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En la mira de NOTICIAS / 16 de abril de 2019

Notre Dame, el símbolo perfecto… pero ¿de qué?

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Incendio en Notre Dame.
La histórica postal del fuego en Notre Dame.

Hasta ahora, la destrucción de la catedral más famosa de Francia constituye un crimen perfecto. Como no se conocen claramente las causas, tampoco queda claro quién es el culpable. Y esa duda deja un vacío de sentido ideal para estos tiempos de significantes flotantes, a la búsqueda frenética de significados.

Primera lectura inquietante: por esas mañas del destino, al igual que en la tragedia del atentado de Manhattan en 2001, ahora también hay dos torres gemelas ardiendo ante una audiencia global. No por casualidad el nombre “Torres gemelas” es tendencia en las redes sociales desde que se encendió la vieja dama parisina. Pero dos diferencias no menores separan un acontecimiento del otro. Aquí no ha habido, al menos que se sepa, muertos, a diferencia de la masacre urbana que significó el atentado en Nueva York. Lo cual le quita morbo y profundidad al dolor del incidente de París: ideal para el despliegue comunicacional propio de esta era de “prosumidores” de selfies con epígrafes ingeniosos y ambición viralizante.

(Leer también: VIDEO: Cómo se construyó la catedral de Notre Dame)

Esta es la diferencia clave entre ambas tragedias: en 2001, no había Facebook ni Twitter ni Instagram. Todavía reinaba la tele.  Aunque los intelectuales bautizaron el atentado de las Torres Gemelas como el hito que dio comienzo al siglo XXI, hoy nos damos cuenta de que el nuevo siglo -por eso de que la Historia repite como farsa la tragedia original- adquiere su rostro definido en el timeline universal e incansable de las redes.

Son las redes con su lógica ansiosamente argumentativa, más allá de los datos chequeados y procesados por la reflexión, las que alimentan las interpretaciones más diversas y acaso disparatadas. Linkeando el incendio de Notre Dame con el de las Torres de Manhattan, muchos tuiteros lanzaron la hipótesis de un atentado terrorista e islámico en el corazón de París: es cierto que no faltan antecedentes de ataques en esta ciudad, que además vive en estado de conmoción por sus propios conflictos callejeros violentos, identificados con los chalecos amarillos.

A la sospecha anti islamista se sumaron entonces los xenófobos que quieren ver en la caída de la catedral católica el símbolo exacto de la decadencia cultural de la identidad francesa, y aprovechan para convocar el despertar del catolicismo más rancio, conminando a Macron a defender de una vez por todas la tradicional identidad francesa. El presidente Macron, a su vez, trató de estar a la altura de las circunstancias, poniéndose al frente de los lamentos pero también de la épica restauradora de lo que queda del monumento destruido por las llamas. Y su gesto despertó el altruismo corporativo de varios mecenas millonarios que anunciaron rápidamente sus donaciones para la causa de la chamuscada Dama de París.

Se entiende que la catedral quemada sea tan propicia como bandera cultural, por su centralidad en la historia urbana parisina, sus huellas en la literatura francesa y hasta en la industria del entretenimiento diseñada por The World Disney Company. Por eso se desata, como sucedió tras la tragedia de 2001, una pulseada patética entre cínicos que festejan otro tropiezo del reinado occidental contra hipócritas guardianes de la humanidad presuntamente civilizada. Todo enmarcado por el telón de fondo de millones de posteos de turísticas postales, recuerdos tan individuales como serializados en torno a las visitas a Notre Dame, una de las mayores atracciones para los viajeros de todo el planeta. Como la del Ground Zero y aún más, esta desgracia parece alimentar principalmente la filosofía kitsch.

Porque hiere tantas sensibilidades, esta clase de eventos requiere de la mayor delicadeza y precisión para etiquetarlos. Pero quién tuviera el don del equilibrio del valiente Philippe Petit, aquel mimo, mago y acróbata que, a principios de los 70 (otra era turbulenta), caminó sobre un cable que unió las Torres Gemelas del World Trade Center tras haber ensayado la hazaña entre las torres de la Catedral de Notre Dame, anticipando así un vínculo entre el entertainment y la angustia por la finitud humana que hoy nos tiene en vilo frente a demasiadas pantallas.

*Editor ejecutivo de NOTICIAS.