Jueves 26 de mayo, 2022

CIENCIA | 17-10-2021 00:02

Para debatir: el efecto de las pantallas o la era de la estupidez

Según estudios, la inteligencia humana está involucionando en las últimas décadas. El rol de la tecnología y redes sociales. La polarización política y la anticiencia.

Un tema de análisis desde los albores de la civilización, la inteligencia humana es un misterio tan intrigante como el origen del universo. En la cultura occidental, su primera definición se remonta a la Ilíada, el poema del siglo VIII a.C. en el que Homero cuenta la historia del héroe Aquiles y la guerra de Troya y hace referencia a psuche, origen del término psique, en griego clásico la fuerza superior que da vida al resto de seres.

Sigue habiendo dudas sobre qué hace que los individuos sean más o menos inteligentes, pero durante milenios el concepto se ha desentrañado en estudios científicos sobre los mecanismos que mueven el intelecto hasta que se llega a una forma estandarizada de medición: el coeficiente intelectual o cociente de inteligencia, tan aceptado como discutido en la actualidad.

A lo largo de la mayor parte del siglo XX los países más avanzados (principalmente) anunciaban con orgullo que el Q.I. de la población promedio de sus habitantes había aumentado de manera constante. Pero la curva comenzó a caer y la inteligencia dio un giro inverso a partir de la década de 2000. 

El esfuerzo por comprender y revertir esta situación ha sido objeto de una serie de estudios y publicaciones recientes liderados por pesos pesados en la materia, intrigados por el fenómeno. En el libro “La fábrica de estúpidos digitales” el reconocido neurocientífico francés Michel Desmurget, director de investigación del Instituto Nacional de Salud de Francia, hace un racconto de las principales medidas que deberían ser tomadas para combatir el actual estado de estancamiento intelectual motivado en gran parte, asegura, por el exceso de tiempo que las personas pasan frente a la pantalla de los más variados dispositivos digitales.

"La pantalla en sí no representa un mal, pero la cantidad de horas que transcurrimos ante ellas es aterradora ”, dice Desmurget. “El uso de computadoras y teléfonos celulares por parte de los pre adolescentes es tres veces mayor para divertirse que para hacer sus tareas escolares. En el caso de los adolescentes, el número asciende a ocho”.

Cuando centra su mirada en el desarrollo de los niños pequeños, el especialista considera que las aplicaciones de internet y las redes sociales afectan muy negativamente las interacciones, el lenguaje y la concentración, los tres pilares básicos del progreso cognitivo a cualquier edad, pero de importancia fundamental en los primeros cinco años de existencia. Es precisamente en este período clave donde se observa el pico de plasticidad neuronal, el nombre que se le da a la frenética formación de sinapsis que nunca se repetirá y que da por resultado la evolución ultra acelerada del potencial del cerebro. 

Para los niños pequeños, los teléfonos celulares son un entretenimiento pasivo, sin reflexiones ni desafíos. Es simplemente diversión adictiva, advierten especialistas en neurodesarrollo. 

Evolución

Dicho de esa manera, parecería que la tecnología es un mal. Pero lejos está la realidad de eso. El progreso tecnológico transportó a la humanidad a un nuevo nivel de conocimiento, creatividad, bienestar y longevidad, con beneficios en todas las áreas, incluido el estudio de la inteligencia. Esta rama de la ciencia, la de la medición cognitiva, cobró impulso en el siglo XIX, cuando el antropólogo inglés Francis Galton (1822-1911) escudriñó la teoría de la evolución formulada por su primo, Charles Darwin (1809-1882). 

Galton llegó a la conclusión de que la inteligencia es un rasgo heredado, y en 1884 desarrolló el primer método para medir el intelecto humano: un conjunto rudimentario de pruebas físicas y psicológicas. Tres décadas después, fue el turno del psicólogo alemán Wilhelm Stern, quien elaboró el concepto de cociente de inteligencia, aunque basado en una fórmula muy compleja. Fue Lewis Terman, especialista en psicología educativa de la Universidad de Stanford, la persona que simplificó la prueba y popularizó el acrónimo I.Q. Fue Terman quien sedimentó el coeficiente intelectual medio en el número 100, creando la escala StanfordBinet, utilizada hasta el día de hoy. Pero, como suele suceder, la respuesta no está solamente en los genes.

El componente hereditario de la inteligencia identificado por Galton se une a otros factores. En una investigación publicada en 1984, el educador estadounidense James Flynn, basado en el avance constante avance del I.Q. promedio en los países más prósperos, halló que el mismo alcanzó su punto máximo en la década de 1970 con máximos anuales de tres puntos. Es decir que las mejoras en medicina, educación y pensamiento crítico (entre otros aspectos) habían contribuido de manera decisiva a hacer más inteligente a la población, fenómeno que se ganó el nombre de “efecto Flynn”.

Pero hay los expertos notaron que hay, efectivamente, un problema. Y es que después de ese apogeo, los logros en I.Q. se fueron haciendo cada vez más pequeños hasta que se estancaron y, a principios del siglo XXI, empezaron a deslizarse cuesta abajo, lenta y constantemente. Y la trayectoria hacia la disminución de la capacidad cognitiva continúa.

Uno de los estudios más incisivos de este reflujo intelectual, realizado por investigadores en Noruega, analizó 730.000 pruebas de I.Q. aplicadas a los jóvenes llamados al servicio militar obligatorio en los últimos cuarenta años. Conclusión: los aumentos anuales del coeficiente intelectual de los varones noruegos se redujo a 2 puntos en la década de 1980, a 1,3 punto en la década de 1990, y se transmutó en un retroceso de 0,2 punto en este siglo. 

Causas y mejoras

Un proceso similar fue detectado en el Reino Unido y Dinamarca. Este tipo de investigaciones refuerzan la alerta de los expertos ante cambios en el estilo de vida que, según ellos, están detrás del retroceso, entre ellos, en un lugar destacado, la inmersión constante e indiscriminada en el electrónica. Plataformas de video, redes sociales y aplicaciones de mensajería alimentan las discusiones en las cuales las creencias le ganan a la razón y la ideología impide confrontar las ideas enriquecidas por el conocimiento científico, aquél que no se apega a las primeras líneas de un texto, sino que se sostiene en él como un todo. “Las personas entran en las llamadas burbujas filtrantes, donde se exponen a miradas acordes con su perfil y protegidas de puntos de vista contradictorios”, explica Philip Boucher, investigador de la Unidad de Prospectiva Científica, un instituto vinculado al Parlamento Europeo.

Para French Desmurget, los más chicos de edad son presa fácil de los efectos nocivos del exceso digital. Un estudio de la Universidad de Alberta, Canadá, mostró que los niños de 5 años o menos que pasan más de dos horas al día conectados a pantallas e internet tienen cinco veces más probabilidades de tener dificultad para concentrarse y siete veces de presentar síntomas de trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). 

“Hasta los dos años el tiempo de pantalla recomendado es cero, excepto en los chats virtuales con la familia”, describe la psicóloga Sheri Madigan, también de la Universidad Canadiense de Calgary. Entre los dos y los cinco años, la ventana de conexión no debe ser superior a una hora al día, centrándose en programas educativos y juegos. “Y los padres deben estar al lado de las niñas y niños para ayudarlos a comprender lo que está sucediendo”, enfatiza.

Los factores de comportamiento también son determinantes en evolución de la inteligencia. El desarrollo intelectual pleno en la infancia requiere de la interacción social, la participación en juegos y, según la edad, también enfrentarse a problemas y discusiones que tienen lugar fuera de la pantalla. Una buena educación escolar es esencial, así como también actividades extracurriculares que ayuden a entrenar el cerebro y que sean desafiantes. Algo que también también es válido para adultos.

La curiosidad fomenta el trabajo cognitivo. Enamorarse de algún tema tiene buenos puntos, especialmente si requiere un conocimiento profundo, porque brinda una inmersión en el tipo de ejercicio que agudiza la atención, fomenta la perseverancia y perfecciona habilidades como el procesamiento y análisis de información. 

“La inteligencia no es solo el bagaje que hemos adquirido, sino la capacidad de interpretar y lanzarnos a lo nuevo, lo desconocido”, destaca Chris Frith, psicólogo del University College London. Practicar deportes es otra actividad relacionada con la expansión del intelecto porque aumenta la oxigenación del cerebro, lo que a su vez incrementa la conectividad neuronal, un proceso que se repite cuando hay una alimentación equilibrada. Así es como consumir huevos, pescado, verduras, legumbres, mejoran la producción de neurotransmisores y ayuda al rendimiento cognitivo.

Después de tanto investigar los secretos de la mente, los investigadores y científicos siguen identificando nuevas ramificaciones para la inteligencia: espaciales, lógicas, lingüísticas y una multitud de otras variaciones. Incluso hay una reflexión sobre la escala de valor de las habilidades. “Los más importantes están relacionados con la inteligencia adaptativa, como la creatividad, el sentido común, la empatía y la destreza analítica”, dice el psicólogo Robert Sternberg de la Universidad de Cornell. Otra variante, la inteligencia emocional, definida como la capacidad de comprender y lidiar con los sentimientos propios y ajenos, entró en el glosario del intelecto en 1995.

Pero la realidad tiene otra complejidad: definir qué es la inteligencia es otro tema de debate dentro del ámbito científico. 

Einstein abre el debate

En lo que concierne a qué es la inteligencia y si es factible medirla o no, y como en muchos otros campos de la ciencia, nada es conclusivo.  Albert Einstein es el mejor ejemplo. El desarrollo del habla en el físico que postuló la revolucionaria Teoría de la Relatividad fue lento: a los 3 años comenzó a balbucear y no fue sino hasta los 9 años que hablaría con mayor fluidez.

Sus calificaciones escolares y el hecho de que apenas pudiera construir frases hizo temer a sus padres que tuviera algún tipo de retraso intelectual. Sin embargo, nada más lejos que eso. Aunque Einstein nunca hizo una prueba que permitiera medir su cociente intelectual en vida, el mismo fue calificado de manera póstuma en entre 140 y 145 puntos.

Si nos atuviéramos a lo que dicen los papers y libros, el físico fallaría también la prueba de la inteligencia emocional: el primer matrimonio, con Mileva Maric, fue desastroso y el segundo, con Elsa Löwenthal, estuvo marcado por infidelidades. 

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Andrea Gentil

Andrea Gentil

Editora de Ciencia, Medicina y Tecnología. Coordinadora carrera de Comunicación Digital, UNaB.

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