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Sociedad / 11 de mayo de 2019

Fe y polémicas: el otro Jesús

Qué puede revelar la ciencia sobre la vida real de Cristo. Su hermano “disimulado” por la Iglesia. El valor de los evangelios. Tabúes en torno a María. ¿Insurgente o predicador pacifista? 

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Un hombre-Dios sometido al escrutinio del siglo XXI. Así podría resumirse el uso de las herramientas del pensamiento científico que pone a prueba lo que creemos saber sobre Jesús. Y de cómo una oscura secta judía saltó de Palestina para convertirse en una religión universalista y poderosa.

Esta tendencia en la indagación académica baja al llano con una proliferación de películas y miniseries que se postulan transgresoras de la historia oficial, comoMaría Magdalena en el cine, o la miniserie anunciada para esta Semana Santa por History, “Yo conocí a Jesús”. Un género en expansión desde que la novela de Dan Brown “El Código Da Vinci” –boom mundial con más de 80 millones de ejemplares vendidos y luego llevada al cine– probó que las indagaciones en torno a los misterios de Jesucristo se llevan bien con el pochoclo.

Pero entre las teorías conspirativas religiosas de alto impacto y la rigidez de los dogmas católicos hay una brecha. Es la que ocupan investigadores de todo el mundo abocados a someter las creencias religiosas a métodos científicos para revelar qué certezas existen sobre el Jesús real.

Dada la casi nula existencia de pruebas arqueológicas, los investigadores sólo pueden analizar los textos que testimonian su vida entre evangelios canónicos, apócrifos y menciones por fuera del mundo cristiano, entrecruzar la información, tomar por consistentes los datos en los que coinciden distintas fuentes y trazar correspondencias de época para reconstruir la vida de Jesús.

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La primera pregunta, que inhibe a todas las demás, es si efectivamente es comprobable la existencia de un Jesús histórico. Es la cuestión en la que se ha conseguido mayor consenso. Si bien hubo un movimiento sobre la segunda mitad del siglo XIX de historiadores para quienes la figura de Jesús era por completo un relato mítico, actualmente la hipótesis perdió fuerza. Se da por cierta la existencia de un hombre identificado como Yeshua ben Yosef (Jesús el galileo), crucificado en Jerusalén en tiempos de Tiberio hacia el año 30 DC.

Poco se ha sabido, en cambio, sobre la familia de la que provino. El historiador e investigador del CONICET Mariano Spléndido dice que “los únicos dos evangelios que cuentan la infancia de Jesús son Lucas y Mateo. Ofrecen indicios débiles. Les preocupa presentar a sus padres como judíos observantes, gente trabajadora y justa.” A José sólo se lo menciona como un hombre sencillo que trabajaba con sus manos, más probablemente un albañil que un carpintero, cuya imagen desaparece fuera de esas menciones por lo que se supone que murió antes de la pasión de Cristo.

Pero el gran tabú en torno a los orígenes de Jesús se centra en si, como lo sugieren varias menciones literales, tuvo hermanos carnales, dato que remite directamente a la –incuestionable para la Iglesia– virginidad de María.

El hermano Santiago. Los evangelios canónicos (es decir, los aprobados por el Catolicismo y que integran el Nuevo Testamento) hacen varias menciones a los hermanos de Jesús, pero el que se convierte en un personaje importante por su rol en la organización de los primeros cristianos es Santiago (Jacob) mencionado con frecuencia como “el hermano del Señor” y “el Justo” (ver columna pág. 102). Los otros hermanos referidos son Judas, Simón y José, pero el nombre de Santiago siempre aparece primero, lo que sugiere que era el mayor. El historiador judío no cristiano más remoto, Flavio Josefo (nació en el 37 y murió en el 100 DC) también describe a Santiago como “el hermano de Jesús llamado el Cristo”. Hay asimismo referencias a hermanas mujeres, pero nunca son mencionadas por sus nombres.

El dogma eclesiástico de María “siempre virgen” (antes y después del nacimiento de Jesús) volvió incómodas estas referencias e hizo que la figura de Santiago fuera opacada y disociada de un parentesco propicio para el debate. En realidad, el Nuevo Testamento no dice nada acerca de que María fuera una virgen perpetua; dice que ella concibió a Jesús por intervención divina. En la visión protestante, Jesús es presentado como el hermano mayor que deja a su familia para recorrer Galilea y Judea, desempeña un ministerio y deja a Santiago y a los otros hermanos y hermanas a cargo de la familia. Lo que es más polémico en esta hipótesis es el hecho de que Jesús, el primogénito, abandonó su obligación al frente del clan después de la muerte de José. Por lo tanto, Santiago fue quien debió llenar el vacío.

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Antonio Piñero, catedrático de Filología del Nuevo Testamento de la Universidad Complutense, asegura que “lo que interesa a los evangelios de Mateo y a Lucas es dejar claro que el héroe Jesús tuvo un nacimiento misterioso”. Lo que hiciera después María no les importa. “En la Iglesia primitiva –dice– nadie defendía la virginidad absoluta de María. Sólo a partir de San Jerónimo, en el siglo IV, se postula la virginidad física y total de María.”

Los relatos más antiguos acerca de Jesús, como las cartas de Pablo y el Evangelio de Marcos, apenas dan a entender un origen distinto al de cualquier otro ser humano. El historiador de las religiones de la Universitat Autónoma de Barcelona Fernando Bermejo Rubio cree que “una lectura de Isaías (el antiguo profeta de Israel) puede haber generado la historia de un nacimiento virginal, ideas corrientes en el mundo grecorromano en el que sobraban referencias a mujeres que concebían un hijo con un dios.

Que el origen de Jesús se haya trazado con inspiración en el Antiguo Testamento lo sugieren otras coincidencias, como que tras su nacimiento José y María hayan tenido que huir al desierto para evitar que lo asesinaran por orden del rey temeroso a que nazca un mesías salvador del pueblo judío. Lo mismo que Moisés.

Es interesante observar que aunque para quienes relataron los textos lo más lo relevante es que Jesús sea el hijo de Dios, con la genealogía de José se busca emparentarlo a la dinastía bíblica de David. Sólo así podría ser admitido por los judíos de su tiempo como el Mesías.

Hogueras recientes. Desacreditar información considerada inapelable por la Iglesia tiene sus riesgos, aunque no ya como en el pasado. En el siglo XVIII, el catedrático hamburgués Hermann Reimarus, pionero de la crítica bíblica, no se atrevió a difundir sus investigaciones en vida. De la “Apología en defensa de los adoradores racionales de Dios”, escrita entre 1774 y 1778, sólo se publicaron fragmentos, como anónimos, tras su muerte. En 1814, su hijo Albert legó el manuscrito completo a la biblioteca de Hamburgo, que no se publicó completo hasta 1972. Así, desde la clandestinidad, Reimarus había iniciado el movimiento de búsqueda del Jesús histórico. En su análisis, no fue un Mesías trascendente sino un predicador que anunciaba algo que los judíos esperaban: la llegada del reino de Dios, que significaba lisa y llanamente el fin del reinado romano en Judea. Para Reimarus, tras la sorpresa de la muerte de Jesús y la desesperanza por el incumplimiento de su pronto retorno, los discípulos construyeron una segunda idea del reino de Dios: la salvación.

La segunda etapa de la investigación sobre el Jesús histórico la abrió el erudito alemán protestante Ernst Käsemann a partir de los años ’50 del siglo XX. Se centró en la predicación de Jesús y trató de elaborar los criterios para discernir sus palabras auténticas contenidas en los Evangelios.

Por la misma época, otro creyente, el pastor luterano Albert Schweitzer (Nobel de la Paz en 1952, al que Einstein calificó como el hombre más grande del siglo XX) escribió que “el Jesús de Nazaret que se presentó como Mesías, proclamó la ética del reino de Dios, estableció en la tierra el reino de los cielos y murió para consagrar su obra, no ha existido. Su figura –postuló– fue ideada por el racionalismo, impulsada por el liberalismo y dotada de carácter histórico por la teología moderna”.

Detrás de esos postulados es que a finales del siglo XX se inició la última ola de estudios sobre Jesús que continúa hasta el presente, conocida como la Tercera Investigación. No parte de presupuestos teológicos como la primera, ni trata de establecer con precisión la prédica de Jesús a partir del estudio de los textos evangélicos, como la segunda. De lo que se trata ahora es de situar a Jesús en su tiempo, para decodificar su mensaje y detectar verdades y falsedades. Muchos de los investigadores de esta tercera búsqueda relativizan el valor de los evangelios canónicos (los que integran el Nuevo Testamento) porque consideran que pertenecen a una fase en la que la imagen de Jesús ha sido tergiversada por la superposición del Cristo de la fe.

Como parte de esta corriente, en 1985 Robert W. Funk fundó el proyecto Jesus Seminar, que funciona en el Westar Institute de Sonoma, California. Entre sus integrantes figuran más de setenta investigadores del Nuevo Testamento, cuyas investigaciones suelen disgustar a las iglesias tradicionales.

El problema de las fuentes. ¿Qué registros prueban la existencia de Jesús por fuera del relato cristiano? “Apenas dos o tres breves menciones de los romanos Suetonio y Tácito, y unas pocas líneas del historiador judío Flavio Josefo, contemporáneo de los sucesos”, escribe el historiador francés Marcel Simon, autor de “Los primeros cristianos”. Pero “los retoques y las interpolaciones (agregados) cristianos son tan evidentes que no nos sirven de mucho. Así es que quedamos reducidos a las fuentes cristianas, es decir a los escritos del Nuevo Testamento”. Básicamente los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

El primer problema que presentaron esos evangelios canónicos al ser abordados científicamente es el conflicto de datación. No hay unanimidad con respecto a la cronología de su producción pero sí se descarta que el de Mateo sea el más antiguo, como lo indicaba la tradición religiosa.

Hay consenso en señalar al Evangelio de Marcos como el primero en haber sido escrito, entre los años 70 y 75 DC. Es un texto dirigido a la comunidad cristiana helenística radicada en el imperio romano. Los evangelios de Mateos y Lucas se habrían redactado en forma paralela entre los años 70 y 100 DC. Y el más tardío, el de Juan, entre el 100 y el 110 de nuestra era. Es el de finalidad propagandística más explícita. Enuncia incluso que fue escrito “para que creáis que Jesús es el Mesías.” Son los relatos evangélicos más literarios e imaginativos.

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Sabemos ahora que los cuatro evangelios canonizados son obras escritas en griego –por lo que han debido adaptar las citas atribuidas a Jesús, que hablaba en arameo–, de autoría desconocida y que aunque adjudicados a nombres populares probablemente han sido sometidos a reescrituras de varias personas. Además, los hechos narrados sucedieron al menos medio siglo antes. Y su propósito no era dar un testimonio histórico sino persuadir acerca del carácter divino de Jesús.

El catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Cantabria, Ramón Teja, explica que “en la Antigüedad era muy frecuente, tanto entre los judíos como entre los cristianos o los griegos, atribuir un escrito a un personaje famoso para darle mayor autoridad. Es lo que se denomina la pseudoepigrafía o autor falso. Casi todos los escritos del Nuevo Testamento, y en concreto los cuatro evangelios canónicos, son pseudoepígrafos y lo son también los numerosos evangelios, cartas, actas apócrifas y gnósticas de los siglos II y III que han llegado hasta nosotros”. Según su análisis, que se haya optado por mencionar doce apóstoles entre los más cercanos a Jesús no es azaroso. “Son un símbolo de los doce hijos de Jacob, que dieron nombre a las doce tribus de Israel”. Y también trazó otro paralelo: “Fue precisamente un Judas el que, según la narración bíblica (Génesis 37, 26 ss.), propuso a sus hermanos vender a José a los comerciantes egipcios por veinte monedas de oro. La narración de la traición de Judas en el evangelio de Mateo, que como los demás evangelios tiene un fuerte contenido antijudaico, parece una clara evocación de la traición por dinero del pueblo judío a sus hermanos primero y a Jesús después”.

Cofundador del Jesus Seminar, John Dominic Crossan destaca la importancia del análisis estratigráfico no sólo en los yacimientos arqueológicos, sino también en los libros evangélicos. Es decir, descubrir, al analizar los contextos, las “capas” de escritura a que pudieron ser sometidos. Y con qué intencionalidad.

Respecto del resto de los textos que integran el Nuevo Testamento, Marcel Simon afirma que “la autenticidad de las epístolas católicas atribuidas a Santiago, Pedro, Juan y Judas, todos ellos discípulos de los primeros momentos, no está ni mucho menos confirmada y admitida unánimemente por los críticos”. Como la mayoría de los investigadores, considera que lo esencial de la documentación disponible lo constituye, en cambio, el libro de los Hechos de los Apóstoles y las epístolas paulinas.

El autor de esas cartas, Pablo de Tarso, fue un fariseo (grupo religioso judío) que hostigó a los primeros cristianos pero que se convirtió a esa fe tras la muerte de Jesús quién, según su relato, se le reveló resucitado. Las epístolas de Pablo son los documentos cristianos más antiguos y atribuibles a una persona concreta. Que además fundó los primeros centros de evangelización del imperio romano. A partir del año 37 misionó por Asia Menor y Europa, manteniendo su cuartel general en Antioquía. Lo paradójico es que, pese a haber sido su contemporáneo no conoció a Jesús, pero se convirtió en el mayor difusor de su mensaje entre las sinagogas de la diáspora.

¿Insurgente o predicador pacifista? Autores como Bermejo Rubio creen que los evangelios licuaron el perfil anti-romano de Jesús, lo muestran inocuo ante el imperio para garantizar la supervivencia de los creyentes. “Son textos compuestos para consumo interno de las comunidades en que surgieron y por tanto son escritos de autolegitimación. El guión refleja mitemas (N de la R: modelos míticos presentes en otras tradiciones) aunque no hayan tenido una voluntad de engaño”. Es de los autores que opinan que, aunque Jesús creyese que la liberación de los enemigos se produciría en última instancia por medios sobrenaturales, no implica que pensara que los hombres deberían esperar pasivamente ese momento. El proyecto de Jesús habría tenido una dimensión política y nacionalista. “Ese pacifismo estilo Ghandi –dice– no era un postulado en el mundo mediterráneo antiguo ni en el judaísmo ni en la cultura grecorromana”.

Los investigadores del Jesus Seminar que avalan esta hipótesis creen que hay muchos indicios de que el perfil insurgente de Jesús fue visto como un peligro por las autoridades imperiales. A saber: la crucifixión estaba contemplada para casos de insurgencia a la dominación romana en Israel, no para delitos menores. Y los partidarios de los insurgentes estaban sujetos al mismo castigo, lo que explicaría que, según los evangelios, todos los discípulos huyeron. Además resulta inverosímil el proceso de Jesús ante el Sanedrin, el consejo supremo de los judíos, relatada por Marcos y Mateo. Porque para la ley mosaica la blasfemia (postularse como el Hijo de Dios) se castigaba con lapidación, y no habrían necesitado de la intervención de las autoridades romanas. Este análisis tampoco le otorga crédito a la imagen del prefecto romano Poncio Pilatos como un títere dispuesto a obedecer la voluntad popular para indultar condenados al proponerles elegir entre Jesús y Barrabás. Y no existen indicios de que ésta fuera una costumbre romana en tiempos pascuales.

John Meier, autor de “Un judío marginal”, la obra más extensa sobre la figura de Jesucristo, que hasta el momento consta de 5 volúmenes (el último publicado en 2017) se diferencia de esa mirada. Presenta como marco de la prédica de Jesús una Galilea más bien pacífica, y no comparte la opinión de los que sostienen que en este territorio ya se manifestaba la agitación antirromana que culminaría con la guerra de los años sesenta. Cree que su mensaje estuvo dirigido, principalmente, a los marginados de la comunidad social y religiosa, y que criticó las formas convencionales de la religiosidad oficial y la interpretación de la Ley que daban los maestros.

Por lo demás, hay criterio unánime en cuanto a que el relato de la flagelación de Cristo es perfectamente verosímil pero la polémica se retoma tras la muerte. “Por regla general, las víctimas de una crucifixión quedaban insepultas”, postula Crossan. Perdían el honor a un enterramiento digno por lo que no parece probable la idea de un sepulcro del que habría desaparecido el cuerpo de Jesús.
Albert Schweitzer, para quien investigar la vida de Jesús siendo cristiano supuso un acto de gran honestidad científica, estaba convencido de que nada de esta información cambia para las personas de fe lo esencial de sus convicciones. “Jesús sigue teniendo un significado en nuestro mundo porque de él surgió una poderosa corriente espiritual –dijo– que no puede ser quebrantada ni consolidada por ningún conocimiento histórico”.

 

* EDITORA Ejecutiva de NOTICIAS.