Opinión, Política / 29 de julio de 2018

La tentación apocalíptica de cara al 2019

A Macri no le será nada fácil convencer al resto de la sociedad de que, a pesar de la “tormenta”, “el rumbo” que ha elegido es el único sensato y que sería una locura probar suerte con otro.

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Ilustración: Pablo Temes.

Puede que Mauricio Macri esté en lo cierto cuando asegura que el país ya está dejando atrás aquella “tormenta” financiera en que, una vez más, el peso perdió una parte sustancial de su valor y el crecimiento económico se frenó de golpe, pero ello no quiere decir que le aguarde un período de calma. Aun cuando los mercados internacionales se comporten como espera el Gobierno, lo que sorprendería porque, merced a la guerra comercial iniciada por Donald Trump contra China e Irán, el mundo entero acaba de entrar en una etapa que amenaza con estar sumamente agitada, son muchos los políticos, sindicalistas y “luchadores sociales” locales que están más que dispuestos a aprovechar cualquier dificultad que surja para hacerle la vida imposible a un presidente que es reacio a permitirles continuar disfrutando de sus conquistas.

Si bien la gente de Cambiemos se ha resignado a que tendrán que transcurrir un semestre o dos antes de que la economía se haya recuperado de los daños que fueron provocados por la devaluación forzada y el alarmante salto inflacionario que estimuló, a Macri no le será nada fácil convencer al resto de la sociedad de que, tales contratiempos no obstante, “el rumbo” que ha elegido es el único sensato y que por lo tanto sería una locura probar suerte con otro radicalmente distinto.

No sólo es cuestión de dudas acerca de la capacidad de Nicolás Dujovne, Luis Caputo y sus colaboradores para manejar la siempre díscola economía nacional. También lo es del malestar que tantos sienten al hacerse sentir la escasez. La sociedad argentina nunca se ha destacado por su voluntad de soportar penurias. Antes bien, es congénitamente impaciente. A pesar de todo lo ocurrido a partir de la Gran Depresión de hace casi noventa años, el mito del país rico por antonomasia en que la distribución importa mucho más que la producción sigue socavando los esfuerzos por adaptarlo a las circunstancias imperantes en un mundo en que el cambio se ha hecho normal.

Frente a reveses que en otras latitudes serían atribuidos a fenómenos que nadie está en condiciones de prever o de modificar, la convicción de que debería haber una alternativa menos exigente a la estrategia adoptada por el gobierno de turno suele cobrar tanta fuerza que no hay forma de resistirla. He aquí una razón por la que cada tanto el país sufra una de sus ya rutinarias y ruinosas convulsiones financieras. Pocos políticos saben, o quieren saber, lo que tendrían que hacer para evitarlas, pero muchos han aprendido a convivir con ellas. Será por tal motivo que no les asusta el que el país se haya aproximado nuevamente al abismo.

El temor larvado a lo que podría suceder en los meses venideros a menos que el Gobierno logre consolidarse, está incidiendo de manera negativa en el estado de ánimo de amplios sectores. Mientras que en algunos, la sensación de que nos aguarda una tormenta sociopolítica motiva estoicismo, lo que favorece a un gobierno que se ha comprometido con un programa “gradualista” que para fructificar requeriría más tiempo de lo que muchos están dispuestos a darle, otros ven en ella una oportunidad para mejorar su lugar relativo en la crónicamente inestable jerarquía nacional a costillas de sus rivales sin que les preocupen las consecuencias para el conjunto o para ellos mismos; muchos que en la actualidad sueñan con hacer caer a un gobierno a su juicio ignominioso se encontrarían entre las víctimas de un nuevo cataclismo económico y político que habrían ayudado a provocar.

Para perplejidad de los fascinados por el gran misterio argentino, el de un país “condenado al éxito” que, a través de las décadas, se las ha arreglado para acumular una cantidad impresionante de fracasos colectivos, aquí el impulso autodestructivo sigue siendo muy fuerte. Por envidia, rencor u otra manifestación de egoísmo, a muchos les gustaría más que un proyecto político que no les gusta se hundiera en medio del caos a que prosperara para beneficio de todos, incluyendo a grupos que no cuentan con su aprobación. Aunque los decididos a dar prioridad a la batalla que están librando contra el macrismo y todo cuando a su entender encarna no disponen de alternativas viables al “rumbo”, derrotar al oficialismo les parece tan deseable que lo demás no les importa.

Tales facciones fantasean con el tantas veces previsto pero, por fortuna, raramente concretado “estallido social”. Han hecho suya la consigna leninista “cuanto peor, mejor” aunque, a diferencia de los bolcheviques de un siglo atrás, no creen poseer una receta que, aplicada con la severidad necesaria, serviría para garantizar el bienestar universal. A quienes piensan así les encanta el primer acto del drama revolucionario en que el pueblo se alza contra el statu quo, pero no quieren saber nada de lo que vendría después.
Estos pescadores en aguas turbulentas confían en que los piqueteros más combativos, sindicalistas como el camionero Hugo Moyano, kirchneristas, izquierdistas y sus aliados papistas, logren aprovechar, para crear una situación límite, la angustia que sienten millones que ya viven por debajo de la línea de pobreza al ver reducirse cada vez más sus magros ingresos. Al calificar de “casi casi un gobierno de facto” al macrista, Moyano da a entender que se justificarían actos de violencia en su contra.

Como no pudo ser de otra manera, algunos que se sienten tentados por la idea de que Macri es tan malo que su gestión merece un final caótico que, además de humillarlo personalmente, brindaría a los frustrados una oportunidad, por breve que fuera, para desahogarse, también apuestan a que los disturbios callejeros que vaticinan intimiden tanto a la Justicia que los jueces y fiscales dejarían de hurgar en los asuntos de políticos y sindicalistas acusados de corrupción en escala industrial.

Los ayudan sin proponérselo aquellos partidarios de la mano dura económica y guardianes de la virtud cívica que están contribuyendo a socavar la autoridad tanto de Macri como de otros oficialistas sin preguntarse qué sucedería en el país si se desplomara el gobierno actual. En tal caso, lo reemplazaría uno de emergencia conformado por opositores que a buen seguro sería peor, ya que sus eventuales integrantes tendrían todos los vicios que son característicos de la clase política pero, a diferencia de los macristas, no se sentirían obligados a procurar hacer buena letra. Para más señas, sería más que probable que un hipotético gobierno peronista careciera del apoyo internacional que necesitaría para que el país continuara viviendo por encima de sus propios medios que, desde luego, son exiguos.

No se trata de un detalle menor pero, como sucede en todos los países, aquí es habitual subestimar la influencia del resto del mundo en las vicisitudes nacionales. Al producirse la corrida cambiaria, populistas y ortodoxos coincidieron en que se debió exclusivamente a los errores del macrismo, minimizando así el impacto del aumento de una tasa de interés clave por la Reserva Federal estadounidense y el clima de nerviosismo que impera en todos los mercados.

Aunque es legítimo suponer que en última instancia la culpa de casi todo lo malo es siempre de quienes están a cargo del país, convendría recordar que, desde comienzos del siglo XIX, la evolución tanto de la economía como del orden político nacional se ha visto condicionada en buena medida por lo que acontecía en el exterior. De haber sido otras las circunstancias internacionales, el gobierno de Fernando de la Rúa hubiera concluido triunfalmente su mandato. Asimismo, los logros, debidamente exagerados por el Indec, que el kirchnerismo se anotó en su primera fase fueron posibilitados por el gran boom de las commodities que siguió a la irrupción de China como una gran potencia comercial.

En cierto modo, el que las perspectivas frente a la economía mundial se hayan oscurecido tanto últimamente acarrea ventajas para el gobierno de Macri. Lo que menos quieren el Fondo Monetario Internacional y los países desarrollados que el organismo representa es que la Argentina protagonice otro desastre, ya que haría aún más incierto el futuro inmediato no sólo de América latina sino también de otras regiones en que la mayoría de las economías son muy precarias.

Para extrañeza de sus muchos adversarios locales, Macri se las ha ingeniado para erigirse en una estrella mundial que se codea como igual con los personajes más poderosos de la actualidad. Puede que sólo sea una ilusión, pero el extravagante presidente norteamericano Trump, mandatarios europeos como Emmanuel Macron, Angela Merkel y Theresa May, el chino Xi Jinping, el japonés Shinzo Abe y el ruso Vladimir Putin, dignatarios que discrepan sobre virtualmente todo lo demás, parecen creerlo el indicado para rescatar a la Argentina del pozo en que cayó hace muchísimos años.

Si por algún motivo no le fuera dado completar su gestión, las repercusiones para la Argentina serían graves; también lo serían si perdiera en las elecciones del año que viene frente a un peronista, aun cuando se tratara de uno “racional”. Sucede que, por ahora cuando menos, la imagen internacional de Macri es el activo más valioso del país; si no fuera por ella, no habría créditos suficientes como para financiar “el gradualismo”, la bomba de tiempo que fue dejada por Cristina ya hubiera estallado y la tasa de pobreza superaría el cincuenta por ciento.