Opinión / 9 de noviembre de 2014

El país en el sanatorio

Decían que, cuando Estados Unidos estornuda, el mundo se resfría. Algo parecido sucede en la Argentina toda vez que Cristina sufre una de sus dolencias periódicas. No sólo es cuestión de la preocupación lógica que todos sienten por la salud de alguien conocido. También lo es de la conciencia de que el andamiaje institucional del país descansa sobre los hombros de la Presidenta, no sobre los de una organización partidaria o de instituciones representativas como el Congreso.

Con la complicidad voluntaria de una parte sustancial de la clase política, Cristina se las ha arreglado para concentrar más poder en sus propias manos de lo que tenían los dictadores militares del pasado reciente que, a diferencia de ella, tenían que tomar en cuenta las opiniones de sus subordinados. Si bien el final de su gestión se aproxima, todo sigue girando en torno a su persona. Es la protagonista exclusiva de su propio relato en que, nos guste o no, todos los demás son comparsas.

Puede entenderse, pues, que cuando se informa sobre una nueva visita de Cristina a un sanatorio, fuera por extirparle la tiroides o un hematoma, o porque, como sucedió hace algunos días, presentaba un “cuadro febril infeccioso” –para que todo quede claro, se trata de “una sigmoiditis” que le ocasionó “una bacteremia”–, el país contiene el aliento. Tanto aquellos que la quieren como sus adversarios más duros rezan para que no sea algo grave: los primeros porque dependen de ella, los opositores porque esperan que el gobierno kirchnerista se encargue del ajuste feroz que ven acercándose o, por lo menos, que asista al final caótico del “modelo” para que no haya dudas acerca de quiénes fueron los responsables del desaguisado fenomenal que ha logrado confeccionar. No sería lo mismo si, por motivos de salud, Cristina se alejara; aun cuando los restos del Gobierno lograran mantenerse en el poder hasta el 10 de diciembre del año venidero, dejaría de ser inconfundiblemente kirchnerista.

En las democracias consolidadas, la salida prematura de un mandatario enfermo motivaría pesar, pero puesto que las instituciones están preparadas para afrontar tal contingencia, el impacto político sería mucho menos fuerte de lo que sería el caso en la Argentina. No es que las instituciones necesarias no existan, es que son abstracciones fantasmales que inciden poco en la realidad; aquí lo que más importa es “el carisma” del caudillo providencial de turno. Se equivoca el juez de la Corte Suprema Carlos Fayt cuando dice que “vivimos en una democracia, no una monarquía”: la verdad es que el orden político que efectivamente rige en la Argentina es más monárquico que los de países con testas coronadas como el Reino Unido, Holanda o Dinamarca.

Sin Cristina en la Casa Rosada, no sólo se desplomaría el llamativamente arbitrario sistema político que se ha armado sino que también se modificaría radicalmente el relato, o contrarrelato, de las distintas facciones opositoras. En tal caso, sería necesario improvisar otro, tarea que tomaría bastante tiempo. Por cierto, nadie cree que el varias veces procesado vicepresidente Amado Boudou estaría en condiciones de reemplazar a la señora, aunque sólo fuera por un año. Tampoco podría hacerlo el santiagueño Gerardo Zamora, el radical K, que lo sigue en la línea sucesoria. ¿Tendrían más éxito el diputado Julián Domínguez o el juez Ricardo Lorenzetti? Es posible, pero no cabe duda alguna de que el país se vería de súbito frente a una crisis política mayúscula.

La precariedad institucional es fruto de la resistencia a asumir responsabilidades onerosas que es típica de los muchos políticos profesionales que privilegian su relación con sus jefes por encima de su deber hacia la ciudadanía en su conjunto o incluso hacia sus propios comprovincianos. Saben que en su caso particular la obsecuencia rinde más, razón por la que los legisladores kirchneristas se han habituado a aprobar cualquier proyecto de ley, por estrafalario que fuera, que les envía Cristina. En privado, podrían decir que a su parecer fue un disparate pedirles a los ayatolás iraníes colaborar con la Justicia argentina para identificar a los autores intelectuales del atentado contra la sede de la Amia que el 18 de julio de 1994 que segaron casi noventa vidas, para elegir un ejemplo entre muchos, pero a la hora de votar no soñarían con prestar atención a sus propias opiniones. Huelga decir que tanto servilismo no beneficia en absoluto ni al país ni a la Presidenta.

Por ser Cristina el sol alrededor del cual gira el sistema político nacional, en el exterior su salud tanto física como mental ha motivado el vivo interés de dirigentes como la ex jefa de la diplomacia norteamericana, Hillary Clinton, la que en una oportunidad ordenó a su gente en Buenos Aires averiguar si estaba en condiciones de tolerar el estrés inherente a su cargo: le inquietaba su propensión a oscilar entre extremos emocionales. Parecería que le dijo que, si bien Cristina a veces estallaba de furia, lograba controlarse tomando medicación.

En la Argentina, la actitud mayoritaria ha sido un tanto distinta: buena parte de la sociedad está tan acostumbrada a las excentricidades presidenciales que, por una mezcla de cortesía y resignación, prefiere pasarlas por alto, ya que mientras no debilitaran su capacidad para hacerse obedecer por sus “militantes”, sería mejor considerarlas meramente anecdóticas, un tema para chismosos, no para personas serias. Aunque una minoría tenaz no teme afirmarse perturbada por el poder excesivo acumulado por una sola persona que, como sospechaba Hillary, podría verse abrumada por el estrés, y otra aprovecha el anonimato del ciberespacio para cubrirla de insultos a menudo soeces, la mayoría parece aceptar como natural la situación en la que el país se encuentra.

Así y todo, el que con cierta frecuencia Cristina tenga que ser internada por una nueva enfermedad, aun cuando resulte ser tan pasajera como siempre juran los abnegados voceros gubernamentales, está contribuyendo al malestar que tantos sienten, a la incertidumbre de los que entienden que en cualquier momento todo podría venirse abajo. Paradójicamente, la preocupación sería menor si de acuerdo común la gestión de la Presidenta fuera un dechado de eficiencia y el “modelo” no mostrara ningún síntoma de agotamiento, pero sucede que, con la presunta excepción de los incondicionales y quienes dependen por completo de la largueza estatal, todos saben muy bien que para el Gobierno la eficiencia es lo de menos y que el “modelo” va al muere.

Sería de suponer, pues, que los angustiados por el rumbo atolondrado que ha tomado el país quisieran que Cristina aprovechara el estado frágil de su salud para dar el consabido paso al costado que, según los cínicos, sería un “gesto de grandeza”, de tal modo permitiendo que la ya larguísima transición concluyera cuanto antes. Pero, demás está decirlo, a pocos les atrae la idea de apurarla. Mientras que los presidenciables opositores y sus allegados quieren más tiempo en que prepararse para enfrentar el torneo electoral, un trámite que les parece más importante que lo que el eventual ganador se vea obligado a hacer para que el país inicie una recuperación que con toda seguridad será larga y dolorosa, Cristina y los suyos están resueltos a sacar el máximo provecho de su indecisión para pertrecharse de lo necesario –leyes destinadas a frustrar a los interesados en luchar contra la corrupción K, una Justicia colonizada, regimientos de camporistas atrincherados en las reparticiones de la administración pública, dinero, cosas así–, que los ayudarán a defenderse cuando el electorado los haya depositado en el llano.

La estrategia adoptada por quienes apuestan a que el fracaso de la gestión kirchnerista sea tan espectacular que serviría para curar al país de su afición al populismo se asemeja bastante al leninista de “cuanto peor, mejor”, pero dadas las circunstancias no les queda más alternativa. No les serviría para nada procurar colaborar constructivamente con un gobierno que se niega a “dialogar” con quienes no comparten todas sus manías y que, para más señas, los trata como conspiradores vinculados con los inmundos buitres norteamericanos. Lo único que pueden hacer es protestar y advertir sobre lo que podría suceder si la economía, cada vez más aislada del resto del planeta que mira con consternación lo que muchos toman por un nuevo intento de suicidio colectivo, sigue hundiéndose sin que el Gobierno tenga la menor idea de cómo impedirlo.

Asimismo, aquellos oficialistas que se sienten alarmados por lo que está ocurriendo parecen preocuparse más por el estado de ánimo de la Presidenta, y por lo que les diría si se atrevieran a contradecirla, que por la inflación desbocada, la caída del consumo, la desintegración del maltrecho “aparato productivo”, el delito, el peligro de que nos aguarde una temporada de estallidos sociales, los estragos causados por el narcotráfico, el desempleo en aumento, el riesgo de que el año próximo el país quede sin reservas y otros detalles molestos. Obligados a elegir entre el relato de Cristina y la realidad, o sea, entre su propio lugar en el proyecto de una presidenta de salud precaria, muchos que saben muy bien que el “modelo” ha fracasado siguen privilegiando la lealtad hacia una persona determinada por encima del bien común.