Menú
Opinión / 31 de agosto de 2019

Macri logró alcanzar una deuda insostenible

Por

Policías antiterrorismo vigilan las inmediaciones de la bolsa de Nueva York.
Policías antiterrorismo vigilan las inmediaciones de la bolsa de Nueva York.

Winston Churchill dijo, refiriéndose a los grandes héroes de la Fuerza Aérea Real Británica, que “nunca tantos le habían debido tanto a tan pocos”. Para la Argentina de hoy, parafraseando a Churchill, la aseveración para las acciones del gobierno del presidente Mauricio Macri es el que “nunca tan pocos le habían debido tanto a tantos”. El compromiso limitado de Macri de cambiar en serio a la Argentina y, en cambio, buscar incesantemente postergar las reformas o cambios por lo que los argentinos lo votaron, junto con un populismo que alcanzo su máxima expresión en las últimas semanas y una incompetencia excedida, en el que en cada momento se tomaron las peores decisiones, han llevado a la Argentina a un nuevo default. Por primera vez en la historia argentina un gobierno no puede pagar la misma deuda que emitió, lo que sugiere también que Macri logró alcanzar una deuda insostenible y llegar al default en tiempo récord. El problema es de solvencia, y no de liquidez.

La mayor deuda de Macri, sin embargo, no es con los mercados financieros, sino con los argentinos. La diferencia es que la deuda de Macri con los argentinos es impagable. Por toda su preocupación de gobernar para los mercados financieros, Macri se olvidó que su único mandato es el de gobernar para los argentinos.

El nuevo ministro de Hacienda, Hernán Lacunza, anunció este miércoles que el Gobierno pospondrá el pago de 7.000 millones de dólares en pagos de notas locales a corto plazo para inversionistas institucionales, buscará un “reperfilamiento voluntario” de 50.000 millones e iniciará conversaciones con el Fondo Monetario Internacional a la brevedad para refinanciar los 44.000 millones que ha recibido del FMI. El peso y los bonos argentinos se han desplomado desde que el Gobierno persiguió incesantemente una política de sobreendeudamiento, es decir un nivel de deuda como proporción de su economía que la Argentina no tiene capacidad de pagar y, en consecuencia, es insostenible. El total de la deuda de corto plazo en default o por entrar en default es de 101.000 millones, apenas por debajo de los 103.000 millones del default de 2001. La diferencia es que esta es solo una parte de la deuda total.

El cambiar unilateralmente o incumplir con los términos y condiciones de los contratos de deuda que tiene la República Argentina constituyen un default. El default se dio el pasado miércoles 27 de agosto y será decretado en breve cuando la Asociación Internacional de Swaps y Derivados decrete que los seguros para protegerse de un default pueden ser cobrados, lo que tendrá lugar en cualquier momento. El default “selectivo” se refiere a que se dejará de pagar cierta deuda específica señalada por el Gobierno y, al no pagarse esta pero no tener vencimientos de otra deuda, solo la afectada es la que entra en default. Sin embargo, el evento de default se da en el momento en que el se cambian unilateralmente cualquiera de los términos del contrato, incluyendo por supuesto las fechas de pago. El default selectivo afecta a los bonos y letras que ya se han dejado de pagar. Una vez que se entra en default, una parte importante de la deuda restante, especialmente de la deuda en dólares bajo legislación extranjera, se decreta como vencida y tiene que pagarse inmediatamente, esto con el fin de que los tenedores de la deuda que aún no vence no pierdan sus derechos de cobro. En este sentido, el default es un acto de manifiesta voluntad de repudiar los contratos de la deuda.

Si bien el Gobierno señaló que la restructuración de la deuda será voluntaria, la realidad es que el Gobierno sabe que la participación voluntaria será mínima, ya que siendo un gobierno que probablemente termina su mandato en menos de dos meses y, en consecuencia, no teniendo ya la autoridad para negociar la restructuración que le corresponderá realizar al nuevo gobierno, no podrá acordar nada. Debido a este problema insuperable, el Gobierno presenta la coyuntura como un problema de liquidez, cuando en realidad es un problema de solvencia: la economía argentina no puede mantener el sobreendeudamiento alcanzado. Esto es precisamente lo que está pasando.

Lo único que debería haber anunciado el Gobierno este miércoles era el inicio de una renegociación de la deuda y del programa con el Fondo Monetario Internacional, en donde hasta hace poco sin duda tuvieron un gran apoyo y receptibilidad. Aplazar los pagos de los vencimientos del FMI cuando este fue el ultimo en entrar con endeudamiento para la Argentina, mas sería el primero en salirse, siempre condicionó la confianza de los inversionistas y limitó cualquier posibilidad de éxito del programa. El FMI, especialmente con un financiamiento tan elevado, debería de haberle dado a la Argentina por lo menos una década para repagar, descomprimiendo los vencimientos y dando un voto fuerte de confianza. Refinanciar lo que es impagable para la entidad multilateral es algo que el propio FMI sabe que tendrá que darse. El problema es que el FMI ya no puede llegar a acuerdos con un gobierno que seguramente tiene los días contados. Además, las medidas populistas de Macri en las últimas semanas y de manera unilateral, tanto ante los gobiernos de las provincias como también sin la aprobación formal del FMI, sugiere que el propio equipo negociador del Fondo tendrá dificultades en persuadir al Consejo del organismo de darle aún más a la Argentina. El default ya se decretó, como lo señaló la agencia calificadora S&P, lo que es imperativo es evitar las corridas bancarias que generen una contracción masiva del crédito y la salida de capital que lleven a la Argentina a una nueva depresión.

Debido a este gran objetivo, y así como la última corrida cambiaria marcó el fin del gobierno de Macri, el default marca el principio de otro gobierno. El problema, por supuesto, es que adelantar el default va en contra de la prioridad constitucional de terminar el mandato. Aun así, ya es casi imposible para el gobierno de Macri terminar al no poder iniciar un proceso serio de restructuración con el apoyo crítico del Fondo Monetario Internacional. Es este apoyo lo único que debería de haber anclado el Gobierno esta semana, y no lo hizo. La diferencia de tener o no al FMI es el poder llegar a acuerdos rápidos, como lo hizo Uruguay en el 2002-03.

Lo único que puede limitar las corridas bancarias que anticipan las restricciones de capital que tendrá que imponer el Gobierno es que el Banco Central finalmente se avoque a reducir seriamente las presiones de liquidez que acelerarán las corridas. La sociedad se mantiene expectante de las decisiones que tome el próximo gobierno y, en particular, del rol que pueda asumir el Fondo Monetario Internacional para evitar nuevamente abandonar al país cuando más lo necesita, como lo hizo en diciembre de 2001. El FMI tiene una gran responsabilidad y también una gran oportunidad para ayudar a la Argentina, como lo hizo exitosamente con Uruguay, en realizar una restructuración rápida y exitosa que le permita tener políticas fiscales y monetarias serias y sostenibles hoy, y no en un futuro surrealista inalcanzable.

Cuando la Argentina logró la salida del default en 2005 hubo dos cosas que fueron críticas para la restructuración exitosa. Primero, la determinación del gobierno del presidente Néstor Kirchner y su equipo económico, Roberto Lavagna y Guillermo Nielsen, de tener un superávit fiscal de por lo menos 3% del PIB a través de un control estricto del gasto público y con un enfoque de reducir rápidamente la inflación, la que sin duda da los mayores golpes a la gente pobre y más vulnerable. Esto fue ampliamente superado en esos años. Y segundo, que la extraordinaria experiencia de Nielsen le dio a la Argentina a su mejor negociador, con un balance único de poner ante todo el interés de los argentinos y, al mismo tiempo, alcanzar compromisos que le dieran oportunidad y una salida a los inversionistas.

En esa oportunidad, nuestra recomendación fue el de imponer una quita que asegurara que la economía argentina podría volver a crecer de inmediato, es decir que la deuda fuera sustentable inmediatamente, y el de emitir Unidades de Crecimiento (los GDP warrants) para que a través de ese crecimiento pudiera asumir en el tiempo con base en resultados una mayor capacidad de repago. La quita fue la mayor alcanzada en la historia moderna de los mercados financieros al llegar al 67% del principal por restructurarse. Cualquier número por debajo de esto implicaba estar de vuelta en default en unos meses.

Las Unidades de Crecimiento fueron críticas porque daban una oportunidad de repago en el tiempo con base en resultados únicos. Al principio, nadie las quería porque dudaban, como se duda hoy, de la capacidad de crecer de la Argentina. En los años siguientes, la Argentina creció a un promedio del 9% y las Unidades de Crecimiento pasaron de valer dos centavos a tener un valor tan elevado que el siguiente gobierno optó por recomprarlas. La quita efectiva pasó del 67% en junio de 2005 a alrededor del 43% cuando fueron recompradas, una vez que se incluyen los repagos adicionales que generó el crecimiento que superó el crecimiento conservador del 3% que necesitaba la restructuración para ser exitosa. El crecimiento fue tres veces mayor.

Un desempeño fiscal de inicio sólido, por diseño, y un equipo económico independiente y capaz fue lo que hizo exitosa a la restructuración de junio de 2005. Sin duda, estas fueron dos de los tres grandes problemas del gobierno actual. Sin un desempeño fiscal solido y sin un equipo económico independiente y capaz, es poco sorprendente que el Gobierno creara su propia crisis y cayera en su propio default. Si bien había condiciones iniciales difíciles, este gobierno las volvió imposibles y de eso se tendrá que hacerse responsable.

Un desempeño fiscal débil; un equipo económico con poca experiencia de mercados o de política económica o ambas; y tasas de interés que garantizan el default fueron las tres grandes diferencias del desempeño de la Argentina para salir del default en junio del 2005, para ahora, menos de 15 años después, volver a caer en default. Para salir, habrá que regresar a hacer lo que sabemos desde entonces que se necesita para ser exitosos otra vez. El FMI ofrece, sin duda, una gran oportunidad para limitar hacerle aún un mayor daño a la gente. Es responsabilidad del gobierno que termina y del que viene proteger a los argentinos y conseguir el apoyo del FMI, en los términos de los argentinos para evitar el regreso a la depresión de 2002.

 

* Asesor Financiero y negociador por Barclays Capital de la salida del default en 2005. (Consultor de Wall Street).