Blogs, Opinión / 31 de octubre de 2013

¿Puedo hablar mal del Papa?

Hay una relación directa entre la libertad de prensa y los dueños de un medio. Dejando de lado los regímenes totalitarios (directamente censuran) y la hipocresía periodística, resulta obvio que la capacidad de expresión termina en las oficinas del jefe. Algunos popes tratan de minimizar el daño dando más libertades y existen periodistas valientes que van contra todo. Pero la regla general pasa por defender los intereses de quien te da de comer. Si quieren algo bien terrenal vean lo difícil que es encontrar grupos mediáticos que critiquen a sus anunciantes privados. Desde esta perspectiva, un grupo “pulpo” como Clarín jamás podrá ser objetivo y en eso la Ley de Medios tiene razón.

Ahora bien, la torta publicitaria criolla no alcanza para mantener los medios que tenemos ni alcanzará. Se trata de un drama que sacando Brasil y Chile sufre toda Latinoamérica. Peor aún con las políticas económicas implementadas: Las grandes empresas multinacionales, temerosas de lo que pueda ocurrir, se restringen en todos los ámbitos. Y la publicidad es lo primero a cortar. ¿Resultado? Hasta ahora si Canal 13 perdía era “bancado” por otras empresas del grupo (en otros casos será la billetera del dueño).

En este contexto, dentro de pocos años el estado será dueño de todo a través de su brutal pauta. Hablan de vender pero resulta que, salvo que tengas intereses políticos o relación con el estado, comprar un medio es el peor negocio financiero que podamos hacer.

Yo dirijo un diario de la Iglesia Católica y todos los días me pregunto “¿Puedo hablar mal del Papa?” (suponiendo que alguna vez sea necesario y justo hacerlo). La respuesta es sí aunque tendré consecuencias. Quizá no sea él quien se preocupe, pero siempre habrá alguien dispuesto a meter mano. ¿Por qué? Porque es el dueño, la segunda barrera en relación a la libertad de expresión que nadie menciona, y la única que pesa una vez que los regímenes dictatoriales caen. Los “dueños” y sus intereses son un gran problema que la democracia no resolvió o lo deja librado a valentía de alguien que, al fin del día, tiene que comer.

Imaginen lo que ocurrirá de ahora en más que el estado o sus amigos se quedarán con nuestra palabra. La Ley tiene esa trampa: el mercado no da y los supuestos dueños plurales, cansados de perder plata, irán cediendo terreno al brazo estatal. Tarde o temprano ese es el fin de todo.