Martes 19 de octubre, 2021

CULTURA | 25-08-2021 18:18

Anarquistas de acción en la historia argentina

El autor de la novela "Modesta dinamita" repasa el recorrido del anarquismo en la Argentina y cuenta cómo resolvió los puntos ciegos de su trayectoria en su propio libro.

En la frondosa historia de las masacres argentinas, la represión contra militantes anarquistas a comienzos del siglo XX fue uno de los capítulos más crueles. En 1921, como recordarán quienes hayan visto la película La Patagonia rebelde” o leído a Osvaldo Bayer, cientos de ellos fueron fusilados por hacer huelga. Cuántos, exactamente, nunca se podrá saber, por la impunidad con la que operó el Ejército. Solamente en la estancia Anita, propiedad de los Braun-Menéndez cerca de El Calafate, los ejecutados fueron más de 150. La mayoría de los cuerpos nunca se encontraron. Ahora que se cumplen 100 años de esos fusilamientos sin juicio, la memoria resurge en los medios y las redes sociales, despertando un abanico de reacciones parecidas a las de entonces: pedir que se busquen los restos y se haga justicia, cambiar de tema, echarles la culpa a los huelguistas, denunciar la hipocresía del gobierno o de la oposición, criticar la idealización del obrero y la demonización del propietario, etc.

Osvaldo Bayer

Como el exterminio de los pueblos originarios durante las sucesivas “campañas del desierto”, los fusilamientos de líderes anarquistas pusieron el aparato represivo del estado al servicio de los poderosos. Si el Ejército primero había arrasado con los pueblos originarios, hacia 1921 el gobierno de Yrigoyen lo puso a disposición de los patrones para aplastar a los trabajadores en huelga que pedían una tajada menos miserable de la gran torta exportadora. Pero la violencia y la impunidad fueron tan indignantes que un anarquista alemán de apellido Wilckens iba pronto a pasar a la historia como el vengador de los fusilados.

La famosa “grieta” que divide hoy a los argentinos no tiene mucho que envidiarle a la que se abría hacia 1920 cuando el terrorismo de estado se ensañaba con militantes obreros. En febrero de 1922, en la Cámara de Diputados de la Nación, el represente socialista Antonio de Tomaso denunciaba justamente el silencio cómplice de “la prensa grande”, como él le decía, oponiéndola a la “prensa libre”. Tan enorme era la grieta que de Tomaso sentía la necesidad de explicar que representante gremial no es sinónimo de bandolero y que las huelgas de la Patagonia no eran actos de terrorismo. No había muertos entre las tropas del ejército, señalaba, ni entre los estancieros y sus administradores, mientras que todos los representantes obreros que los informes militares designaban como cabecillas habían “desaparecido.” De Tomaso difícilmente habría podido imaginar que la palabra “desaparecido” se iba a instalar definitivamente en la historia argentina. La otra campana la había hecho sonar Manuel Carlés, el líder de la Liga Patriótica, en un memorial publicado en el diario La nación en el que se reivindicaba la represión como una nueva conquista del desierto.

Kurt Gustav Wilckens

Sobre un fondo de fosas comunes y cadáveres quemados con nafta, ciertos individuos se volvieron legendarios. Uno de ellos fue el oficial a cargo de los fusilamientos, el teniente coronel Héctor Benigno Varela, que de benigno tenía muy poco, por lo menos para los anarquistas. En enero de 1923, el alemán Kurt Gustav Wilckens, otro de los nombres que se suele recordar cuando se alude a esta historia, lo interceptó a la salida de su casa, en la calle Fitz Roy 2461 de la entonces Capital Federal, le tiró una bomba y lo remató con un revólver. Wilckens, que había llegado a la Argentina en 1920, se volvió un héroe vernáculo. Desde la cárcel, declaró que no había querido matar a un miserable oficial sino “herir en él al ídolo desnudo de un sistema criminal” para acercar un futuro de “vida, amor y ciencia”. Como los políticos y los jueces les daban la espalda, las clases obreras vieron en Wilckens a un justiciero del pueblo, que en esa época era una entidad bastante cosmopolita. Los obreros de la Patagonia, por ejemplo, solían venir de lugares tan disímiles como el antiguo imperio ruso o Chile. Ese pueblo internacionalista asociaba a Wilckens con otro mártir del anarquismo, Simón Radowitzky, que estaba preso en Ushuaia desde hacía más de una década por matar a otro asesino, el coronel Ramón Falcón. Los admiradores de Varela, sin embargo, no eran pocos, ni despreciaban los gestos de solidaridad. Tras recibir la noticia del atentado, los estancieros británicos de la Patagonia, que en muchos casos vivían en Buenos Aires y en Londres, encargaron un monumento en su honor.

Wilckens, como explica Osvaldo Bayer en “Los vengadores de la Patagonia trágica”, era un antimilitarista ferviente. ¿Cuál fue el contexto que lo decidió a matar y le permitió armar el plan? Evidentemente, no estaba solo, aunque se aislara por un tiempo para no comprometer a nadie. Alguien le fabricó la bomba (Andrés Vázquez Paredes, según un testigo que conversó con Bayer) y también fue gracias a otros que aprendió a usar el revólver que le vació a Varela. Esos otros solían llamarse a sí mismos anarquistas expropiadores. Uno de los más conocidos fue el herrero Miguel Arcángel Roscigna, que organizaba asaltos para financiar la militancia. Quiso ser consecuente con la verdad de que “la propiedad es un robo”, y lo pagó con su vida. Lo desaparecieron.

Por su parte, un nacionalista de derecha, Jorge Pérez Millán Temperley, se propuso asesinar a Wilckens. Fue en 1923. Entró al Cuerpo de Guardiacárceles, consiguió que lo trasladasen a la prisión, entró en su celda de noche y lo mató con un Mauser, a quemarropa. El juez le dio la pena mínima, ocho años, en virtud de sus “anomalías psíquicas.” Lo trasladaron al hospicio de la calle Vieytes (donde hoy está el Hospital Borda) y lo pusieron en el pabellón de los tranquilos. En 1925 lo iba a asesinar otro internado, dándole una vuelta más a la tuerca vengadora.

El movimiento anarquista argentino tuvo un peso enorme, quizás sólo comparable a los de España e Italia, y la historiografía lo ha reconstruido con lucidez. Pero las fuentes históricas imponen sus límites. A partir de ahí sólo queda imaginar.

Modesta dinamita

Como novelista, me propuse explorar algunos aspectos de esa realidad a los que ya no tenemos acceso. Por ejemplo, qué sentía un chico de quince años al volverse un anarquista de acción, imprimir dinero falso y usar una de las bombas preparadas por Vázquez Paredes (de ahí en parte el título de la novela, “Modesta dinamita”). O el diálogo y la colaboración que los anarquistas judíos de Buenos Aires pudieron haber tenido con Albert Einstein durante su visita a la Argentina, con la escritora feminista Elsa Jerusalén o con empresarios heterodoxos como Silvio Gesell, que en 1919 quiso hacer una reforma agraria y crear un ingreso universal para madres en la efímera República Soviética de Baviera. Un empresario que financia anarquistas. Einstein, un mujeriego, aprendiendo sobre feminismo y cantando el feliz cumpleaños con Carlos Gardel. Un libro-bomba para hacer caer a un ídolo de la derecha. Son algunos ejemplos de cómo la ficción le puede hacer frente a un pasado que nos da vueltas como un fantasma.

Víctor Goldgel

 

Víctor Goldgel es autor de "Modesta dinamita" (Blatt & Ríos).

 

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