Política / 21 de enero de 2013

Escrache y champagne: el mal trago de María Julia

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Burbujas. En el bar Dandy junto a una amiga. Tomó champán y un sándwich de pavita. Foto: Marcelo Silvestro

Un champagne Chandon 187 sobre la mesa del bar Dandy, en Libertador y Bulnes. Un sándwich de pavita con mayonesa y salsa golf acompañado de papas rejilla. Un plan ideal para disfrutar la tarde del jueves 17 sentada a una mesa en la vereda. Pero de repente, el escrache: “Vos tendrías que estar tras las rejas”, le grita una mujer desde la mesa de al lado. “A esta sólo le falta la pizza, como en el menemismo”, desliza un peatón que la reconoce. La depositaria de la furia ciudadana es nada más ni nada menos que María Julia Alsogaray, la ex ministra de Medio Ambiente y emblema de la corrupción menemista que terminó presa.

Alsogaray no responde a las agresiones y sigue masticando su sándwich, que corta con cuchillo y tenedor. Luce imperturbable y nunca se saca los lentes de sol. La acompaña una amiga que también toma champán mientras saborea unas fetas de salmón ahumado con papas. Minutos después, la ex funcionaria pide hielo para bajar la temperatura de su bebida.

No es la primera vez que Alsogaray sufre un escrache en la vía pública. Desde que la Justicia la condenó a prisión en el 2004 por enriquecimiento ilícito y sobre todo después de que recuperó su libertad, muchas veces le recuerdan su pasado.

Hoy, María Julia intenta mantener un perfil bajo. Jubilada, se rodea de un círculo muy pequeño de ex compañeras del colegio, amigos y familiares cercanos. Con sus hijos chatea y habla por teléfono a diario desde que se radicaron en los Estados Unidos.
Su vida está lejos del glamour de los ’90. Vive en un departamento vecino al Petit Hotel que la Justicia le remató y cuando tiene tiempo sale a comer o a tomar el té con alguna amiga.

En diciembre, su nombre volvió a estar en el centro de la escena. Fue cuando la Justicia condenó a la ex ministra de Economía, Felisa Miceli, porque no pudo justificar por qué tenía una bolsa de plata en el baño de su despacho. La comparación entre ambos casos fue inevitable. Las dos estuvieron en el centro del poder y se quedaron sin nada. A María Julia no le gusta la comparación con Miceli y preferiría que ya no se hable de ella. Le gustaría poder tomar un champán en paz.

 

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