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Costumbres / 28 de enero de 2019

Refugio 31, la playa más VIP del Delta

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A poco menos de una hora del continente, como les gusta decir a los que navegan, sobre el Canal del Este, hace un año abrió Refugio 31, “un hermoso accidente”, según lo define su dueño, Maximiliano López. “Concebí este lugar como una casa familiar, donde disfrutar de la cercanía del agua y hacer wakeboard con mis hijos. Pero, de a poco, se fue acercando la gente del río: empezamos a cocinar, a armar fogones juntos, surgieron comidas con amigos, otro se casó y lo celebró acá. Y así apareció la idea de Refugio 31: no fue un plan de negocios premeditado”, explica. Al pasar, amarrados en su costa, suelen verse yates y cruceros que parecen haber encontrado allí, un pequeño y exclusivo paraíso. En realidad, este refugio cobró vida varios años atrás, como una casa de fin de semana, “un punto de encuentro sin celulares” para desconectar del mundo y conectar con los afectos, los hijos y los amigos. Los chicos crecieron, los amigos también se enamoraron del lugar, y hasta allí llegó Antonia Sánchez Silverio, una cocinera mexicana para darle el toque que faltaba. A partir de ese momento, Refugio 31 se transformó en un restaurante, un espacio que se contrata de forma privada para eventos, reuniones y celebraciones. “No está abierto todo el tiempo sino que hay que reservar”, explica Maxi López que nada tiene que ver con el ex marido de Wanda, “con los clientes que contrataron nuestros servicios está pasando algo muy lindo, se está formando una comunidad donde el cliente que hizo su evento puede venir con su lancha, su crucero o su yate, baja con su pedacito de carne y su botella de vino, lo cocina y comparte el lugar con otras familias que pasaron y tuvieron la misma idea, así se empezó a armar una pequeña vecindad de gente del río”. El espacio está pensado para 300 comensales y cuenta con un sector de fuegos con parrilla, cruces y arneses donde sobra espacio para que cinco o seis cruceros convivan en el mismo lugar.

Point. “El cliente que navega no tenía un lugar de alta gama en el delta, hay 60.000 embarcaciones entre Nordelta y San Isidro que no tenían dónde ir, hay tres restaurantes a los que llegás, te sentás en una silla de plástico y después te vas porque no tenés qué hacer”, explica López que entendió rápidamente que el lugar debía ser diferente, “ acá vienen, les gusta, se sienten cómodos y empiezan a traer a sus pares, es un cliente al que le gusta ser pionero, descubrir lugares, primero hacen una reserva para 15 personas y después nos contrata para un evento, es un boca a boca”. Pertenecer tiene sus privilegios y su costo, claro.

La apertura tiene un piso de 3.600 dólares para 12 comensales. Aún no cuenta con un sistema de membresías pero está dentro de los planes.

También están terminando de construir un glamping (la definición de un camping pero con alto glamour, práctica muy de moda en el mundo) donde las 16 carpas, que están ubicadas en altura entre los árboles, combinan la ilusión de la rusticidad natural, con las comodidades de un hotel cinco estrellas. Nada de colchonetas sobre el piso: amplios colchones, aire acondicionado y sábanas de algodón de muchísimos hilos.

A una esmerada propuesta de diseño y decoración se le suma una idea de gastronomía natural y orgánica basada en productos de alta calidad, estacionales y a un trabajo conjunto con los productores de la zona.

Cocina. “La chef mexicana Antonia Sánchez, mi socia, es el alma del refugio, sin duda alguna. Se especializa en pescados y mariscos, y tiene su huerta divina acá: esta cocina es algo único en el Delta”, agrega Lóppez. Antonia dejó su México natal hace 12 años y se instaló en Buenos Aires buscando nuevos horizontes. En el delta encontró un lugar ideal para desarrollase y sobre su concepto de cocina, aprendida en su hogar y en un restaurante familiar en el Valle de Bravo, se construyó la idea de Refugio 31, donde ella montó una gran huerta de donde provienen muchos de los productos utilizados en sus menús y donde comparte su experiencia con los productores locales. En poco tiempo se construyó una gran sinergia entre aquellos que viven en el Delta y apuestan por el producto artesanal, donde el compromiso está puesto en la excelencia de los ingredientes utilizados. “Incorporo mi cocina en cada menú, la que traigo desde la cuna”, cuenta Antonia, ”entendiendo lo que el cuerpo necesita.

Dentro del staff está Florencia, que es farmacéutica y con ella elegimos los productos por sus aportes, que muchos desconocen. Hacemos una limonada con lavanda que es un relajante natural; papas con romero que tiene beneficios digestivos, utilizamos aceite de cúrcuma que es desinflamatorio, trabajamos con productos del delta, miel, frutos secos, pescados, todo lo que la isla da lo incorporamos, colaboramos con los productores y los ayudamos a desarrollarse”. Cada palabra de Maximiliano sobre Antonia, deja entrever su admiración y respeto esta cocinera que supo desplegar su arte a miles de kilómetros de su hogar.

La idea de comunidad es central en Refugio 31 donde se busca también desarrollar experiencias como las clases de wake que dicta Alejo de Palma, campeón mundial de este deporte, “otro accidente hermoso que surgió cuando nos juntamos con tres amigos para traer a Alejo a Argentina, al principio solo le daba clases a nuestros hijos, después decidimos comprar camas elásticas y otros implementos necesarios para practicar, fue una necesidad que surgió de la comunidad”, explica Maximiliano, que sueña con crecer pero de forma controlada, para no perder lo más importante, que es el disfrute por hacer lo que más les gusta, con la gente que quiere.