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Opinión / 20 de noviembre de 2012

OPINIÓN

Rumbo a la nada en la fragata K

Ilustración: Pablo Temes.

Tiene razón Cristina. El jueves de la semana pasada algo muy importante sucedió en la lejana China. El presidente saliente, Hu Jintao, advirtió a sus camaradas que, a menos que el régimen nominalmente marxista logre eliminar la corrupción, el mal “podría ser fatal para el partido (comunista) y causar incluso el derrumbe del partido y la caída del Estado”, o sea, podría producirse un desastre descomunal que, además de provocar una catástrofe humanitaria de dimensiones apenas concebibles, pondría en peligro el gran sueño de que dentro de poco China se erija en una superpotencia auténtica, desplazando a los Estados Unidos.

Salvando las distancias, comparten el juicio alarmante del pronto a ser ex mandamás chino millones de argentinos, entre ellos los muchos, muchísimos, que el 8N inundaron el centro de la Capital Federal y centenares de plazas en otras partes del territorio nacional para protestar contra el gobierno de Cristina y también, aunque fuera de manera tangencial, contra la impotencia de una oposición astillada e invertebrada. No se trataba de un episodio anecdótico, de un espasmo emotivo imputable a nada más que la necesidad de la gente de desahogarse de vez en cuando para entonces volver, debidamente refrescada, a sus actividades cotidianas. Todo hace pensar que el descontento social está difundiéndose con rapidez. Ya ha modificado la actitud de amplios sectores de la clase media. Pronto penetrará en las zonas del conurbano en que Cristina, como Carlos Menem en los años noventa, encontró una parte imprescindible de su apoyo electoral. Huelga decir que los intendentes peronistas, políticos hipersensibles a la hora de detectar la dirección en que están soplando los vientos del humor popular, se han puesto en estado de alerta.

Si “los barones” y otros líderes peronistas llegan a la conclusión de que el ciclo kirchnerista sí se ha acercado a su fin, no tardarán un solo minuto en prepararse para hacer frente a un futuro radicalmente distinto del imaginado por quienes frecuentan la Casa Rosada, la residencia de Olivos y las mansiones de El Calafate. Son leales al poder, no a Cristina.

Todos los que aprovecharon el 8N para exteriorizar la frustración que sienten por lo que, una vez más, está sucediendo aquí, saben que la corrupción, tanto la meramente económica como la intelectual, es la causa básica de la prolongada debacle que ha hecho de la Argentina, en cierto momento uno de los países más promisorios del planeta, el símbolo más inquietante del fracaso colectivo, un “país rico” en que la mitad de la población es pobre, uno “culto” en que el deterioro educativo es aun más llamativo que en otras latitudes, uno en que hasta las expectativas más modestas parecen delirantes.