Editorial, Sociedad / 20 de mayo de 2018

A 20 años del suicidio de Yabrán: Mafia y memoria

A pesar de que se cumplen dos décadas de su violenta desaparición, Yabrán ha dejado una estela que puede rastrearse hasta la actualidad.

“Muerto el perro se acabó la rabia”, suspiraban con alivio en la Casa Rosada menemista veinte años atrás, apenas se difundió la noticia de que Alfredo Yabrán se había suicidado de un escopetazo. Sintomáticamente, la creencia popular conspirativa sigue dudando de aquel suicidio, e incluso de la muerte del empresario señalado por la Justicia como el presunto instigador del crimen del fotógrafo de NOTICIAS José Luis Cabezas.

La incredulidad, más allá de la afición nacional por los mitos urbanos, se justifica por la evidencia lamentable de la continuidad del legado mafioso que supuestamente moriría con Yabrán. Aquella mafia no se extinguió, sino que se ramificó en infinidad de mafias, que siguen siendo denunciadas ante la mirada hastiada de la opinión pública: la mafia sindical, la judicial, la del fútbol, la de la obra pública, la narcomafia, la policial, y tantas otras, cuyo vínculo con la política es tan alarmante como obvio.

A pesar de que se cumplen dos décadas de su violenta desaparición, Yabrán ha dejado una estela que puede rastrearse hasta la actualidad. Sinónimo de negocio postal, Yabrán fue uno de los presentadores en sociedad de un joven sindicalista que soñaba con pisar fuerte con sus camiones: Hugo Moyano, quien hoy -paradojas de la vida- está enredado en la ex yabranista OCA. También el correo llevó a Yabrán a asociarse con el grupo Macri, buscando una licitación millonaria para fabricar pasaportes junto a Ciccone Calcográfica (ganó la alemana Siemens, en un festival de coimas). Y Domingo Cavallo, su archienemigo que lo señalaba como el ariete de las mafias enquistadas en el Estado, continúa pululando en la prensa y los pasillos del poder pidiendo una enésima oportunidad de mostrar lo que sabe. Nada cambia, mientras cambia todo. Por eso sirve recordar.