Sociedad / 25 de marzo de 2013

SECRETOS DE ROMA

La nueva vida del Papa

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Aunque no sea el perfil que le guste cultivar, Francisco vivirá una vida con muchos lujos.

“Está más gordo”, asegura mucha de la gente que al conocerlo personalmente lo sabe menudo y flaco. Otra más conspirativa sospecha que los atuendos papales le otorgan cierta imponencia a su figura, y un tercer grupo habla de chaleco antibalas. Todos se equivocan. A diferencia de los demás papas, debajo del atuendo blanco que convirtió en sello de fábrica, Francisco sigue usando la ropa de sacerdote que llevó de Argentina, por eso luce “relleno”. Junto a los miles de kilómetros que separan Buenos Aires de Italia, algunos de los trajes que porta también caminaron rutas sorprendentes: las que distancian a Francisco de Antonio Quarracino, al menos en términos de medidas físicas. Ni bien asumió en Buenos Aires, el entonces Cardenal Bergoglio mandó a reformar todo el guardarropa del difunto arzobispo con el fin de usarlo él; de hecho, en casi veinte años nadie lo vio comprar nada, y es probable que esos zapatos negros que hoy son famosos en todo el mundo hayan superado las dos décadas largas de uso. Obvio que si le preguntan directamente por qué evita comprar, nunca dirá que el consumismo es malo, simplemente responderá que están en buen estado y le quedan cómodos, y que la vestimenta puede reciclarse.

En los pasillos del Vaticano cuentan que una de las anécdotas más graciosas de los últimos días fue su reacción frente a los distintos ropajes oficiales que le fueron presentando, uno en particular casi lo lleva a gritar vade retro. Debajo de la sotana papal no hay pantalones sino una suerte de calzoncillos largos (Francisco, por favor no me excomulgue por contar esto) que terminan en unas largas medias de seda blanca. Cuando los papas anteriores levantaban los brazos para bendecir a la multitud, esas medias tan particulares quedaban al descubierto. Si se fijan bien, lo que asoma ahora son sus tradicionales pantalones de cura porteño.

Privado. Aunque recién comienza y contra lo que podría pensarse, la relación con los miembros del equipo de seguridad dista de ser tensa o complicada. Si bien es cierto que Francisco hace lo que quiere, no es un hombre caprichoso y entiende que, especialmente en las ceremonias oficiales, lo que está en juego no es solo su integridad sino la de las comitivas que lo acompañan y visitan; eso sí, a futuro y por los informes que les llegan de Buenos Aires, la guardia vaticana teme posibles escapadas a las calles de Roma. Ya se habla del efecto “Sandalias del Pescador” (al mejor estilo Anthony Quinn), difícil que no quiera rescatar algo de la independencia que tenía en nuestra ciudad. Tampoco está aceptando que le digan cómo relacionarse con la gente, conducta que ya generó desconcierto en algunos líderes que fueron instruidos por expertos en protocolo para llegar y descubrir que el Papa esquivaba las reglas.

“Estoy asustado”, me comentó un obispo argentino que además de conocerlo lo quiere bien (hay varios que no lo quieren nada). Su respuesta fue contundente: “Bergoglio no llegó ahí para cambiar de personalidad. Puede que estos días se aplique pero a futuro volverá a hacer lo mismo de siempre, y Roma no es Buenos Aires, donde lo peor que podía pasarle era un insulto callejero; allá es el Papa y cualquier loco podría atentar contra su vida”. Y siguió: “Jorge no es ingenuo, sabe que pueden atentar contra él a cada paso. De todas formas y a pesar de esos saberes no va a cambiar, es demasiado grande y tozudo como para hacerlo”.

Mientras sus “pares” andan poniendo las barbas en remojo (lo bien que hacen), quienes sí están sorprendidos son los colaboradores de menor rango. Francisco tiene una creencia que cumple a manera de dogma: “No te olvides de saludar. Aquellos que saludás cuando subís son los mismos que te van a saludar ni bien caigas”. No solo saluda a todo el mundo sino que les pregunta por sus familias y problemas personales. Más allá de lo estrictamente profesional ya empezó a hablar mucho con todos, a preguntarles sobre sus vidas y obras; interés que está dejando un tendal de “enamorados” a lo largo y ancho de la Santa Sede.

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