Opinión / 30 de abril de 2014

La insaciable | Carrió construye y destruye

Elisa "lilita" Carrió. Presentó la semana pasada el Frente Amplio Unen.

Cuando de crear agrupaciones promisorias se trata, no hay nadie como Elisa Carrió. Luego de romper con la UCR, fundó ARI, para entonces agregarle primero la Coalición Cívica y más tarde la UNEN. Hace poco más de una semana, la chaqueña ocupó una vez más el centro del escenario como artífice, en su opinión la principal, del Frente Amplio cuyos líderes aspiran a poner fin a décadas de supremacía peronista.

Esperan que el superávit de presidenciables los ayude, que una buena interna sirva para polarizar a una parte sustancial de la población, pero ya hay señales de que no les sea dado emular a los peronistas que, nos aseguró el general, son como los gatos que parecen estar peleándose cuando en verdad lo que están haciendo es reproducirse.
Es que Lilita, una creadora nata, nunca se siente conforme con su propia obra.

Para desconcierto de sus admiradores, no bien termina ensamblando una combinación nueva, decide retocarla o dejarla en manos de otros para que pueda dedicarse a algo distinto. Es la Penélope de la política argentina. De noche deshace lo que hace de día. Así, pues, antes de apagarse la euforia de quienes celebraban el lanzamiento del “espacio” centroizquierdista FAU, se puso a desmantelarlo. Dijo que no soñaría con votar a “muchos” candidatos de su propio frente.

La verdad es que no le gusta ninguno. Se entiende: a ojos de Lilita, el peronista progre de San Isidro Fernando “Pino” Solanas, aquel adusto médico santafesino Hermes Binner y los otros pretendientes, entre ellos un par de radicales, no se asemejan para nada a Ulises. Tampoco le atrae demasiado Mauricio Macri: quisiera contar con el apoyo de PRO, pero no le ofrecería nada firme a cambio. A diferencia de la dama de Ítaca, Lilita parece destinada a permanecer sola.

Si la Argentina fuera otro país, el que a la protagonista del FAU le encante burlarse de sus putativos socios no importaría demasiado. Todos los partidos, tanto democráticos como totalitarios del mundo se ven agitados esporádicamente por disputas personales que se deben menos a discrepancias programáticas que a la naturaleza competitiva de un oficio que es apto solo para los dueños de egos sobredimensionados. Al fin y al cabo, para que un político tenga éxito, le es forzoso convencer a los demás de que es más capaz, más sensible y hasta más humano que todos sus rivales.