Viernes 30 de septiembre, 2022

CULTURA | 16-10-2021 23:33

El otro 17 de octubre: la batalla de Perón por la hegemonía cultural

El General, desde que nació su movimiento, busco apropiarse de todos los ámbitos de la cultura. El avance sobre la televisión, la radio y los diarios.

El peronismo ha sido (y es) la fuerza política nacional más preocupada por los medios, la construcción de discurso y la capacidad de construir un relato en la cultura nacional. Ya desde las primeras presidencias peronistas (1946-1955), el gobierno se tomó muy en serio no solo la bandera de la “democratización del bienestar material”, sino también de la cuestión relativa al acceso al ocio y al tiempo libre del trabajador. A partir de eso, fueron abiertos nuevos canales que permitieron el consumo cultural masivo a amplias capas de trabajadores. El cine, el teatro, los espectáculos deportivos, el turismo popular e incluso el espacio urbano son copados por una clase trabajadora beneficiada por el Estado peronista. Pero en paralelo a la promoción de la cultura se sucedió un fuerte control sobre las actividades que la comprendían, filtradas por las aspas de la dura censura peronista, además de la concentración mediática en empresarios amigos y duelos culturales en teatros oficiales: Perón estaba decidido no solo a intervenir sobre la cultura nacional, sino también a crearla y a delinear cómo debía ser la Argentina que lo tuviera de líder.

La televisión: “un invento peronista”. El 17 de octubre no solo es el Día de la Lealtad, fecha conmemorativa para todo militante partidario del General. El 17 de octubre, pero de 1951, la Televisión Pública Argentina realizó su primera emisión, transmitiendo, por expreso pedido de Eva Perón, la cobertura desde Plaza de Mayo de aquel aniversario del nacimiento del movimiento. Este hecho representa no solo la idea de Perón de utilizar la cultura y los medios masivos como arma para construir poder hegemónico: es el nacimiento de una nueva forma de comunicación entre un líder político argentino y la nueva sociedad de masas y de consumo que aparece en la Argentina post golpe del 30’ cada vez con más relieve.

Para cuando Radio Belgrano logró su primera emisión en Argentina, el empresario Jaime Yankelevich ya había sido presionado, como otros tantos propietarios de radioemisoras, para vender su empresa al gobierno peronista (Yankelevich había solicitado seis millones de indemnización, pero obtuvo sólo tres). Sin embargo, le fue respetado el cargo de Director General de la empresa hasta su muerte, un año después de convencer a Perón de importar equipos de transmisión televisiva. El cierre de importaciones y el fomento de la producción nacional para el mercado interno fueron una constante en la Argentina peronista, y el campo de la cultura no quedó fuera de esta directriz. El nacimiento de la televisión argentina quedará signado por la voluntad peronista de construcción de hegemonía: pronto el gobierno se volvió el virtual dueño monopólico de los medios de comunicación.

Solo en 1954, luego de fuertes críticas de la oposición por su actitud monopólica, el gobierno peronista aprobó la ley 14.241 para llamar a licitación para otorgar el permiso de explotación de las radios y de la Televisión Pública en un intento de limpiar su imagen: el 16 de Junio se le otorga un permiso de explotar Radio Belgrano y LR3 Televisión a una denominada Asociación Promotora de Tele Radiodifusión -APT S.A.- integrada por empresarios peronistas como Jorge Antonio y Víctor Madanes. Como explica Yamila Heram en La televisión argentina: historia, composición y crítica de medios: “El gobierno peronista (1946-1955) mantiene bajo su órbita a los medios de comunicación, sea a partir de terceros (empresas cercanas, sindicatos afines) o bajo el régimen de propiedad directa. Tiene a su cargo radios, periódicos y el único canal de televisión.”

Con la Revolución Libertadora del 55’ se anulan todas las licencias otorgadas por Perón. Tres años después, en abril de 1958, el general Pedro Eugenio Aramburu le da las licencias de canal 9, 11 y 13 a grupos privados, los cuales comenzaron a transmitir a principios de los 60 's. Solo Canal 7 quedó en manos del Estado desde entonces hasta estos días.

El Colón vs. El Cervantes: una cuestión de actitud (peronista o no peronista). Las medidas como los aumentos de salario por ley, el aguinaldo y las vacaciones pagas generaron un momento de ampliación del ocio en la clase trabajadora y un poder de consumo que combinado con varias políticas culturales generará el acceso de los trabajadores a actividades culturales y ámbitos nuevos. En este sentido, el teatro fue un ámbito de fuerte intervención, sobre todo durante la asunción del Intendente de la Ciudad de Buenos Aires Jorge Sabate -entre 1952 y 1954- quien promovió varias obras destinadas a alimentar el patrimonio teatral porteño. Según la autora Yanina Andrea Leonardi en su trabajo El teatro oficial durante el primer peronismo, el ingreso masivo de los sectores populares a la oferta de bienes y experiencias culturales resignificó los espacios de la cultura nacional, sobre todo los de la Ciudad de Buenos Aires. Así, los teatros oficiales, que hasta ese momento no contemplaban una oferta cultural “masiva”, fueron invadidos por un nuevo público. El Teatro Colón, siempre asociado a una cultura “alta” y “de elite”, en oposición a la cultura plebeya reivindicada por el peronismo, fue uno de los escenarios en donde se desató la resistencia, una auténtica batalla cultural. Lo que se jugaba no era solo la idea de cultura de un gobierno, si no la nueva construcción de identidad colectiva de este actores sociales en conflicto. 

En el Colón se asistía a manifestaciones tradicionalmente más “restrictivas” del arte, como la ópera, el ballet y la música clásica. La élite porteña liberal-conservadora, consumidora frecuente de ese tipo de materiales, promovía una cultura “a la europea”, cosmopolita y elitista, en contraposicion con la cultura peronista, nacionalista, popular y plebeya. Por eso no es raro que sus miembros hayan sentido como una “invasión” la llegada de miles de espectadores provenientes de otras esferas y estratos. Organismos oficiales como la Secretaría de Cultura y la Subsecretaría de Informaciones del Gobierno de la Nación, organizaron eventos masivos a precios populares o gratuitos dentro del teatro, además de espectáculos organizados por entidades gremiales, actos políticos y discursos presidenciales. Además, se realizaron conciertos al aire libre por la orquesta sinfónica del teatro, tanto en el Jardín Botánico como en el Anfiteatro Popular Eva Perón, fundado en aquel entonces en Parque Centenario. Al mismo tiempo que se prohibían las funciones de gala (excepto cuando asistía el Presidente y la Primera Dama).

En el caso del Colón el repertorio no se alteró tanto como en otros teatros, pero sus principales figuras, alineadas con la tradición liberal, veían con malos ojos la vinculación del teatro con contenidos populares, al que asociaban con la tradición de movimientos de masas del fascismo de Mussolini o Hitler. Poco a poco, la intelectualidad crítica del peronismo se irá organizando alrededor de Sur, la mítica revista de Victoria Ocampo.

Mucho más amigable al proyecto peronista fue el Teatro Nacional Cervantes, epicentro de las políticas culturales peronistas en materia de teatro. Fue espacio de varias funciones y espectáculos gratuitos promovidos por Perón desde sus inicios en la Secretaría de Trabajo y Previsión.  Entre las modificaciones que el peronismo llevó a cabo en el repertorio, se llevaron a cabo varias obras teatrales con fuerte contenido propagandístico, como Tierra extraña de Roberto A. Vagni (1945) o El hombre y su pueblo (1948) y Octubre Heroico (1949), ambas de César Jaimes. Al igual que como ocurrió con el cine de esta época, no es que obras como Tierra extraña adhiriera explícitamente al peronismo en sí, pero su temática y su estilo suscribían al imaginario y preceptos políticos oficiales. Se trataba de una obra de tesis y denuncia social, sobre unos obreros rurales (“los buenos, el pueblo, los oprimidos”) que son explotados por sus patrones (“los terratenientes, oligarcas, los malos”). Así se pueden ver como el peronismo no sólo buscaba señalar los valores de la nueva nación: también sus disvalores. La identidad colectiva del pueblo trabajador y popular, y humilde era definida por oposición a la identidad del “oligarca vende patria terrateniente”.

En cuanto al resto del repertorio, era netamente nativista, con una fuerte impronta nacional, que rescataba valores como la familia, la generosidad, y la sencillez. Excepcionalmente se permitían títulos extranjeros, pero solo si eran clásicos y preferentemente españoles. Esto tenía el objetivo de exaltar los valores de la Nación por encima del extranjero, visto como un “invasor extranjerizante”. También se revalorizaron obras del género chico y del teatro criollo, como el sainete.

Otra característica de la administración de los espacios en aquella época fue la promoción de figuras vinculadas al peronismo, tanto en la dirección del teatro como arriba del escenario. Solo por citar un ejemplo, uno de los pocos clásicos no hispánicos realizados en el Cervantes en 1950 fue La fierecilla domada de William Shakespeare, con Fanny Navarro (peronista) en el papel de Kate, Paco Jamandreu (peronista) en el vestuario y dirección del ilustre Enrique Santos Discépolo (peronista). El teatro se hacía entre compañeros. La puesta recibió brillantes críticas, aunque los sectores antiperonistas alegaron “demasiada fastuosidad”.

En el Cervantes también tuvieron lugar varios actos políticos alineados con el peronismo, como la fundación del Partido Peronista Femenino, llevada a cabo por Eva Perón el 26 de julio de 1949. Pero además hubo otras políticas destinadas a fomentar el acceso de las masas al teatro, como la fundación de varias entidades: Universidad Obrera, las escuelas sindicales, el Coro Obrero de la Confederación General del Trabajo, el Teatro Obrero Argentino de la Confederación General del Trabajo, el proyecto “Un Teatro para los Niños de la Nueva Argentina”.

La radio: esa “compañera”. El interés de la política argentina por la radio como medio de comunicación masiva nace un poco antes del peronismo, luego del Golpe del 30’. Recién en ese momento se sancionan un conjunto de regulaciones sobre el medio, destinadas sobre todo a controlarlo y a establecer la censura previa. Cuando Uriburu proclama su asunción por radio el 8 de septiembre de 1930 está totalmente consciente de que ese medio tiene un amplio alcance y ejerce una especial influencia en los sectores más populares. Además de ser un medio que no requiere de que quien lo escucha sepa leer o escribir, la cantidad de gente que tiene y escucha radio era mucha, y lo seguirá siendo hasta mediados de la década del 60: según el Censo de Población de 1947 nuestro país tenía en esos años 15.897.000 habitantes, correspondiendo así un receptor de televisión por cada 65.000 habitantes mientras que en la radiodifusión sonora la situación era muy diferente ya que existía un receptor de radio por cada 6 habitantes.

En cuanto a los contenidos, se implementaron cuotas de música nacional en las radios y de presentaciones en vivo de diversas orquestas. Al igual que en el caso del teatro, personalidades como Hugo del Carril o Tita Merello (ambos peronistas) tenían un espacio prominente en el mundo radiofónico, en detrimento de todos los referentes críticos, los cuales comenzaron a integrar listas negras. La personalidad carismática de Perón y Eva y la emotividad del discurso peronista encontraron en la radio un medio amplio, con el cual hablarle al electorado y calar hondo en la conciencia de los sectores populares.

Por otro lado, la Subsecretaría de Informaciones y Prensa de la Presidencia de la Nación, desde donde se profundizó un fuerte control de los contenidos mediáticos. Se restringió la libertad de expresión con el ejercicio de la censura previa desde la Dirección General de Radiodifusión, donde era necesario enviar los contenidos a transmitirse para su previa aprobación. Por otro lado, de acuerdo al estudio Radio y peronismo: la construcción de una narración nacional de Mario Federico y Lindemboin el peronismo “posibilitó y conformó una propiedad oligopólica del sistema de medios de comunicación que terminó legalizando a partir de establecer la primera Ley de Radiodifusión, N°14.241/53 en 1953, la cual legitimó el otorgamiento de licencias a sectores cercanos al gobierno”. Tanto las radios El Mundo, Belgrano y Splendid, además de LRA Radio del Estado, formaban parte de los medios afines al gobierno.

Paren las rotativas: le pertenecen al gobierno. El uso que la pareja presidencial hizo de las revistas del espectáculo realzó el carácter mediático del peronismo, su voluntad de show político. En revistas como Sintonia solían aparecer dobles páginas con imágenes de Perón y Eva, creando una espectacularización de la figura del Presidente y la Primera Dama como nunca antes había ocurrido en la política nacional.

La adquisición de los principales medios gráficos, como editorial Democracia S.A a manos de Vicente Carlos Aloé, o Haynes Ltda a manos de Orlando Maroglio - ambos cercanos al gobierno - le otorgaba al gobierno el control de una gran cantidad de revistas, diarios e incluso de las radios de esas empresas: El Mundo, Mundo Argentino, Caras y Caretas, PBT, Radio El Mundo, LS10 Radio Libertad o LR6 Radio Mitre son algunos ejemplos. También la editorial La Razón S.A. a manos de Miguel Miranda (quien también era presidente de Haynes Ltda.) fue la que le significó a la hegemonía peronista la adquisición de la cadena Red Argentina de Emisoras Splendid (RADES).

Otro hecho interesante en cuanto al desarrollo de los medios durante el peronismo es la creación de la agencia de noticias Telenoticioso Americana (TELAM), el 14 de abril de 1945. El objetivo de su creación era contrarrestar a las agencias estadounidenses Associated Press (AP) y United Press (UPI). Funcional a la Subsecretaría de Informaciones, Prensa y Propaganda, TELAM estuvo bajo la dirección del periodista Gerónimo Kutrovich.

Luz, cámara: el pueblo. Durante el peronismo el cine fue promovido a partir de varias políticas significativas, algunas de las cuales fueron la exhibición obligatorio de películas argentinas en las salas, la Ley de Protección de la Industria Cinematográfica que limitaba la entrada y exhibición de producciones extranjeras (se cuenta que el escritor y cinéfilo Manuel Puig odiaba al gobierno peronista, entre otras cosas, porque ya no podía ver a sus amadas divas de Hollywood) Fueron los años en los que se comenzó a transmitir en las salas el semanario “Sucesos Argentinos” (largamente parodiado en programas de humor como “Cha Cha Cha”) y donde se realizó por primera vez, en 1954 del Primer Festival Internacional de Cine en Mar del Plata. También hubo créditos y financiamiento a diversos estudios a través de la Ley 12.299 de Fomento a la Cinematografía. La producción nacional, en su mayoría comedias protagonizadas por personajes populares actuados por Niní Marshall o Luis Sandrini. También hay dramas, como Los Isleros de Lucas Demare, protagonizada por Tita Merello o Las aguas bajan turbias actuada y dirigida por un ícono del peronismo: Hugo del Carril, la voz de la Marcha Peronista. Estos dramas ya no transcurren en la Buenos Aires urbana, sino que sus protagonistas son gente sufrida de clases populares del Paraná. Como explica Valeria Manzano en Cine argentino y peronismo: cultura, política y propaganda: “ ‘puesta en pasado’ de esas experiencias de vida de los trabajadores (...) se logra una perspectiva a destacar: "la maldad del tiempo anterior" al peronismo”.

Tales fueron las situaciones que se sucedieron en la cultura de los años peronistas. Sus resultados fueron exitosos si se consideran los resultados en materia de conformación de una hegemonía de valores culturales y el fortalecimiento de una identidad de grupo: los compañeros trabajadores. No faltó el manejo discrecional de recursos por parte del Estado (papel en el caso de los diarios, insumos para los estudios de cine), de los insumos esenciales para los diarios; también se apreciaban mecanismos de intimidación, censura y un hostigamiento que podía comprender entre amenazas de clausura o huelgas de trabajadores establecidas por los gremios afines al peronismo. Pero a pesar de la coerción, tal vez sea necesario reconocer que el peronismo es, ante todo y sobre todo, un gran texto. Uno que programo, con prolijidad de estratega, los canales para invitar a todo el mundo a leerlo.

*Tomás Rodríguez es alumno de segundo año de la Escuela de Comunicación de Perfil.

por tomas rodriguez

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