Menú
Noticias Uruguay / 5 de abril de 2019

Mucho más que Manini

El relevo del comandante en jefe del Ejército dejó al descubierto las dificultades y diferencias sustanciales en la izquierda en relación con las Fuerzas Armadas.

Por

VÁZQUEZ Y MANINI. Un final conflictivo con la memoria de Fernández Huidobro como trasfondo. //Ilustración: Hogue.

El relevo del comandante en jefe del Ejército, Guido Manini Ríos, su fuerte protagonismo y su clara intención de proyectarse políticamente, no constituyen meros datos anecdóticos en el comienzo de la campaña electoral. Tampoco lo es el llamativo y prolongado silencio del expresidente José Mujica sobre el caso. Y de ningún modo es menor que al momento de asumir su cargo, el nuevo comandante en jefe José González Spalatto reivindicó de forma contundente y frente al propio presidente Tabaré Vázquez, la actuación del destituido Manini. Entre otros aspectos, destacó su inteligencia y su liderazgo y terminó su discurso con una frase sugestiva: “gracias, mi general”. Quedaba en claro que Manini no constituía un caso aislado en la fuerza de tierra.

Este episodio -en el que se cruzaron variables muy diversas- dejó al descubierto asuntos que van más allá de Manini Ríos e incluyen las dificultades y diferencias sustanciales en la izquierda en relación con las Fuerzas Armadas.

Desafío reiterado. Manini Ríos desafió al gobierno en reiteradas oportunidades y podría decirse que Vázquez quedó sin margen y solo le restaba hacer lo que hizo. Hay quienes consideran -sobre todo en el entorno de Manini- que el presidente preparó el terreno para su caída, al solicitar por escrito los planteos que le iba a realizar personalmente el militar. Y bien podría pensarse también que Manini se prestó a este juego, al no prohibirse de nada en su escrito.

Puede decirse entonces que cada uno -el presidente y Manini- movió sus fichas, a sabiendas de los movimientos del otro. Y que el desenlace no fue una sorpresa para ninguno de los dos. Manini pensando en la política y en un deterioro que no tenía marcha atrás. Y a Vázquez no le venía nada mal resolver este tema antes de que le explotara en plena campaña.

Y si, como se afirmó antes, nada de lo relatado constituye una anécdota, tampoco lo fue en su momento el impactante discurso de Manini Ríos tras la muerte de Eleuterio Fernández Huidobro, histórico número dos del MLN-T.

Mujica y Fernández Huidobro convirtieron a Manini en general y luego lo promovieron al máximo cargo del Ejército. Vueltas impensadas de la vida.

El MLN y el Ejército se habían enfrentado armas en mano en una época en la que nadie hubiera imaginado que Fernández Huidobro terminaría siendo ministro de Defensa; el mismo que en 1972 fue uno de los protagonistas de las negociaciones secretas en los cuarteles, que se reiteraron en otros ámbitos, a la salida de la dictadura, para acordar algunas reglas de juego para el futuro. Allí estaban como actores muy relevantes los Tenientes de Artigas, organización que tuvo su origen en una corriente militar antibatllista y contraria a la Masonería (que hoy integra el presidente Vázquez) y que fue clave en la gestación del golpe de Estado y a la que se integró Manini.

Silenciosos y contrastes. Para comprender el silencio de Mujica, entonces, hay que tener en cuenta todo esto. Y no olvidar que en su momento Mujica peleó por dos objetivos que no consiguió, pero respondían a la misma lógica: 1) siendo presidente fue al Parlamento a pedir a sus legisladores que no votaran la anulación de la Ley de caducidad; 2) propuso la prisión domiciliaria de los militares involucrados en delitos de derechos humanos, bajo el argumento de que no quería más “viejos” en la cárcel.

Es la lógica de los “combatientes”, según se ha repetido y a la que hizo alusión el general aviador retirado José Bonilla en el programa “Para Empezar el Día” de radio Oriental.

“Fernández Huidobro hablaba nuestro mismo idioma”, había dicho Bonilla en otra entrevista con César Bianchi en Montevideo Portal. Y añadió: “yo creo que él conocía la situación militar porque el Movimiento de Liberación Nacional era un aparato armado, con códigos y una estructura piramidal también. Creo que ahí tenemos muchos puntos de contacto (…) Yo tenía por el exministro Huidobro un gran respeto porque él era un estudioso de los temas, no tocaba de oído”.

Y en otra entrevista con Mónica Bottero para NOTICIAS, Bonilla estimó que probablemente se hubiera considerado destituir al jefe del Ejército luego de su arresto a rigor en setiembre del año pasado. “Pero alguien, inteligentemente, en el Gobierno dijo ‘si lo echamos, lo vamos a poner allá arriba’”.

Bonilla -con dos hermanos presos en la dictadura- sabe de lo que habla: sin ser frentista, fue comandante en jefe de la Fuerza Aérea, jefe de los servicios de Inteligencia y director del Estado Mayor de la Defensa (Esmade) durante la gestión de Mujica.

El contraste entre lo señalado por Bonilla y el propio Manini acerca de Fernández Huidobro y lo que dijo el militar destituido respecto de las actuales autoridades, es drástico: burócratas e insensibles fueron dos de los calificativos lanzados por el excomandante.

Cabe recordar que en 2003 Fernández Huidobro mantuvo un encendido debate con Hugo Cores, defendiendo la postura de no derogar los artículos más polémicos de la Ley de caducidad. Ambos se enfrentarían nuevamente cuando Fernández Huidobro defendiera la no extradición de los militares acusados por el caso de la muerte del agente chileno Eugenio Berríos.

Cuando el ministro murió, Manini aseguró que las Fuerzas Armadas le debían un homenaje al exguerrillero. “Su capacidad de análisis singular de la realidad y de la actualidad -sostuvo- lo llevaron a entender perfectamente que quienes atacaban a las Fuerzas Armadas, quienes buscaban debilitarlas, destruirlas, suplantarlas por una Guardia Nacional, que detrás de ellos estaban los centros de poder mundial, a los que él combatió durante toda su vida. Eso le despertó críticas y enemigos, pero era un hombre valiente, un gladiador, convencido de que estaba en lo cierto hasta el último de sus días”.

Queda muy claro que la muerte del ex número dos de la guerrilla significó la ruptura de un puente clave en la conducción política del Ejército.

Entre Chávez y la moderación. Este episodio permite vislumbrar, en una de sus tantas lecturas posibles, las dificultades y algunos fracasos de la izquierda en relación a las Fuerzas Armadas, dificultades que en buena medida se refieren a las diferentes visiones y aun los distintos proyectos que han convivido estos años dentro del oficialismo respecto de los militares y su futuro: desde las señales de moderación del presidente Vázquez, a la propuesta de Lucía Topolansky de conquistar el apoyo político de los militares citando al líder venezolano Hugo Chávez como ejemplo.

El mismo Chávez -vale la pena recordarlo una vez más- no fue recibido por el general Líber Seregni debido a sus antecedentes golpistas y era el referente de los Carapintadas argentinos y de la Guardia de Artigas de Uruguay.

Cuando Vázquez llegó al gobierno por primera vez, debió afrontar -entre tantos desafíos simultáneos- la conducción de unas Fuerzas Armadas que durante mucho tiempo habían visto a la izquierda y, sobre todo a una parte de ella, como a un enemigo.

En ese contexto debió buscar militares de confianza para determinar ascensos y designar mandos en unas Fuerzas Armadas con oficiales de tradición colorada y blanca, por lo que buscó otro camino: el de la identidad en la Masonería que él integra.

Vázquez, desde que fue intendente, se dedicó a sembrar un camino de confianza con actores tan complicados y cruciales como los inversores extranjeros, Washington y los propios militares. Y durante un buen tiempo no quiso saber nada con el revisionismo. Existe al respecto abundante documentación periodística.

En su primer gobierno hubo confusiones y presuntos malentendidos en los que algunos militares se mostraban supuestamente dispuestos a colaborar en la búsqueda de desaparecidos y terminaron presos o requeridos. Apelando nuevamente a la entrevista de Bonilla en Montevideo Portal, este dijo: “no hay un código de silencio, es muy simple: el que habla es perseguido. Mire a (el capitán de navío Jorge) Tróccoli”. Hubo también información falsa.

En medio de aquellos debates surgió la voz de la senadora y actual vicepresidenta Lucía Topolansky, proponiendo captar políticamente a los militares. “Queremos que piensen en el Frente Amplio como una opción porque nos asegura el famoso nunca más”, dijo Topolansky, en un discurso en Tacuarembó, reiterando conceptos que había realizado a la agencia argentina Télam. Y añadió: “nosotros tratamos de hacer un trabajo en esas cabezas (…) Si los ponemos de nuestro lado podremos sobrellevar cosas. A Chávez en Venezuela lo salvó la movilización de la gente y un puñado de militares leales que fueron decisivos (…) preciso por lo menos un tercio de la oficialidad y la mitad de la tropa de mi lado. Me gustaría todo”.

Los dichos de la legisladora generaron un temporal político y molestaron incluso al entonces comandante Pedro Aguerre, hijo de un histórico militar frentista que estuvo preso. Pero el propio Fernández Huidobro se ocupó de ponerle freno con un comunicado público: “En este Ministerio trabajan en total armonía personas provenientes de distintas fuerzas del espectro político nacional”, señaló. Y desmintió otras afirmaciones de Topolansky.

Muchos ingredientes para una receta complicada. En cualquier caso, como se puede apreciar al repasar este conjunto de hechos (se podrían citar unos cuantos más), lo ocurrido con Manini Ríos constituye un episodio importante, pero en todo caso solo es el síntoma de algo más profundo.

*PERIODISTA. Doctor en Diplomacia y Magister en Ciencia Política.