Helmut Ditsch cita en el Hotel Faena, ícono del arte y el diseño de Puerto Madero, en una suite. "Es donde se hospeda Charly García cuando viene", aclara apenas se abre la puerta. Viste la camiseta de la Selección, la de su cábala del Mundial pasado. Oriundo de Villa Ballester, radicado en Viena desde 1988 y dueño del récord de la obra más cara en la historia del arte argentino, el pintor de los grandes fenómenos naturales volvió a Buenos Aires para dar una pelea que no imaginaba: recuperar su propio cuadro de manos del Estado. Encadena una idea con otra, del trámite burocrático a la reflexión filosófica, sin escalas. Pero cuando define la situación es tajante: "Me estoy enfrentando a una extorsión, y no me dejo extorsionar".

La cláusula que no firma
Una reproducción de su cuadro del Perito Moreno colgó trece años en la Casa Rosada sin un roce, con gobiernos de todos los colores, hasta que en marzo la descolgaron en pleno debate de la Ley de Glaciares. Para devolvérsela, la Secretaría General de la Presidencia —a cargo de Karina Milei— le puso condiciones que llegaron por mail, de un empleado que ni conoce, en un tono que define como "oscuro": ni un saludo, solo exigencias.
Pagar el flete, entrar escoltado por policía militar armada, traer especialistas que solo tiene en Europa y firmar un papel comprometiéndose a no demandar al Estado. Es esa cláusula la que no piensa firmar. "¿Por qué tengo que comprometerme a no demandarlos? ¿O se mandaron una cagada, muchachos?", plantea. La custodia armada lo indigna: "Si me mandan la policía militar, que se saquen las armas y me ayuden. ¿Un FAL en la nuca para qué? ¿Qué le voy a hacer a un cuadro mío?". Ni siquiera sabe dónde está: "Me dijeron que está en un depósito. ¿Cuál depósito?". Su síntesis: "Siento que en la Casa Rosada no hay argentinos".
Su decisión ya está tomada: no va a mover un dedo. En la Facultad de Derecho de la UBA fue terminante —que se la queden— y lo repite en caliente: "No voy a hacer nada. No me dejo extorsionar". Prefiere perder la obra antes que ceder. Lo único que lo desvela es que se la arruinen: si la destruyen, "la van a pagar", no por su valor nominal sino por el simbólico. Incluso imagina el peor final —que la corten, que la pasen por la motosierra, el símbolo de Milei—: "un final apoteótico de esta historia de espanto".

El eco de la dictadura
Para Ditsch, este destrato tiene una sola referencia previa. "La única vez que viví un trato así fue durante la dictadura, en la época de Malvinas —dice, sobre su paso como colimba en Infantería de Marina—. El trato de los propios jefes militares era exactamente ese". Hay, además, una herida familiar: en el bombardeo de Plaza de Mayo de 1955, frente a la Casa de Gobierno, mataron al hermano de su abuela. "Ahí reventaron el taxi de mi abuela", cuenta; prestar el cuadro había sido, dice, "una ofrenda a mi sangre". Por eso lee el retiro como un ataque a la identidad y la soberanía. Lo ve en la misma línea que el desmantelamiento de la biblioteca de la Casa Rosada o el vaciamiento del INCAA. "Lo más peligroso para una dictadura es la poesía, el canto, las canciones. Como penetran en el corazón de todos, es lo primero que atacan".
De pozo a trinchera
Lo que empezó como un pozo, asegura, terminó siendo una trinchera. Descubrió que no estaba solo: periodistas, abogados de la facultad de Derecho, científicos, jubilados. Gente de todo el arco político, unida, dice, por "una sola bandera celeste y blanca". Para él, ahí hay algo para rescatar: "En vez de separarnos, hay una unión. Eso es lo positivo de todo esto", algo que considera casi inédito. Su horizonte suena a manifiesto: un gobierno de artistas con Charly García de rey, "una monarquía republicana". Su arma, insiste, es otra. "Soy artista, y esa va a ser mi forma de guerra: usar el arte", dice.

Volver con su gente
Lo que más lo movió de esta visita, admite, fue el apoyo. "No tenía conciencia de mi actualidad. Lo que está pasando ahora supera al arte: tiene que ver con mi voz", dice. Esa ola de respaldo —que arrancó con el reclamo por la obra y que ahora palpó en persona— le hizo bien y le corrió el eje: del pincel a la voz. "Mi función hoy es hablar para comunicar y unir". Por eso ya piensa en la vuelta: adelanta que regresará pronto con un proyecto que todavía no puede revelar, "para estar con mi gente, que es lo que necesito", convencido de que este es el momento. Y no lo dice desde un lugar cómodo: en Europa, asegura, ve a la policía reprimir "como nunca" cualquier protesta, de Alemania a Francia, con temas de los que ya no se puede hablar. Por eso quiere estar presente en la Argentina, ahora.
El mundo es analógico
Ditsch ve una deshumanización que avanza en todo el mundo, pero que en la Argentina pega más fuerte. La atribuye a las sociedades divididas —"por eso empezaron con la grieta", dice— y a los celulares, que describe como "un narcótico". Frente a eso, su apuesta está en los que vienen: "Los que hicimos una carrera podemos ser maestros de algunas cosas, pero la llama de la conducción está siempre en las generaciones jóvenes". Confía en que esa juventud se rebele, incluso contra la inteligencia artificial: una generación se va a embobar con ella, cree, y la siguiente la va a rechazar. "Aunque avance la IA, somos humanos. En algún momento va a haber un límite, y la vamos a usar para nuestro propósito analógico". Y se detiene en una imagen: "¿Viste alguna vez un arcoíris? El mundo es analógico". Pintar, tocar un instrumento: ahí, para él, está toda la protesta.















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