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Opinión / 22 de octubre de 2018

Elecciones en Brasil: líder repugnante

El batacazo ultraderechista de Jair Bolsonaro en el gigante vecino está sacando fascistas del placar en toda la región.

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Foto: DPA

“Repugnante” fue la palabra que encontró Jorge Fernández Díaz. Lúcido analista periodístico y buceador del océano de las letras que navega como novelista, eligió ese término para definir a Jair Bolsonaro. Precisamente en ese rasgo, no en su extremismo, está el aspecto más revelador del fenómeno.

“Si te digo tonto no te estoy insultando, te estoy describiendo” le dijo Unamuno a un falangista que lo cruzó con negligencia. Por lo mismo, llamar “repugnante” al ganador de la primera vuelta en Brasil no es un insulto, sino una descripción. Sencillamente, se trata de la palabra más adecuada para definir al hombre que dijo preferir que su hijo muera en un accidente a que sea homosexual.

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Alguien que en 30 años de actividad parlamentaria casi no deja leyes sino una lista de barbaridades que exaltan la violencia, justifican el exterminio y proclaman la inferioridad de algunas razas y orientaciones sexuales, no es esencialmente un extremista, sino un personaje horrible.

El discurso extremista, si no levanta banderas de odio, no necesariamente genera violencia. Es el aborrecimiento explícito lo que excita a los chacales que se sienten habilitados para atacar a los señalados por el discurso violento. Considerando legitimado su instinto de linchamiento, empezaron a golpear a homosexuales en Brasil y en países vecinos.

Mientras, el aluvión de votos al ex capitán hizo que la región empezara a supurar un ultra-conservadurismo oscuro y viscoso.
Bolsonaro está sacando fascistas del placar. En todos los países latinoamericanos, mucha gente que lleva tiempo silenciando su aversión violenta hacia otras etnias, culturas y orientaciones sexuales, empieza a vomitar esa bilis que la atragantaba.

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El autoritarismo que aprueba la violencia contra indígenas, negros, inmigrantes, feministas y homosexuales, siente que el triunfo de Bolsonaro reivindica y libera sus desprecios reprimidos.

No hay razones serias para defender un militar echado del ejército luego de que informes redactados por sus superiores lo describieran como un hombre “agresivo” al que “le falta lógica, racionalidad y equilibrio”. Tampoco es cierto que Brasil haya quedado “entre dos extremos”. Al PT se le pueden cuestionar muchas cosas, pero no llamarlo extremista. Sencillamente, no lo es.

Los ultraconservadores del mundo se excitan eufóricos con Bolsonaro, no por su ideología sino por sus bajos instintos y por la crueldad con que los convierte en banderas para atraer partidarios de las segregaciones y la represión.

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Los fascistas que salen del placar añoran las dictaduras y la mano dura policial libre de ataduras legales. Para ellos, quienes defienden las garantías del Estado de Derecho son lo mismo que los “abolicionistas” que consideran a la violencia delictiva como una consecuencia justificable del capitalismo.

Foto: DPA

El bolsonarismo, oculto o asumido, no distingue la defensa de la juridicidad y el delirio ideologizado que ve un acto revolucionario en un asalto a mano armada.

Igual que los populismos autoritarios de izquierda y derecha, acusan a los medios de comunicación de mentir y les reprochan no reflejar la opinión pública. En rigor, uno de los roles más útiles y honestos del periodismo es hacer “contra-opinión” cuando predomina un ánimo social perturbado por miedos u otras excitaciones turbias.

Signo político. El ultra-conservadurismo oscuro y viscoso que está supurando la región, comparte con Bolsonaro su aborrecimiento a las izquierdas y al liberalismo político y cultural. Pero lo que más enfervoriza a las pasiones recalcitrantes es la agresiva homofobia que expresa el candidato que reivindica el supuesto derecho a denigrar y estigmatizar a los homosexuales. Ese líder que banaliza la violación, embiste de manera furibunda contra el avance feminista y la diversidad sexual. Esta es una clave fundamental del fenómeno Bolsonaro. El grueso de los millones de votantes que tuvo no son racistas, misóginos ni homofóbicos. Pero sí lo es un sector significativo de esa franja de votantes y la casi totalidad de quienes, en los países vecinos, están exhibiendo obscenamente sus fobias inconfesables porque sienten que en Brasil empieza una ola de moralismo autoritario que aplastará con desprecio al feminismo, la homosexualidad y los pruritos legales que impiden torturar y asesinar para poner fin a la delincuencia.

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Es el mismo moralismo religioso que alienta el candidato ultraderechista al invocar a Dios en la apertura de sus actos políticos y que, en Costa Rica, hizo ganar la primera vuelta al pastor evangélico Fabricio Alvarado con un discurso oscurantista. Ese moralismo religioso que declaró su guerra santa contra el matrimonio igualitario, la legalización del aborto y el dictado de materias escolares que enseñen la diversidad sexual y los derechos que implica.

A esta altura de la historia, está claro que el aporte de la religión no es presentarse como intérprete de Dios. Su único aporte útil sería procurar un mundo más amable; donde no haya justificación para estigmatizar y atormentar a nadie por su raza o sexualidad.

También debiera abocarse a promover la bondad humana. Pero no es eso lo que hacen las religiones. Cualquier estudio probaría que ninguna comunidad de fieles cuenta con gente más buena y tolerante. La educación religiosa reproduce las mezquindades, supremacismos, intolerancias y rencores que gravitan sobre la sociedad contemporánea, como lo hicieron sobre todas las sociedades anteriores.

Los bolsonaristas conscientes (no los millones que lo votaron sin apego a lo que representa el candidato) tienen una ética tan creíble como las izquierdas que defienden a Nicolás Maduro y Daniel Ortega, callando ante los crímenes que cometen en Venezuela y Nicaragua.

La clase política que está siendo derrotada en Brasil es decadente, mediocre y corrompida. Aún así, constituye una opción más racional y ética que Bolsonaro.

No sería la primera vez que una sociedad, acosada por incertidumbres y miedos, entra en pánico y corre a refugiarse en el autoritarismo mesiánico.

Brasil y los fascismos que están saliendo de placar son una prueba más de que, como tantas veces en el siglo 20, las democracias pueden suicidarse.