Blogs, Opinión / 10 de enero de 2014

Villa Gesell: ¡Cómo duele enero!

 

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¡Cómo duelen las tragedias en enero! Perdí a mi papá un 31 de diciembre así que sé cuánto significan esos gramos que las fechas le agregan al dolor. Parece un comentario frívolo pero los seres humanos vivimos atrapados en símbolos. La pena contrastada con lo que “debió haber sido” tiene un impacto doble. Por supuesto que no hablo de las víctimas ni sus familiares, para ellos cualquier día da igual, sólo los perturba el ruido ambiente, ese zumbido de quienes no dejan de brindar aunque nuestro mundo se pare para siempre. Es el egoísmo más profundo el que me hace escribir este post. No sería sincero si lo dejara pasar. Alguien tiene que hablar de ese “peso” adicional que significa sufrir mientras todos ríen (o fingen hacerlo), y poner cara de circunstancia cuando queremos que nada nos arruine esos quince días que decretamos fuera de tiempo y espacio, como si Dios ni siquiera nos dejara ser inmortales dos miserables semanas. Nada puede ser peor que la muerte; sin embargo, un rayo cortando la vida de personas que hace una semana brindaban deseándose lo mejor destroza el doble y enoja feo. Nadie debería morir en enero ni en diciembre. ¿Es mucho pedir? Siempre dije que no tenía problema en partir a mitad de año, con los festejos olvidados y la rutina asfixiando mi vida. Pero nací en Enero, mi padre murió en diciembre, y es muy probable que el terror a morir cerca de las fiestas o el verano me conduzca a desaparecer justo ahí, con los corchos revoloteando a mí alrededor. Nadie habla de esos gramos de más porque es vergonzoso hacerlo. Pero que injusto parece Dios al partirnos de un rayo en enero.