Tuesday 30 de June, 2026

CULTURA | Hoy 13:25

60 años: Cómo fue el golpe que derrocó a Arturo Illia

Qué revela la información desclasificada de la CIA y la embajada norteamericana sobre el clima político de la época. El rol de Onganía.

Arrinconadas en las penumbras de la memoria emergen a través de los documentos desclasificados de la embajada norteamericana, la CIA y el Departamento de Estado durante la presidencia de Illia, las relaciones prohibidas de los dirigentes políticos argentinos: aquellos vínculos que preferían no hacer públicos, así como los retratos que de cada uno de ellos hacía el espionaje norteamericano.

Durante la presidencia de Illia, EE.UU. contó con dos embajadores, Mc. Clintock y Edwin Martin. La herramienta de enlace entre la instancia diplomática y la dirigencia argentina era un organismo interno de la embajada: la Political Section. Sus integrantes –como Jhon Brogan o Ellwood M. Rabenold- cumplían con frecuencia una doble función: eran “operativos” –agentes activos en la búsqueda y obtención de datos- y “analistas”, es decir, autores de un primer procesamiento de los datos. Tras la supervisión del embajador, toda la información era enviada al Departamento de Estado y en casos de información muy sensible, también y de modo simultáneo, a la CIA. Los análisis políticos se combinaban con la elaboración de fichas o perfiles de los principales dirigentes políticos, sindicales, militares y periodistas argentinos. En función de este interés, su modalidad de trabajo combinaba almuerzos y cenas, reuniones sociales y entrevistas con informantes claves.

 

Arturo Illia

 

Las fichas de trabajo

El presidente Illia era descripto como “honesto pero descolorido” médico y político de provincia. Su vicepresidente Carlos Perette como “demagogo, vano y ambicioso”. Ricardo Balbín era considerado como “el prototipo de radical argentino, de clase media en sus gustos y vida personal, honesto, trabajador y algo provinciano en sus puntos de vista”. Su ficha personal aclaraba que su mirada sobre asuntos económicos era anticuada (ignora cómo funciona la economía y el mundo) y advertía: “Es en general amistoso con los pocos norteamericanos con los que tiene contacto, pero bajo esta cubierta de amistad subyace una densa capa de desconfianza”.

En contraste, el presidente de la Cámara de Diputados de la nación, Arturo Mor Roig era visto con simpatía: no tiene “la pedantería que se encuentra en muchos argentinos, ni la pomposa egolatría que se halla tan frecuentemente (…) Es un trabajador incansable, organizador prominente y un negociador paciente”.

Arturo Frondizi, en cambio, era mirado con ironía: de defensor de la democracia se había convertido en un “ardiente” golpista. La mirada que los documentos norteamericanos tenían del peronismo no era menos irónica. A la pregunta ¿Qué es el peronismo? se precisaba: es “una red bizantina de alianzas cambiantes y doble discurso”. Esta dualidad era extensiva a los dirigentes sindicales peronistas que aceptaban en público y boicoteaban en privado los planes del propio Perón.

A veces, los políticos argentinos desnudaban ante los funcionarios de la embajada un perfil filo-norteamericano que ocultaban en sus discursos públicos. Así, con respecto a uno de los máximos referentes del neoperonismo –Alberto Serú Garcia, candidato a gobernador de Mendoza en 1966- señalaba que condenaba abiertamente la intervención norteamericana en Vietnam y República Dominicana, pero era “una fuente de información consistente y confiable para la embajada (…) profesa admiración por los Estados Unidos y mantiene un estrecho contacto con la Embajada”.

 

Arturo Illia

Las fichas no escatimaban datos presuntamente menores. Con respecto a Juan Palmero, ministro del Interior, se detallaba: “bebe poco y fuma con moderación”. Esa información incluía la de amantes, hasta de altos mandos militares.

 

Los generales Onganía y Alsogaray

El espionaje norteamericano tenía recelos con respecto a Onganía. Sus agentes consideraban que era un hombre hermético y muy pocas personas sabían lo que verdaderamente pensaba. Advertían que solo dos militares (los generales Rauch y Laprida) lo tuteaban o trataban de “che” y lo que era más sugestivo: admiraba más al dictador Francisco Franco, en España, que a las democracias anglosajonas. Poco después del golpe, un documento ironizaba sobre su actitud en el campeonato mundial de futbol de 1966: tras la expulsión de Rattin en el partido contra Inglaterra, recibió a los jugadores argentinos como si fuesen “héroes nacionales”.

En rigor, el verdadero hombre de los EE. UU. en el ejército argentino era el general Julio Alsogaray, comandante del Primer Cuerpo de Ejército. Pocas semanas antes del golpe informó a los agentes de la CIA en Buenos Aires la fecha aproximada del derrocamiento de Illia, los nombres de los oficiales comprometidos en el alzamiento y las características del nuevo gobierno (cabeza militar y ministros civiles).

Golpe militar sin crisis económica

El periodista Mariano Grondona reconocía el 2 de agosto de 1966 en su revista “Comentarios”, que el golpe distó de ser el correlato de crisis económica alguna. Se trataba, a su juicio, de una “Revolución Espiritual” en medio de grandes cosechas y una relativa bonanza económica. ¿Dónde encontrar espiritualidad en un golpe de Estado? Ella radicaba en que “el más occidental y menos subdesarrollado de los países del continente” tenía una misión: conducir a América Latina fuera del subdesarrollo e incorporarla de pleno derecho al mundo occidental. Esta proa visionaria exigía una nueva élite dirigente. Este “cambio de estructuras” requería el “pase a retiro” de la antigua clase política, poner fin a la dirigencia basada en la “artesanía del comité” y la promoción electoral. En otras palabras, este ideal tornaba necesario una operación de “eutanasia política”.

La militarización del lenguaje empleado en el análisis político –“pase a retiro”- acompañaba la ilusión por el surgimiento de una nueva élite compuesta por técnicos, militares y modernos hombres de empresa. Tras ella, sin embargo, subyacían tres fenómenos concomitantes: la autonomía creciente de las Fuerzas Armadas y su papel cada vez más decisivo en la política argentina, la lógica corporativa que inspiraba su accionar y la de sectores inclusive empresariales, y la incidencia clave de la doctrina de las fronteras ideológicas en los procesos de toma de decisiones.

 

César Tcach es Historiador. Profesor titular plenario de la UNC e investigador Principal de CONICET. Es autor junto a Celso Rodríguez de “Arturo Illia: un sueño breve” (Edhasa).

 

por César Tcach

Galería de imágenes

Comentarios