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Política / 7 de septiembre de 2018

Yo, Claudio Bonadio: biografía de un héroe tóxico

Secretos del juez que quiere apresar a Cristina. Pelea con Nisman y maestra umbanda. Casa en Belgrano. Cuando ayudó a los K.

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Corría el año 1997. El juez Claudio Bonadio había citado a declarar a Diego Maradona, quien en ese entonces jugaba en Boca Juniors y estaba envuelto en una causa judicial por un doping positivo. El abogado del jugador de fútbol era Mariano Cúneo Libarona y, para evitar que la prensa y los fans se agolparan en los tribunales de Comodoro Py, le había pedido al magistrado si podía hacer ir a su cliente un poco más tarde. Bonadio accedió y citó a Maradona para las 16.

Cúneo Libarona, consciente de la impuntualidad de su cliente, le minitió y le dijo que el juez los había citado a las 15 y el día que se tenían que presentar empezó a llamarlo desde las 14. Dos horas antes del horario que había establecido el juez. Cuando lo llamó la primera vez, el secretario de Maradona le dijo: “Ahora no puede atender porque está jugando al tenis con Ricardo Darín”. Cúneo Libarona respondió: “Bueno, pero que vaya redondeando que hay que ir al juzgado”. Seguían pasando los minutos y Maradona no terminaba. Para cuando se hicieron las 16, Maradona había dejado de responder el teléfono. Mientras, Cúneo Libarona transpiraba y se comunicaba con el juzgado para avisar que estaban “un poquito retrasados”. Al final “El Diez” apareció en el estudio de su abogado a las 16.45. Estaban todos revolucionados. Luego de un breve sermón –sin sobresaltos, por tratarse de Maradona– salieron de inmediato para el juzgado. Bonadio los esperaba en el cuarto piso listos para declarar. Cúneo Libarona seguía pidiendo disculpas. El juez les hizo todas las preguntas necesarias referidas al doping positivo que le habían detectado en un partido entre Boca y Argentinos Juniors. Cuando terminó de declarar, el juez se relajó de su postura de magistrado y le pidió a Maradona si se podía quedar unos minutos más. Cúneo Libarona seguía pidiendo disculpas. En ese momento, el juez se corrió hacia una puerta y al abrirla salió su hijo y unos compañeritos del colegio con camisetas de Boca. En ese instante Maradona miró a Cuneo Libarona y, mientras guiñaba un ojo, le dijo: “¿Viste que está todo bien, bonito?”.

En septiembre de 1997, Bonadio autorizó a Maradona a jugar un partido del torneo Apertura contra Newell’s, a pesar de que la AFA lo había suspendido. Boca ganó 2 a 1.

Así es Claudio Bonadio: un juez que puede tolerar la impuntualidad en su juzgado sólo por tratarse de una estrella del fútbol mundial y luego pedirle que les firme autógrafos a sus hijos y se saque fotos. Pero también es un magistrado implacable contra quienes no gozan de su estima. Su trayectoria está repleta de este tipo de contradicciones, que lo vuelven héroe y villano en simultáneo. Su accionar de hoy en la causa de los cuadernos de la corrupción K lo volvió a colocar en el lugar de héroe que responde a la demanda social de ser implacable no sólo con los funcionarios públicos corruptos, sino también con los empresarios corruptores. Pero este presente no lo exculpa de un pasado tóxico contaminado por la política, la cual, en teoría, no debería intervenir en las decisiones judiciales. Ni disimula la parcialidad con que por estos días encara su obsesiva persecución a Cristina Kirchner.

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“La Embajada”. El juzgado de Bonadio posee reglas propias. El magistrado tiene conductas que suelen irritar a los abogados a los que les toca litigar en las causas que él instruye. Por ejemplo: suele poner trabas para obtener copia completa de los expedientes. Como no están digitalizados, llevarse los expedientes para fotocopiarlos suele convertirse en una pesadilla. Lo mismo sucede con algunas declaraciones testimoniales en las que no permite que abogados de las partes hagan preguntas. Aquel a quien no le guste este accionar siempre puede quejarse a la Cámara Federal, desde donde, por lo general, suelen tirar de la oreja del juez y llamarle la atención, pero Bonadio hace años que ignora esos retos, porque de esta manera gana tiempo y evita que sus investigaciones sean empastadas por los pedidos de los letrados. Estas reglas propias hicieron que al juzgado de Claudio Bonadio se lo llame “La Embajada”, porque es el único lugar donde no rige la ley argentina.

Uno de los últimos cuestionamientos que se le hace al juez Bonadio es haber hecho un auto “forum shopping” (designar a dedo un juzgado) para la causa de los cuadernos. Los abogados del expediente presentaron diferentes recusaciones contra el juez y el fiscal Carlos Stornelli, en las que sostienen que el segundo tendría que haber mandado a sorteo la causa cuando recibió los cuadernos de manos del periodista de La Nación Diego Cabot. En vez de hacer eso, Stornelli presentó la prueba de los cuadernos en una causa donde ya se investigaba a Roberto Baratta, De Vido y otros personajes. La excusa fue que había “coincidencia” entre los personajes investigados. La Cámara Federal lo sostuvo a Bonadio como juez y ahora creó expedientes conexos que también investigará él. Así es el caso del expediente que investiga el dinero de la publicidad oficial en el que ya citó al empresario Sergio Szpolski.

Trayectoria. El juez es hijo de Luis Bonadio y María Rosa Pasquinelli, dos inmigrantes italianos que lo criaron en la localidad de San Martín, provincia de Buenos Aires. Egresó del secundario en el Instituto La Salle, de Vicente López, en 1973. Luego fue a estudiar a la UBA, donde se recibió de abogado en 1988, pero en paralelo trabajaba en una empresa de seguros. Se convirtió en experto en seguros contra incendio. Estudió italiano (por mandato paterno) e inglés (porque quiso). Con el retorno de la democracia, en 1983 entró a trabajar al Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires como asesor del bloque justicialista. Por esos años era intendente Julio Saguier, el padre de los actuales propietarios del diario La Nación. Con la llegada del menemismo al poder, la vida de Bonadio tendría un giro extraordinario. En 1990 pegó el salto al Gabinete nacional y se convertiría en uno de los niños mimados de Carlos Corach, a quien asesoró en la Secretaría Legal y Técnica. El 6 de mayo llegaría el gran premio. Aquel día el presidente Carlos Menem y el ministro de Justicia Jorge Maiorano enviaron el pliego de Bonadio para nombrarlo como juez federal. Una particularidad de ese documento histórico que acompaña esta nota: la nota decía que Bonadio iba a ser designado como juez federal de Morón. El 10 de noviembre de aquel año, la Comisión de Acuerdos del Senado aprobó la designación. Firmaron el documento Juan Carlos Romero, Carlos Verna, Deolindo Felipe Bittel, Ricardo Branda, Antonio Cafiero y Remo Costanzo.

Siete meses después de aprobarse el pliego de Bonadio como juez federal de Morón, el presidente Menem daría el batacazo. Con un decreto publicado en el Boletín Oficial de junio del ‘94, el riojano nombró a Bonadio como juez federal del juzgado Nº 11 de Comodoro Py. Su principal padrino para esta designación era Corach.

Así fue como Bonadio llegó a ser juez federal, sin necesidad de tener una carrera judicial como la mayoría de los integrantes de ese poder del Estado. Es un outsider que supo ganarse su lugar dentro de la familia judicial, pero antes que juez es un militante del peronismo.
Servilleta. Esa militancia política nunca fue ocultada por el magistrado y no le preocupa que se la recuerden. Llegó al cargo como uno de los jueces de “la servilleta de Corach” que denunció Domingo Cavallo, pero con los años se fue independizando de su mentor. Sin embargo, además de una amistad incondicional, Bonadio sigue conservando lazos que lo unen a Corach. La secretaria que lleva adelante la causa de los cuadernos se llama Carolina Lores Araniz, hija de Alberto Lores Arnaiz, el contador de la familia Corach.
Muertos. El 28 de septiembre del 2001, Bonadio mató a dos hombres. Uno se llamaba Germán Lorenzatti y el otro Ariel Villar. Era de noche y Bonadio iba con un amigo a un templo umbanda, en Florida, Vicente López. Iban en un Audi negro. Al llegar, los abordaron esos dos jóvenes que tenían 19 y 20 años. Eran ladrones. En un episodio confuso, uno de los asaltantes sacó un arma y los amenazó. Bonadio también iba armado. Llevaba una Glock calibre 40 que no dudó en manotear apenas se vio abordado por el delincuente. Cuando el ladrón lo vio, disparó y le pegó al amigo del juez en el abdomen. Bonadio disparó y le pegó al ladrón en la cabeza. Lo mató. El otro salió corriendo y Bonadio le disparó. Las pericias del expediente dieron que el segundo ladrón recibió cuatro disparos por la espalda. El juez fue sobreseído por haber actuado en legítima defensa. Pero aquel día se ganó un apodo: “pistolero”
Religión. Un aspecto casi desconocido de la vida de Bonadio es su interés por la religión afroumbandista. La mujer que lo guía en este culto se llama Carmen Ciarlando y es una eminencia en el país sobre este culto africanista. Su relevancia es tal que llegó a ser directora de la Asociación Religiosa Argentino-Africana Omio Babá, situada en el barrio de Florida. El nombre religioso de esta “sacerdotisa umbanda” es Iyá Peggie Ti Yemoja-Iyaonifa Fawunmi, pero se la conoce como la Mae Peggie. Pregona la religión Yoruba tradicionalista, originaria de Nigeria, y su templo fue uno de los escenarios del boom umbanda en el país post dictadura. En los rituales umbandas yoruba y batuque se mezclan las raíces africanas y brasileñas de la religión que trajeron los esclavos del continente negro a Latinoamérica. Las ceremonias se caracterizan por la música de tambores y la abundancia de comida, habanos, whisky, cerveza y vino. Alrededor de un altar y vestidos de blanco, los fieles ingresan en un trance colectivo en el que creen ser poseídos por las orixas, distintas divinidades creadas por el Dios Orúm, en el caso del africanismo; y por espíritus de indios o de negros para los umbandas. Tal vez lo más polémico de la religión es el sacrificio de los animales. Un dato de color: la mae umbanda de Bonadio es la madre de Sergio Poggi, el ex vocero de Amado Boudou. Así lo relata Federico Mayol en su biografía sobre el ex vicepresidente. Incluso la líder religiosa del juez que busca enviar a Cristina Kirchner a la cárcel es una profunda admiradora de la ex presidenta. El 23 de octubre del 2011, mientras su hijo festejaba junto a Boudou la reeleción de Cristina, la mujer dejó fluir su alegría. “Muy lejos de los agoreros pronósticos que auguraban una deserción de la actual mandataria argentina, esta (tal cual lo predije en el 2010) va hoy a una votación que, anticipada por las primarias de agosto, ya está casi cantada antes de que finalicen los comicios”, escribió en sus redes.

En esos años, Bonadio también tenía buena relación con el gobierno de Cristina. Luego que CFK triunfara por más del 54% de los votos, el juez decidió que los secretarios de la entonces presidenta, que estaban siendo investigados por enriquecimiento, y que habían tenido un sideral aumento patrimonial en su paso por la administración pública, debían ser declarados inocentes. Los sobreseyó. Se trataba de Isidro Bounine, Daniel Álvarez y el fallecido Daniel Muñoz (hoy protagonista de los cuadernos de Centeno). Años más tarde, Muñoz se haría famoso al figurar su nombre en los Panamá Papers como titular de sociedades offshore. Aquel sobreseimiento fue celebrado por el gobierno K, que aceptó promover a la ex secretaria (y amiga) del juez Bonadio, Alicia Vence, como jueza federal de San Martín.

Ya nada queda de aquella vieja sintonía. Los vientos cambian y Bonadio, como sus pares de Comodoro Py, es veleta.