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Mundo / 6 de enero de 2019

Jair Bolsonaro presidente, un sheriff para el sur

El recién asumido mandatario brasilero no debería convertir en política de estado su fascinación por Donald Trump.

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cowboy. Bolsonaro con sombrero de vaquero. Se suele llevar la mano al pecho cuando ve la bandera de las bandas y estrellas. Foto: Dpa.

Jair Bolsonaro está obnubilado con el magnate neoyorquino y se identifica con él hasta el punto de anunciar que su política exterior será el alineamiento total con el jefe de la Casa Blanca. Como si no viera el cúmulo de sospechas y denuncias que van cercando a su máximo ídolo.

No es seguro que Trump pueda terminar su mandato. El riesgo de un juicio político es grande, aún con el control republicano del Senado. Nadie sabe cuántos senadores republicanos van a seguir defendiéndolo y cuantos dejarán que el Rusia-gate o cualquiera de las otras causas se convierta en impeachment.

Sin embargo, Bolsonaro quiere que su política exterior sea el reflejo de su identificación con Trump. Esto implica que el nuevo presidente de Brasil se identifica con la visión de Steve Bannon, el ideólogo de la “derecha alternativa” que dirigió la campaña electoral de Trump y hoy coordina el entendimiento entre los liderazgos ultranacionalistas que quieren desarmar la Unión Europea y terminar con la democracia liberal en el viejo continente.

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Equipo. Su canciller implica, en sí mismo, el certificado de extremismo que ostenta el flamante gobierno. Ernesto Araujo, dejó de ser un marginal en la segunda línea de la diplomacia, para convertirse en el ministro que se propone “liberar Itamaraty”. ¿Liberarlo de qué? Del marxismo.

Araujo es un impulsor de las teorías conspirativas del ultra-conservadurismo religioso que intenta conquistar América. En alguna medida, está entre los ideólogos de ese fundamentalismo evangélico que crece repudiando la educación sexual integral, la ampliación de derechos de los homosexuales, la revolución feminista y las leyes contra la violencia de género.

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Para Araujo, detrás de todas esas iniciativas está el marxismo. En esta interpretación de la historia y del presente, desde que se originó en el siglo 19, el marxismo es una suerte de organismo viviente que va mutando. Y a esta altura de los tiempos, pretende “homosexualizar” el mundo, pervertir a los niños desde la escuela y legalizar el “asesinato” en el útero. Por eso el nuevo gobierno de Brasil acompaña al del paraguayo Abdo Benítez en la prohibición de enseñar educación sexual integral en las escuelas.

Ernesto Araujo, su canciller de perfil extremista. Foto: Dpa.

Trump no tiene la menor idea de lo que escribieron Luckács, Gramsci, Marcuse, Adorno y Kojève. Su ideólogo, Steve Bannon, sabe algo de los pensadores marxistas. Mientras que Araujo los ha estudiado, pero desde una posición ideologizada que lo llevó a abordarlos como si se tratara de infectos instrumentos intelectuales del mal absoluto.

Por eso integró las usinas que elaboran las teorías conspirativas del nuevo ultra-conservadurismo. Un movimiento que está lanzando iglesias evangélicas y think tanks del catolicismo a la conquista de gobiernos y al control sobre la legislación, la educación y la cultura. Esa visión tratará de convertir a Brasil en un Estado confesional y reaccionario similar a lo que fue la España del falangismo franquista.
Recambio.

La sociedad brasileña quiere superar la recesión y poner fin a la violencia delictiva. La elite política no lograba ninguna de las dos cosas, por eso el electorado buscó el anti-sistema. Pero tampoco es seguro que el establishment empresarial que terminó viendo en Bolsonaro una oportunidad para un giro libremercadista, avalará el seguidismo a un presidente norteamericano que podría estar marchando hacia su propio abismo, y al extremismo que quiere desmantelar la democracia liberal. Bolsonaro se comprometió a abrir la economía como Chile. Falta ver si actuará como Piñera o como Pinochet.

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Apostar a una economía abierta siguiendo el modelo chileno, fue el primer cambio de posición de un dirigente que siempre había estado más cerca del estatismo, en línea con su reivindicación de una dictadura que no fue precisamente neoliberal, sino de corte desarrollista.

No puso la economía en manos de Paulo Guedes por identificarse con los lineamientos de la Escuela de Chicago, con los que no comulgaba, sino para disipar la desconfianza con que lo miraban los mercados.

Si Bolsonaro se inspira en el actual presidente chileno, un equilibrado liberal de vocación democrática, no habrá riesgo de giro autoritario. En este caso, el cambio político del presidente sería más importante aún que su giro económico. Aunque sería una simulación. Por eso, la pregunta es si al Brasil lo gobernará el verdadero Bolsonaro, o si los mercados lo llevarán también hacia el liberalismo político.

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REFERENTES. Trump y Piñera. El chileno es un liberal de vocación democrática, menos autoritario. Foto: Dpa.

Estrategia. Hay dos posibilidades. Una, que el presidente sea una continuidad lineal del capitán y del legislador que lo antecedieron. La otra es que sea un Bolsonaro nuevo y sin rasgos del personaje violento y grotesco que cobró notoriedad por su incontinencia barbárica.

La duda es si en el Planalto está el candidato extremista que afirmó que “las minorías tienen que arrodillarse ante la mayoría”, o el mandatario electo que se comprometió a defender la Constitución y la democracia.

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Si es una continuidad del oficial y del diputado, el futuro de Brasil y la región es oscuro. En definitiva, su notoriedad no se debe a que se haya lucido como militar o como legislador. Un informe de sus superiores en el Ejército lo describió carente de “racionalidad, lógica y equilibrio”.

Quizá eso explique por qué dejó el ejército tan pronto y apenas como capitán. En términos reales, Bolsonaro es más militarista que militar.

Si el presidente sigue siendo el que ha sido, a las tomas de fincas por parte de los Sin Tierra se las frenará con masacres; la tortura resultará válida en la lucha contra la delincuencia y habría energúmenos linchando homosexuales. El líder que quiere “minorías arrodilladas” desataría persecuciones políticas y culturales con réplicas en los países vecinos, mientras que el líder que prometió “defender la Constitución y la democracia”, mantendría el pluralismo y la diversidad defraudando a sus votantes entusiasmados con la posibilidad de hacer pogromos contra lo que consideren sexual, racial y políticamente impuro.

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*Profesor y mentor de Ciencia Política, Universidad Empresarial Siglo 21.