Opinión / 15 de septiembre de 2015

La agenda económica, eje central de la campaña

Cómo se llega y qué cambiará. Quién tendrá una base política suficiente de gobernabilidad para avanzar en la solución de los problemas reales de la economía real.

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SOMBRÍO AUGURIO. Lula, a punto de ser citado a la justicia por las coimas de Petrobras y el PT, bajó a Buenos Aires para apoyar a Scioli.

Ya se sabe que si Daniel Scioli fuera el próximo Presidente de la Nación, su prioridad será conseguir financiamiento externo en dólares para reforzar las escasas reservas que le dejarán en el Banco Central. Cree poder así adelantar (o graduar) el levantamiento posterior del cepo cambiario. La idea de sus asesores económicos es evitar a toda costa -a fuerza de dólares- una “devaluación brusca” y un “fogonazo inflacionario”, como los que dice Miguel Bein provocará Mauricio Macri si hiciera lo mismo en un gobierno hipotético del Pro. Vendría a ser la distancia entre la continuidad y el cambio. O entre gradualismo y shock. Pero tal vez no sea ése el verdadero dilema de la Argentina futura sino quién tendrá -¿Scioli? ¿Macri?- una base política suficiente de gobernabilidad para avanzar en la solución de los problemas reales de la economía real. Es decir: ¿todos entenderán que “mejorar”, “corregir”, “reformar” o “cambiar” la actual economía significará demoler el “modelo”, o lo que quede de él y enemistarse con sus fans? Entonces, habrá que medir la relación de fuerzas antes que reinterpretar discursos.
¿Quién tendrá poder político suficiente, por ejemplo, para tener listo el 10 de diciembre un simultáneo programa de estabilización -que baje la inflación del 2 al 1% mensual-, de reducción de los subsidios económicos -de al menos un tercio del 7% que representan en relación al PBI- y de la presión impositiva a los sectores trabajadores y productivos -e incluyan Ganancias, Impuesto al Cheque y retenciones, entre otros-? Esa suerte de plan integral -sin el que no se podría desmantelar el cepo y las demás restricciones- está en preparación, pero el entorno del candidato oficialista lo mantiene bajo sordina para no seguir irritando a la Doctora, como la llaman discretamente.

Scioli sueña, obviamente (quién no), con un escenario de crecimiento, baja inflación y estabilidad cambiaria a los 100 días de su eventual asunción. Según le aseguró Mario Blejer, ello sería posible en base a un acuerdo con los fondos buitres y aun con los holdouts -el 7% que no ingresó a los canjes del 2005 y el 2010-, y por una correlativa y rápida apertura de los mercados de deuda. Después de la negociación, y aceptada una quita del 30% -como en los anteriores canjes-, caería una lluvia de dólares en inversiones y proyectos de infraestructura. ¿Hay algún resquicio para semejante fantasía? Probablemente no: el mundo está complicado y no jugaría a favor. Scioli ve, sin embargo, que así podría levantar el cepo de modo gradual, aunque lo más rápido posible. Es tanto o más optimista que Macri, otro que sueña con divisas. De hecho, quien sea que gane las presidenciales, asumiría en diciembre con un sobrante de emisión espúrea y de pesos (desvalorizados) de 250.000 millones, por lo menos, y unas reservas escasas de apenas US$ 12.000 millones (según las proyecciones más sensatas del estado patrimonial del Banco Central).
Sin embargo, es poco probable que el mundo esté dispuesto a financiar un plan “continuista” como el que esboza Scioli (de la boca para afuera) y que convalidaría en la práctica las distorsiones de precios relativos, las presiones inflacionarias o el fraude sistemático de las estadísticas públicas en materia de ingresos, PBI, precios, pobreza, gasto público y comercio exterior, entre otras variables (números adulterados sobre los que se basaron, pese a todo, la Presidenta y el candidato para hacer campaña electoral). Muchas inconsistencias cotidianas, fruto de la ineptitud o del ideologismo, deberían corregirse por la sola rotación de los funcionarios. Scioli también piensa en eso. Se rodeará de aquellos que no perturben el retiro de Cristina.

Además, lo que la Argentina tendría para mostrar, en términos nominales, sería bastante mediocre. Por ejemplo, solo una decena de países en el mundo mantiene hoy tipos de cambios múltiples y trabas cambiarias como las aplicadas por Axel Kicillof y Alejandro Vanoli para evitar la fuga de divisas y bajar el blue, objetivos jamás logrados por esta gestión. Solo durante los mandatos de CFK, el Gobierno devaluó el peso un 300% y perdió divisas a razón de US$ 10.850 millones por año (los llamados activos externos crecieron desde el 2007 más de US$ 76.000 millones). El invento electoral del “dólar-ancla” le ayudó al gobierno en la campaña, pero a costa de generar más estancamiento y de aumentar el endeudamiento. Para peor, el faltante de divisas se acelerará a medida que se acerca el 25 de octubre: los ingresos por exportaciones serán bastante inferiores en este semestre, por estacionalidad, por atraso cambiario y por crisis brasileña.
Y por un retraso de las ventas al exterior a la espera de una supuesta mágica devaluación. Pese a la burda expresión presidencial de “sustituir exportaciones” (que significaría reducir la productividad al “mercadointernismo” cada vez más reducido, recesivo y empobrecido), Cristina Fernández terminará su mandato con un rojo fiscal monumental. A propósito, muy parecido al que sufrió el país en la década del ’80 cuando el actual asesor Bein, paradójicamente, cargaba con la culpa por aquellos tiempos -primero como secretario de Política Económica y después como viceministro de Economía durante los dos turnos radicales- de una inflación no de dos sino de tres dígitos.

Buena parte del actual déficit creció con los subsidios económicos. El gobierno, razonablemente, siempre alegó que con ellos se evitaban los tarifazos generalizados. En realidad, se trataba de otro mito marquetineado por el oficialismo: los dos deciles de mayores ingresos de la población se apropian del 30% de los subsidios que, al 2014, sumaban 235.00 millones de pesos, equivalente al 6% del PBI y el 80% de todas las transferencias al sector privado. Los dos deciles de menores ingresos reciben solo el 10% de esa generosa torta. En distintas partes del mundo existen subsidios al transporte, por ejemplo, pero solo aquí el 80% de los ingresos de las empresas están explicados por ese subsidio. Como bien dice la Asociación Argentina del Presupuesto (ASAP), “el actual esquema genera filtraciones hacia sectores de ingresos medios, mantiene niveles no menores de exclusión de hogares vulnerables, y enfrenta significativos desafíos de implementación”. No se logró disminuir, por ejemplo, la inequidad en la distribución geográfica de los subsidios, concentrados en la ciudad de Buenos Aires y el conurbano. Claro, subsidiar a la oferta es lo más fácil; subsidiar a la demanda requiere una verdadera política de inclusión y gran capacidad administrativa para identificar a aquellos usuarios a los que se quiere beneficiar. Si el esquema fuera gradual y segmentado, se protegería a los sectores más desprotegidos. Total, la ganancia de los empresarios ya no depende del consumo que generen sino que está atada a las transferencias públicas.