Opinión / 22 de noviembre de 2015

De qué se disfrazará Macri

El presidente electo tendrá que buscar el mix justo de radicalismo, peronismo, management y desarrollismo para formar gobierno.

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No nos engañemos. Aunque sea el lógico protagonista del momento, Mauricio Macri no es el dato que explica este resultado electoral. Como tampoco lo fue Menem cuando llegó al poder: los argentinos habían votado contra la continuidad del alfonsinismo, ya desgastado y sin timón. Lo mismo pasó con De la Rúa y luego con Kirchner: la gente no los votó a ellos, sino contra el menemismo. Querían un cambio. Hoy es igual. Macri es el significante vacío (dirían los lingüistas y los lacanianos) de una necesidad colectiva de pasar a otra cosa, de dar vuelta la página.
Si alguna identidad clara se puede vislumbrar en la base de votantes que le dio la mayoría a Cambiemos a nivel nacional, es el componente radical de la alianza. También en aquella Alianza que le ganó a Duhalde la base era la UCR, aunque todavía les daba el cuero (la imagen) a los radicales para poner uno de los suyos en el sillón de Rivadavia. Y no olvidemos la pata radical que el kirchnerismo necesitó en los primeros dos tercios de su largo mandato para hacer pie en medio de la tormenta del “que se vayan todos” y en el eterno y letal barro del peronismo. Mirando en retrospectiva, desde la salida, a los tropezones, de Raúl Alfonsín del gobierno, subsiste un considerable voto radical reprimido, disfrazado, hasta vergonzante, que va surfeando los ciclos de euforia y depresión del peronismo, acomodándose silenciosamente a los ciclos “progres” o “derechosos”, más estatistas o más liberales, que va dictando el establishment político fracturado en facciones del PJ. Ese voto radical reprimido, silencioso, es quizás el que los encuestadores no lograron detectar, ponderando en exceso el declarado contingente de “indecisos”, que no lo eran tanto: sabían qué querían elegir, pero lo que no sabían era cómo votarlo. Por eso, en las PASO, y hasta en la primera vuelta presidencial, las urnas no definieron el futuro, dejando abierta la puerta a dos y hasta tres aspirantes. El premio quedaba reservado para el que garantizara con más convicción el cambio, o mejor dicho, el fin de ciclo. La no continuidad del largo proyecto K. Después, nadie sabe. O al menos las urnas no lo dicen. No hay indicios de que la mayoría -subrayo, la mayoría- pida volver a los ’90, ni que acepte ajustes brutales para hacer plácida la jubilación del Juez Griesa. Eso, el futuro, el plan de acción, el nuevo modelo, le corresponde al gobierno que viene, que debe decidir estratégicamente si reflejará en la cantidad y calidad del reparto de cargos el componente radical de su coalición. La Alianza de De la Rúa le dio mucho lugar a la UCR. El kirchnerismo transversal sumó radicales K a su estructura, pero nunca les permitió poner las manos en el tablero de control.
Pero en ambos experimentos, la Alianza y el kirchnerismo, se trataba de presidentes formados en los partidos tradicionales, la UCR y el PJ. En este caso, la gran novedad es este presidente con partido propio, con olor a antipolítica, no abogado, más gerente que dirigente. ¿Ideología? No sirve de mucho usar la etiqueta progre K de que Macri es “la derecha”. En todo caso, al macrismo le gusta por estos días coquetear con otra antigüedad, el “desarrollismo”, que en el siglo XXI habría que redefinir para que signifique algo en cuanto a política económica. Lo que sí designa la marca “desarrollismo” es precisamente la experiencia histórica en el gobierno de un mix de poder que combinaba peronismo (proscripto) y radicalismo (con bases populares prestadas). Un poco peronista (Boca, cumbia, mujeres bellas) y un poco radical (buenos modales, discurso honestista y dialoguista), Macri encarna esa fantasía de una Argentina sin antinomias, o al menos con sus heridas cicatrizadas. O superadas por el tiempo. El tiempo: ese fantasma argentino, del que se huye con cada gobierno, hacia atrás o hacia adelante. Nunca entendiendo (aceptando y transformando) el presente.

*Editor Ejecutivo de NOTICIAS.

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