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Política / 19 de marzo de 2013

ANÁLISIS

Monarcas argentinos

Cristina junta a la futura monarca holandesa, la argentina Máxima Zorreguieta.

Los argentinos somos opositores democráticos y oficialistas monárquicos. Al menos en los treinta años que van desde la dictadura más feroz posible hasta la fecha, la experiencia nos ha mostrado exigiendo flexibilidades desde el llano e intentando imponer eternidades desde arriba.

La última versión de este curioso síndrome acaso incurable indica que la Constitución es totalitaria y que la reelección permanente sería la mejor opción democrática. Lo desliza un oficialismo con discurso opositor. Lo afirma el gobierno más antiperonista de los gobiernos peronistas que hemos logrado conseguir por no menos de diez años de duración cada uno.

La entronización de Jorge en el sillón de Pedro con el nombre de Francisco fue celebrada por los antikirchneristas como si Dios en persona les hubiese resuelto la impotencia largando un humito blanco. El nivel de impostación patriótica con que recibieron la buena nueva tranquilamente podría interpretarse como todo lo contrario.

Tanto entre ciertos opositores anticlericales como entre ciertos K de desganada fe católica, la felicidad por el inicio de la Era Bergoglio se parece más al festejo por el botín de oro de Lionel Messi que por la coronación de Máxma Zorreguieta como verdadera reina de Holanda. En el país del tango y de San Lorenzo de Almagro -ritmo y cuadro a los que, además, adhiere el Papa- es más fácil idolatrar a un Maradona, a un Gardel o hasta a un cura que a una genuina monarca, lo cual no quita la cantidad de páginas de revistas cholulas consumidas para ver el último sombrero de la esposa del gordito. No me digan que el eje Amsterdam-Roma-Barcelona no les ha provocado, al menos, un comentario jocoso en estos días.

Nuestro yo monárquico logró zafar de su merecida condena en las evocaciones del Bicentenario, que hubiera sido una excelente oportunidad para extirpárnoslo. Pero claro: el relato oficial ha preferido volver a idolatrar irracionalmente a los patriotas de hace dos centurias que a entender y exorcizar de una buena vez los ánimos imperiales de Manuel Belgrano, Santiago de Liniers o José de San Martín. Nuestros repetidos caudillismos -los de las guerras del Siglo XIX; los de principios, mediados y fines del XX, y el personalismo pingüino- se han endiosado o combatido entre ellos, según la necesidad del momento. Reproducirlos es nuestro modo de construir democracia. La novedad es que “habemus Papam”. De un lado y del otro se intentará utilizar ese increíble trono para defender personalísimas revoluciones. O acaso destruirlas para siempre en el nombre de algún nuevo salvador.