Mundo, Opinión / 3 de noviembre de 2018

La irrupción de la ultraderecha

Una vez confirmado como presidente electo, Bolsonaro suavizó un poquito su discurso, comprometiéndose a ser fiel a la Biblia, la Constitución y, para extrañeza de muchos, el ejemplo brindado por aquel flagelo de fascistas y comunistas, Winston Churchill.

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Ilustración: Pablo Temes.

Hace apenas cuatro meses, el gran favorito para ganar las elecciones presidenciales brasileñas que se acercaban era Lula da Silva; a pesar de estar entre rejas, conservaba el 30 por ciento de las intenciones de voto, mientras que Jair Bolsonaro, un político veterano un tanto extravagante que era proclive a hacer declaraciones escandalosas que indignaban a los biempensantes, arañaba el 17 por ciento.

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En aquellos días ya remotos, a nadie se le ocurrió que el paladín de la “ultraderecha” podría estar por anotarse un triunfo histórico en el país más grande de América latina. Si bien dos años antes los norteamericanos habían sorprendido a casi todos los pronosticadores al elegir a Donald Trump cuando los encuestadores daban por descontado que Hillary Clinton ganaría por un margen demoledor, los especialistas en tales asuntos suponían que sería absurdo suponer que algo parecido podría suceder en Brasil.

Se equivocaban. Resultó que la sed de cambio era tan intensa que casi sesenta millones de brasileños, entre ellos muchísimos negros y otros que Bolsonaro se las había arreglado para maltratar, pasaron por alto sus eventuales reparos para darle una victoria contundente en una región en que, con frecuencia, el desenlace de las contiendas electorales depende de un puñado de votos.

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Una vez confirmado como presidente electo, Bolsonaro suavizó un poquito su discurso, comprometiéndose a ser fiel a la Biblia, la Constitución y, para extrañeza de muchos, el ejemplo brindado por aquel flagelo de fascistas y comunistas, Winston Churchill. Con todo, aun cuando opte por gobernar de manera menos brutal que la prevista por los convencidos de que lo que quiere es restaurar el régimen militar de más de una generación atrás, es evidente que, como Trump y media docena de líderes europeos, Bolsonaro es producto del hartazgo que tantos sienten luego de décadas de predominio político y, sobre todo, cultural más o menos progresista.

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Es por tal motivo que estos rebeldes contra “las elites” suelen ensañarse con los medios periodísticos que a su juicio sirven de voceros del viejo establishment y que se dedican a atacarlos, a su entender injustamente, por violar todas las reglas de la “corrección política” que creían sería permanente pero que, según parece, sólo habrá sido una moda pasajera.

Pues bien: ¿qué tienen en común Bolsonaro, Trump, el italiano Matteo Salvini, la francesa Marine Le Pen, el húngaro Viktor Orbán, el austríaco Sebastian Kurz, el ruso Vladimir Putin, la gente de Alternativa para Alemania y otros, muchos otros, que conforman la llamada ultraderecha que está ganando poder con rapidez en diversas partes del mundo?

Todos son nacionalistas: repudian al globalismo de quienes dicen que el Estado-nación es una antigualla obsoleta que debería ser reemplazado por benignos organismos supranacionales. También reivindican los “valores tradicionales” en que la familia es considerada la base insustituible de la sociedad, la mujer debería cumplir un rol que, desde hace muchos milenos, es diferente del que se considera apropiado para el hombre –de ahí la misoginia que les atribuyen los feministas–, y sienten desprecio por los delincuentes, negándose a tratarlos como víctimas de un orden injusto.

Aunque algunos se afirman agnósticos, reivindican el judeocristianismo por entender que desempeñó un papel fundamental en la formación del Occidente, y por lo tanto son contrarios al islam que tratan como una amenaza existencial. Respaldan a Israel que se ve rodeado por enemigos vengativos resueltos a destruirlo y a masacrar a sus habitantes judíos.

Calificarlos de “fascistas” o “neonazis”, como hacen los asustados por lo que está sucediendo con la esperanza de deslegitimarlos a ojos de los votantes, es una exageración: hasta ahora, ninguno se ha propuesto organizar bandas de uniformados para cazar a quienes se opongan a las iniciativas, que siguen siendo bastante vagas, que tienen en mente.

La irrupción imprevista en tantos lugares de la “ultraderecha” se debe a la sensación de que, para la vieja clase obrera y una proporción creciente de la clase media, el consenso centrista, que en los años últimos se ha deslizado hacia la izquierda, ha fracasado. Quieren algo distinto.

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Para más señas, tanto en Brasil como Estados Unidos y Europa, quienes no se han visto beneficiados por los cambios económicos posibilitados por los vertiginosos avances tecnológicos que siguen concretándose, se sienten abandonados a su suerte por la izquierda progresista que en otras épocas supo defenderlos. Ya no confían en los partidos socialistas europeos que en algunos países parecen estar en vías de extinción, o, en Estados Unidos, los demócratas, cuyos militantes parecen más preocupados por los presuntos derechos de los transexuales a usar los baños reservados para mujeres que por la situación desastrosa en que se encuentran quienes han visto cerrarse las fábricas locales al decidir los dueños trasladar la producción a China, Bangladesh o México.

En algunos países como Brasil, la izquierda progresista, consciente de su incapacidad para solucionar o atenuar los problemas ocasionados por los cambios socioeconómicos, se desmoralizó hasta tal punto que sus líderes se concentraron en aprovechar las oportunidades para enriquecerse personalmente, lo que, por supuesto, contribuyó enormemente a su desprestigio y al resultado de la elecciones del domingo pasado.

En Europa y Estados Unidos, los movimientos progresistas se aburguesaron. Puede que sus dirigentes no fueran tan corruptos como sus equivalentes brasileños, pero, merced a sus vínculos con el Estado e instituciones afines, lograron asegurarse ingresos muy superiores a los alcanzables por el grueso de sus compatriotas que, al enterarse de lo que ocurría, reaccionaron como los europeos del bloque comunista cuando vieron a sus gobernantes disfrutar impúdicamente de lujos “burgueses” que les eran negados. Sabían que a partir del inicio de los años veinte del siglo pasado los comunistas habían tomado el igualitarismo económico por una “enfermedad infantil del izquierdismo”, pero así y todo, se sentían ofendidos por el espectáculo brindado. En la actualidad, la brecha cada vez más amplia que separa a los integrantes de las diversas clases políticas de los demás está provocando consecuencias parecidas.

Como es natural, la aparición repentina de Bolsonaro en Brasil, donde en un lapso muy breve cambió drásticamente el panorama político, ha sido festejada con júbilo por los “ultraderechistas” de otras latitudes que sueñan con protagonizar hazañas similares en sus propios países. Lo mismo que sus enemigos declarados de la izquierda, se creen militantes de un movimiento internacional –lo que, por tratarse de nacionalistas, es un tanto paradójico–, que no podrá sino continuar adquiriendo más pedazos de poder. Asimismo, es probable que, en docenas de países, políticos ambiciosos procuren aplicar variantes del recetario de Bolsonaro; elogiarán más a los militares, pedirán a los policías y jueces que traten con mayor dureza a los delincuentes, se opondrán a la inmigración descontrolada y hablarán más de la importancia de la familia que, a juicio de muchos, sigue siendo blanco de una campaña de destrucción progresista.

No es ningún secreto que el ideario recién adoptado por Bolsonaro se asemeja mucho al evangélico que, al hacer hincapié en la responsabilidad personal de cada uno para superarse en situaciones sumamente difíciles, se diferencia del predicado por los obispos católicos y los izquierdistas que culpan a “la sociedad” o al “capitalismo salvaje” por las desgracias sufridas por los social y económicamente rezagados.

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He aquí una razón por la que los cultos evangélicos están ganando terreno tanto en Brasil y América Central, como en otras partes de América latina a costa de la Iglesia Católica. En vez de dar a entender que una eventual mejora de las condiciones de vida será consecuencia de un gran cambio universal en que pocos realmente creen, aseveran que se deberá a los esfuerzos de cada uno, una actitud que refleja más respeto por la dignidad personal del individuo al asegurarle que su destino dependerá más de sus propias decisiones que de la voluntad ajena. Será por dicha razón, y por la austeridad que los caracteriza, que en América latina los integrantes de las comunidades evangélicas propenden a ascender económicamente más que la mayoría de sus compatriotas.

En dosis moderadas, los seguidores de Trump, Bolsonaro, Salvini comparten el apego a valores tradicionales. Eso no plantea ningún riesgo, antes bien, ayuda a hacer más coherentes a sociedades que de otro modo podrían fragmentarse en una multitud de “identidades” rivales, como en efecto está sucediendo en Estados Unidos. En cambio, una sobredosis de tradicionalismo sí sería peligrosa. Aunque fue previsible que tarde o temprano se produciría una reacción frente a la ofensiva que han emprendido quienes aspiran a modificar radicalmente todas las sociedades occidentales, embistiendo con virulencia contra modalidades que han durado milenios, además de intentar reescribir la historia común y reinventar el idioma, en el caso de Bolsonaro, aún más que en el de Trump, la tentación de ir demasiado lejos podría ser tan fuerte que los excesos cometidos por sus partidarios sean tan sanguinarios como los que la izquierda está perpetrando en Venezuela y Nicaragua.

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