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Mundo, Opinión / 1 de abril de 2019

Estados Unidos: crece el norte socialista

El efecto Trump polarizó al Partido Demócrata: proliferan las aspirantes mujeres a la presidencia y se radicaliza el discurso.

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candidatas. Ocasio Cortez quiere subir el impuesto a las riquezas. La senadora Warren dispara artillería pesada contra Wall Street. Klobuchar, voz atronadora en favor del aborto. Las tres suenan para la presidencia.

El Partido Demócrata está en estado de efervescencia. Proliferan dirigentes que hablan de “socialismo”, usan la palabra “revolución” si titubear, apuntan a Wall Street sin que les tiemble el pulso y proponen grandes impuestos para las grandes fortunas.

Por cierto, el socialismo al que se refieren no tiene por referente a Cuba ni a la extinta Unión Soviética, sino al modelo escandinavo de Estado de Bienestar. Y la “revolución” referida no cambia la institucionalidad vigente en Estados Unidos, sino que plantea hacerla más real u efectiva librándola de los lobbies del capital financiero y de las grandes corporaciones.

En cuanto a las propuestas para fortalecer la educación y la salud públicas, además de volver a vigorizar a las clases medias, no hay nada sustancialmente diferente a lo que Estados Unidos tuvo desde los gobierno de Franklin Delano Roosevelt.

Aún así, la efervescencia que puso a la oposición en transe socialdemócrata intenso, es un momento novedoso en casi medio siglo. En el terreno socio-económico, los demócratas se cohíben de volver a sus fuentes desde que Ronald Reagan impuso la “revolución conservadora”. Pero el hecho de que la deriva extremista de los republicanos haya desembocado en Donald Trump, desinhibió ideológicamente al partido de los Kennedy.

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Berny Sanders sacudió el tablero al competir vigorosamente en las primarias que terminó ganando Hillary Clinton, manteniéndose luego en el centro de la escena y conquistando el apoyo de los milenials, una juventud dispuesta a hablar de una educación universitaria que no los endeude y de una salud pública de excelencia para todos.

Klobuchar, voz atronadora en favor del aborto.

El discurso “radical” de Sanders dejó de ser una rara avis entre los demócratas. La congresista más joven de la historia, Alexandria Ocasio Cortez, planteó debatir una “Green New Deal” financiada con un impuesto a las riquezas que a los archimillonarios les parece confiscatorio. La senadora por Massachusetts Elizabeth Warren dispara artillería pesada contra Wall Street. Pete Buttigieg, un joven alcalde de Indiana, quiere convertirse en el primer candidato presidencial abiertamente gay, mientras que Kamala Harris busca ser la primer presidenta negra de la historia norteamericana.

En la lista de aspirantes mujeres a la postulación demócrata, hay otros nombres vinculados a posicionamientos vigorosos en defensa de la agenda progresista; como Amy Klobuchar, senadora por Minnesota cuya voz se vuelve atronadora cuando se trata de defender derechos femeninos como el aborto y la necesidad de enfrentar de manera decidida el cambio climático.
Esta efervescencia demócrata es vista desde la vereda opuesta como una ola de radicalización y extremismo. Pero está claro que la radicalización y el extremismo ocurren desde hace décadas en el Partido Republicano.

Reagan dio los primeros pasos, impulsando el neoconservadurismo cuya marca fue, precisamente, imponer una visión binaria y maniquea para descalificar como izquierdista todo lo que implicara defender la sociedad de bienestar que surgió de la New Deal y que, lejos de debilitarlo, le dio al capitalismo un momento de esplendor inigualable.

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El extremismo ultra-mercadista y partidario de desmantelar el Welfare State, resurgió en la década del ochenta con los “reaganomics” y engendró en su vientre un nuevo ultra-conservadurismo. Newt Gingrich fue el cruzado más combativo y, desde la presidencia de la Cámara de Representantes, hostigó y saboteó los gobiernos de Bill Clinton esgrimiendo su “Contrato con América” como una Biblia ideológica.

De aquellos linchamientos al demócrata de Arkansas surgió el “conservadurismo bíblico” que llevó a Bush hijo al Salón Oval. Pero el desvarío fundamentalista del presidente que lanzó “guerras santas” en Irak y Afganistán quedó a la izquierda de la siguiente ola recalcitrante: el Tea Party.

Ese movimiento ultraconservador gravitó sobre el Partido Republicano, empujándolo a posiciones extremas y a ejercer una oposición inescrupulosa y agresiva contra la administración Obama.

La deriva republicana abrió las puertas del viejo partido conservador al ideólogo anti-sistema Steve Bannon y su última creación: el magnate que llegó a la Casa Blanca elogiando el modelo político ruso y a su actual autócrata: Vladimir Putin.

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Desde los tiempos de la oposición rabiosa de Newt Gingrich contra Clinton, fueron los republicanos los que dividieron la sociedad en bandos, inoculando odio político en esa “grieta”. Y fue Trump y los herederos de los “reaganomics” los que usaron la palabra “socialista” para referirse a las posiciones socialdemócratas, a los defensores del Estado de Bienestar y a todo lo que cuestione el poder desmesurado de Wall Street y la gravitación determinante de las grandes corporaciones sobre el Capitolio y la Casa Blanca.

En la vereda ultraconservadora nadie parece recordar que fue con la New Deal y con el vigoroso Welfare State que Estados Unidos llegó al liderazgo económico y tecnológico mundial. Con aquel “socialismo” rooseveltiano se multiplicaron los multimillonarios y el capitalismo estadounidense le ganó la competencia espacial, social y económica al comunismo de la URSS.

Siendo republicanos, ni Eisenhower, ni Nixon, ni Gerald Ford, cambiaron el modelo socio-económico que fortaleció el “sueño americano” desde mediados del siglo veinte. Por cierto, hubo resistencias a las políticas de Roosevelt, pero la contundencia de los resultados inició justamente una nueva era. El capitalismo con Welfare State resultaba insuperable. Los neocons se rebelaron contra esa forma de capitalismo, impulsando la ideologización que lo considera “socialismo”.

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Ese ideologismo se expandió por Latinoamérica. Los llamados “neoliberales” oscilan entre la palabra socialista y la palabra populista para calificar a todo aquello que no repudie las políticas impositivas progresivas y las redes de protección social.
Con un archimillonario caricaturesco, racista y ultraconservador en la Casa Blanca, se despertó en el Partido Demócrata el sector en el que sólo se escuchaba la voz de Berny Sanders, y ahora resuena un coro con predominio de voces femeninas que también aspiran a pelear la presidencia.