. Ahora, si lo que me quieres decir es que aquí no hay prensa independiente, bueno: la prensa está absolutamente controlada por el gobierno. Y también la mayoría de la oposición. Alrededor del poder se ha creado una oligarquía de billonarios.

Noticias: Te cambio el tema… ¿Por qué hay tan poco clima mundialista en las calles? Fuera de las Plaza Roja, donde se junta bastante gente que va llegando a Moscú, no se percibe gran interés.
Khaminskiy: El fútbol no ocupa un lugar de relevancia entre los rusos. Y estamos acostumbrados a que vengan extranjeros todo el tiempo a eventos. Si fueran Juegos Olímpicos las cosas serían distintas. El amor al atletismo es otra de las herencias vigentes del régimen socialista.

Noticias: ¿La híper seguridad también?
Khaminskiy: Sí, podríamos verlo así.
Hora de regresar al hotel. Conviene viajar en metro, siempre, más aún en este caso: son apenas dos estaciones desde Komsomolskaya hasta Sokólniki. La primera se llama así en homenaje al Komsomol Leninista, la vieja organización de jóvenes comunistas. Sokólniki es una zona residencial periférica famosa por su enorme parque, uno de los tantos en Moscú, pero éste es más grande que el Principado de Mónaco. Dicen que allí los moscovitas entrenaban águilas para cacería. De una sola cabeza. Las de dos no existen.

 

*Jefe de Redacción de Noticias.